Me levanto al baño a eso de las tres de la madrugada. El tren está en silencio, como si fuera un tren fantasma. El silencio en la India es como el agua en el desierto. Un tesoro. Consigo dormir otro rato. Llega el amanecer y la mañana transcurre tranquila y perezosa. El movimiento –y el ruido- comienza a eso de las seis. Nos levantamos, nos aseamos, nos sirven el desayuno y me pongo a escribir un rato.
Cae una enorme tormenta y vemos llover por la ventana, que siempre es una actividad relajante. El tren tan sólo llega con una hora de retraso, es una buena noticia, estando donde estamos. Elena y Francis, amigas de Pablo, nos van a buscar a la estación. Ellas también vuelan en el mismo avión de vuelta a Madrid. Dejamos el equipaje en la consigna, después de un montón de tiempo de hacer cola, rellenar papeles y discutir con indios –no quieren que Pablo deje su mochila porque tiene una hebilla y no se puede cerrar con candado-.
Salimos a Delhi, que además de ser una ciudad en escombros, hoy, tras semanas de lluvias, incluido el chaparrón de la mañana, se ha convertido en un barrizal. Ole. Nos ponemos de barro hasta arriba. Paseamos los cuatro, miramos tiendas, regateamos, hacemos alguna compra de última hora y comemos. Vaya si comemos. Pedimos, para compartir, pan (con ajo, con queso, con miel y con nada), unos espaguetis a la carbonara, una pizza vegetal, una ensalada y unas espinacas con queso. Ñam. De postre, nos vamos a una german bakery y nos tomamos cappuccinos con tarta de chocolate, rollo de canela y una especie de caña de chocolate. Pura gula. Seguimos viendo tiendas (de hecho, en el restaurante y en la cafetería también hay tiendas). Compro té y alguna pijada más. Lo cierto es que han sido unas horas estupendas, estamos relajados y de buen humor, con la mente ya en casa. A eso de las siete, volvemos a la estación, recogemos el equipaje y nos vamos a cenar antes de coger el taxi para el aeropuerto. Elenita ya lo tiene negociado por 300 rupias (5 euros), nos recogerá a las nueve.
Las chicas se encuentran por la calle con dos chicos norteamericanos (Nico y Will), que conocieron en Vanarasi. La India no es tan grande, finalmente. Nos vamos a cenar y a tomar unas cervezas con ellos a una azotea. Pablo desaparece tras irse a comprar incienso (que es como lo de irse a comprar tabaco, pero menos vulgar). Afortunadamente, después de un buen rato, consigo localizarlo. A lo lejos vemos, en la calle, que un fulano –un hijo de puta, vamos- le está pegando una paliza a un mendigo con un palo. Hay un buen corro de espectadores alrededor riéndose. Tan ricamente. Fijo que si cobramos entrada más de uno la paga. De alguna manera, viene a ser como ir a una corrida de toros. Cuando Pablo y yo llegamos allá, el episodio ya ha concluido y el mendigo se retira calle abajo -hasta la próxima paliza que le caiga, supongo-. Qué cosas tiene este país.
Subimos a la azotea, donde nos esperan las chicas y los americanos. Ceno mis últimos noodles en la India, acompañados por una jarra de cerveza. Últimas risas. Cogemos el taxi y nos dirigimos al aeropuerto. A mitad de camino, tenemos un pinchazo. Cambio de rueda. Menos mal que nos sobra tiempo.
Una vez en el aeropuerto, no nos quieren dejar pasar porque falta mucho para nuestro vuelo (sale como a las cuatro de la madrugada y son apenas las diez de la noche). Después de discutir un rato, conseguimos entrar. El aeropuerto Indira Gandhi está recién construido y es una gozada. Lo malo es que estas sillas de diseño son un lugar donde es imposible dormir. Hacemos tiempo luchando contra nuestro propio agotamiento, el amigo Pablo se queda dormido un rato tirado en el suelo y se queda destemplado, por no decir tieso. La verdad es que el aire acondicionado está fuertecito… Voy al baño para asearme y cambiarme de ropa. Me tomo la pastilla de la malaria. Leo, doy cabezadas, vuelvo a leer, bostezo, la espera se hace eterna… Otra chica del grupo, Carmen, aparece por allí y se une al grupo. Viene de hacer trekking en Nepal. Hala. Ya somos cinco. A eso de la una o así por fin podemos facturar el equipaje y pasamos el control.
La zona de embarque está enmoquetada y lujosamente decorada. Quién diría que esto es la India. Nos pateamos a saco las tiendas Dutty Free, que aparentemente no cierran por la noche, y Pablo y yo nos tomamos un café que nos sabe a gloria. El final de la espera es mucho más ameno, hasta tenemos un rato para recostarnos en una especie de tumbonas. Montamos en ese espantoso avión en el que nos sentamos, bien apretaditos, ocho por fila. Apenas hay sitio para las piernas. Para más Inri, a Pablo y a mí nos toca en el medio. Santa paciencia. Hago un par de amagos de quedarme dormido pero no acaban de fructificar. No me encuentro muy bien, apuesto que por culpa de la pastilla de la malaria. Me tomo mi par de aspirinas de avión. El viaje es tan horrible e interminable como cabía imaginar. Me veo en inglés una peli titulada The losers –es un proyecto basado en un cómic-. El reparto no está mal, aparece la nena de Avatar (Zoe Saldana), el comediante de Watchmen (Jeffrey Dean Morgan), uno de los narcos de The Wire –Stringer- (Idris Elba) y la antorcha humana de los cuatro fantásticos (Chris Evans) junto con Oscar Jaenada. La verdad es que la peli es mala, para qué nos vamos a engañar, y la dirección deja bastante que desear (¿por qué todos las escenas de acción tienen que tener planos congelados?), pero me ayuda a pasar el rato.
El aterrizaje es increíblemente suave, apenas se nota el ruido ni la sacudida. Como si fuéramos en helicóptero. Estamos en Estambul. Me siento sucio, así que me meto en una tienda a comprar perfume, desodorante y crema hidratante. Me dan una bolsa sellada que no puedo abrir. Al menos en teoría. Tócate un pie. Al final, pregunto en información, me dan otra bolsa de plástico de esas con cierre para meter los frascos y consigo asearme. Otra cosita es.
Nos tomamos una hamburguesa –de ternera- antes de montar en el avión que nos llevará a Madrid. Se nota el cansancio de dos días de viaje. Se me cae la cabeza para los lados cada vez que leo más de diez minutos. A mi lado se sienta Alfredo, un crío de 18 años que viene de currar en un poblado de Kenia. Es su tercer año de voluntariado. Toma, chúpate esa. También lleva dos días viajando y está hasta el gorro, no aguanta más. Charlamos un rato mientras Pablo pega cabezadas. A pesar del agotamiento, el viaje se hace bastante llevadero. Estamos un rato dando vueltas como tontos y al final, aterrizamos. Ya era hora. Voy como flotando, piso algodones.
Qué bueno es encontrar a alguien esperándote cuando llegas a un aeropuerto.
Tan sólo queda conducir un par de horas hasta casa y descansar.
Me despierto pronto, como siempre. Escribo, me desperezo, rebusco entre los canales de la tele y no encuentro nada que me entretenga. Última ducha. Me gusta este hotel, si algún día vuelvo a Calcuta posiblemente sea mi plan A.
A eso de las diez, recojo el chiringuito y bajo el equipaje a recepción. Otro día de calor durito. La ropa que dejé en la lavandería aún no está lista. Me paso por el hotel de Jesús para dejar otra bolsa con ropa, zapatillas y demás. Prácticamente me vuelvo con lo puesto.
Último desayuno en Raj’s: zumo de lima, tostas con tomate natural en dados, café y croissants. Ñam. Paso media mañana allí sentado, comiendo y hablando con Juan Carlos. Me enseña una estrategia mnemotécnica que conocía pero no había usado. Memorizo 20 palabras en su orden en aproximadamente un minuto. Ole. Resulta que también le da al ajedrez y la poesía –es aficionado a los sonetos-. Poliédrico el chico. Me despido de nuevo de las barbies, que andan pululando por aquí
Antes de recoger mis cosas y largarme, compro un par de camisas y unos pendientes, pulseras y tal. Qué mal llevo lo de los regalos, por dios. Me paso por la lavandería para recoger la ropa para Red Light y resulta que está cerrada. Bingo. Menos mal que me encuentro a Jesús por la calle y le dejo el recibo para que la recoja él cuando pueda.
Cargo con mis dos mochilas, no demasiado pesadas, la verdad, y camino hacia Mother’s House. Esquivo escupitajos, montones de basura, perros, cabras y gente que está tirada en mitad de la acera. Pienso en lo poco que voy a echar de menos todo este estruendo insoportable. He quedado con Pablo en un restaurante-terraza, bueno, en realidad, un chiringuito tan pequeño que tiene las mesas y las sillas en la acera porque no caben dentro, vamos. Llego pronto y me siento a leer. A mi lado comienza una pelea. Un puñado como de seis u ocho fulanos bastante mayores se lían a tortas. A dos manos. Hacen la de sacudirle a uno entre tres o cuatro. Muy indio. Reparten toda la leña que pueden y cuando llega Pablo, estoy en pleno ataque de risa floja. Panda de gilipollas, de verdad. Llega el amigo José y nos pedimos unos hermosos platos de noodles. Parloteamos tranquilamente, sin prisa. Pablo tiene que pasar por la Mother’s y nos montamos en el autobús que nos lleva a la estación.
Allí estamos, con nuestras mochilas, plantados en mitad del pasillo. Al cabo de un buen rato, nos damos cuenta de que el autobús no ha avanzado prácticamente nada, de hecho, está con el motor parado. Hay un atasco monumental. La cosa no arranca. Miramos el reloj. Nos queda media hora para coger el tren. Hm. Sudamos como pollos y los coches siguen sin moverse. Al final, decidimos bajar del autobús y hacer a pie el trayecto que nos queda. La sudada empieza a ser monumental, oiga.
Llegamos al tren con tiempo de sobra y nos plantamos en nuestro sitio. La suerte nos sonríe porque estamos tres personas en un compartimento para seis. Además, como no venimos con chicas, no tenemos que aguantar a catorce indios salidos dando vueltas a nuestro alrededor todo el tiempo. Tan ricamente. Lo malo es que hay un par de gilipollas con su musiquita puesta a tope, en plan “para que veáis lo majo que soy, os voy a amenizar el viaje”. El que está más cerca tiene puesto un disco que es como los grandes éxitos del museo de los horrores tocados al organillo. Le daría vergüenza hasta a Luis Cobos, yo qué sé. El culto al ruido y la mamarrachez en este país –como en el mío- creo que tiene mal remedio. O ninguno.
Pablo y yo hablamos, nos reímos, intercambiamos fotos y pasamos un rato entretenido. Me doy cuenta de que me he pasado gran parte del día pensando en la posibilidad de formar parte de red light en año que viene. Hm. Nos sirven una cena, luego un té y luego, cuando ya hemos preparado la litera, otra cena, con lo cual, la primera cena era una merienda. Jua. No está mal la comida del tren. Antes de quedarme dormido, leo un buen rato. La cuenta atrás se acerca a cero.
La cuenta atrás está llegando a su fin. Sólo queda una noche en Calcuta. Me despierto pronto, demasiado pronto, y me voy a Mother’s House, como en los viejos tiempos. Me sorprende el calor que hace a las siete de la mañana, va a ser un día jodido. No están las barbies, para avisarlas de que no puedo comer con ellas, pero veo a José, que parece que se encuentra mejor, y me encuentro con Pablo. Me quedo con él un rato mientras los voluntarios –hoy hay más bien pocos, para mi sorpresa- se van a sus trabajos. Aprovecho para darle el último repasito a los dorados de la virgen, hablamos un rato y quedamos para mañana. Comeremos juntos y luego cogeremos un autobús para la estación. Perfecto. Vuelvo a mi habitación de Sudder, cargo la batería del ordenador, escribo un rato, descanso, veo la tele y luego voy a Raj’s a leer los periódicos y colgar mi entrada. Me encanta el café con croissant. La mañana transcurre tranquila y muy calurosa.
Me encuentro con Jesús y Carmen y quedo con ellos a las tres, luego, aparecen las barbies, comemos rápido en el blue –noodles- y me voy. Quedo con ellas en pasar por su habitación para cenar juntos cuando vuelva. La última cena, muy bíblico, vamos.
Jesús, Carmen y yo recogemos a un grupo de voluntarios italianos y nos vamos a visitar el proyecto de Luces Rojas. Cogemos el metro, dirección sur, hasta Tollygunge, una vez allí, cogemos unos cuantos motoricks y luego caminamos durante unos diez minutos. El viaje ha durado como una hora. Estamos a las afueras de Kolkata, es como un pueblo. Vemos casas, árboles y pequeñas lagunas. A la izquierda del camino de tierra hay una especie de canal con agua estancada llena de basura. Pequeñas pasarelas hechas con bambú permiten el acceso a las cabañas que están a ese lado. No hay ruido, es toda una bendición. Definitivamente, hace muchísimo calor hoy.
El complejo “Luces Rojas” está compuesto por varios centros. Entramos en el más grande: tiene un edificio para el comedor, otro para los dormitorios y uno que hace de escuela, con tres pisos y muchas aulas. Hay una pista de deporte con canastas de baloncesto –las segundas que veo desde que estoy en la India-. Un hervidero de niños de todas las edades corren de un lado a otro. Pura felicidad en sus caras. Cuando nos ven llegar, un montón de ellos vienen a tocarnos y a abrazarnos. En mi salsa. A los cinco minutos ya estoy jugando al baloncesto con unos cuantos. No es fácil, porque al mismo tiempo hay otros jugando un partido, pero bueno, organizarse es una mera cuestión de voluntad. Sudo como si me hubiera metido bajo una ducha, pero durante unas horas me siento tremendamente yo.
Más tarde, cuando ya me he desahogado, Carmen me enseña las instalaciones. En las aulas hay pupitres de madera como de museo, se ve que el centro está en continua construcción. Han puesto suelos nuevos, de baldosas y les acaba de llegar una pizarra digital y unos ordenadores. Creo que los ha donado una organización austriaca. Contrastan mucho con los pupitres, la verdad. El comedor está recién construido, muy nuevo y los dormitorios están a medio camino. De hecho, aún están haciendo somieres (hasta ahora, los niños dormían en el suelo).
Voy con Carmen al centro para las niñas pequeñas. A los dos minutos, estoy rodeado por un montón de chiquitinas que me abrazan y quieren trepar por mis brazos. El gigante egoísta. Es como ir al gimnasio, levanto a una a la otra y a la de más allá. Ríen como locas cuando su cuerpecito se levanta del suelo y vuela un rato por el aire. Jamás he visto a unas criaturas más cariñosas, niños abandonados en la calle, hijos de prostitutas, la mayoría de ellos. Aquí es donde todo hace click. La víspera de volverme a España.
El estado del centro es aún algo precario. Con las lluvias de los últimos días, el patio ha quedado totalmente inundado y no han encontrado una manera de drenarlo. Visitamos los dormitorios, las niñitas nos van diciendo cuál es su cama. Carmen me cuenta que han recibido la donación de una placa solar, pero que, al mismo tiempo, aún no tienen agua potable. Puro contraste, como siempre.
Como anochece tan pronto, no visitamos los centros de los mayores. Ha sido una tarde realmente preciosa. Dejo aquí tres bolsas de plástico con prácticamente toda mi ropa y mis medicinas. Volveré a casa con lo mínimo.
A lo largo del viaje de vuelta –otra hora-, me doy cuenta de que el calor y los niños han absorbido toda mi energía. Estoy muerto y empapado. Me pego una ducha, lavo la ropa y me voy a Barbieworld, en frente de Mother’s House. Para cuando llego, ya estoy empapado de nuevo, hay que joderse. Finalmente, en lugar de ir a algún lado a comer, las barbies han quedado con dos chicos de Murcia y preparan una pasta con una especie de salsa de tomate que es más ketchup que otra cosa. Delicatessen de cena, vamos. Menos mal que tenemos queso parmesano para hacer más llevadera la cosa. Cenamos en la terraza y, por el motivo equis que sea, acabamos hablando de mierda y pedos. Cosas del directo. Lo cierto es que la velada es entretenida y agradable.
Me despido de las nenas y me vuelvo a mi hábitat. Última noche en Ashreem. Ni siquiera tengo energía para ponerme a escribir.
Otro día de transición, con poca historia. Lo paso básicamente acompañando a Clara en su último día. Vamos a Mother’s House para que se despida de la sister que la ayudó cuando estuvo enferma. Vemos a José y hablamos un rato con él. No se encuentra muy bien y, para colmo, ha muerto una niña, hija de unos amigos suyos. Hay días así.
Desde el Mother’s nos acercamos al cementerio de South Park. Un buen lugar para rodar una peli, es muy antiguo, como de la época colonial, y tiene el encanto del deterioro y la decadencia, de estar muy poco cuidado, casi abandonado, así que los árboles, las raíces y la maleza, poco a poco van reconquistando espacios y empiezan a engullir unas tumbas que son realmente curiosas, muchas de ellas tienen forma de pirámide o de obelisco. Un pequeño y original remanso de paz y tranquilidad en pleno centro de Calcuta.
Paseamos por las calles, aguantando ruido y un calor bastante sofocante. Comemos riquísimos platos picantes en el Dosas n’more –bueno, a Clara no le gustan, pero es lo habitual- y pululamos por Sudder. Me conecto a Internet –mi Indiario ya ha sobrepasado las 2.300 visitas. No está mal. Nos vamos encontrando a gente y montamos tertulias. Que si la Mother’s House sirve para algo o para nada, que es la conversación de moda, y cosas así. Veo a Jesús y quedo con él mañana a mediodía para visitar su proyecto. Clara y yo cenamos y dedicamos el resto de la tarde a no hacer nada, hasta que llega el taxi y me despido de ella. Otra despedida más para la colección. Luego me encuentro un perro con un ojo estallado. No me mires así, hombre, que yo también me he asustado, decía el chiste.
En el hotel me veo –en inglés- la película de Australia, que es un poco cansina y tiene más ruido que nueces, pero sirve para pasar el rato y hacer que el sueño acuda y empiece a hacer espirales en torno a mi cabeza. Hora de descansar. Sigue la cuenta atrás. Siento que llevo unos cuantos días –desde que volví de Sikkim, supongo- haciendo tiempo, ya tengo ganas de estar de vuelta.
Vuelvo a dormir poco. De una a cinco. Doy vueltas. Cuento hacia atrás porque siento que me voy. Veo una peli en la tele (Teaching Ms. Tinkle o algo así, con Hellen Mirren y Kathie Holmes). A ratos llueve y a ratos está nublado. Me sacudo la pereza que todavía queda pegada a mi piel, me visto y me voy a desayunar. Una rutina agradable. Leo los periódicos y cuelgo mi entrada. Pensaba ir a Mother’s a ver a Pablo pero se ha hecho tarde, ya es media mañana, así que voy al hospital a ver si hay novedades.
En principio, les dan el alta a Jesús y Clara, que están contentos, deseando largarse de allí, sobre todo, ella, que lleva casi una semana. Esperamos y luego esperamos. Llega la hora de la comida y seguimos esperando. La India es así. A las cuatro, la enfermera me dice que baje a un despacho que hay junto a la entrada para tramitar los papeles del alta. Vale. De ese despacho –información- me mandan a otro –departamento de facturas-. En ése, me mandan de una ventanilla a otra. Una vez allí, me mandan al despacho de otro tipo –el del seguro-. Hay carpetas llenas de papeles moviéndose de un lado a otro. Por cierto, en este país aún se rellenan cuadernos –registros- a mano y se hacen copias con papel carbón. No entiendo nada de lo que me dicen porque hablan un inglés como indio (jajaja), pero les voy siguiendo la corriente, hasta que uno de los empleados me da un papel y me dice que ya está. El de Clara. Pregunto por el alta de Jesús. Aún no tienen allí el informe. Subo a la sexta planta y vuelta a empezar. Ya por fin, a eso de las cinco, la cosa está solucionada y nos podemos coger un taxi para ir a Sudder. Clara envía la documentación del alta a su seguro para que le tramiten el viaje de vuelta. Comemos algo los tres en el Raj’s y arreglamos el alojamiento de Clara.
Tanto ella como Jesús están medio mareados al volver a la calle después de unos días en un microuniverso con aire acondicionado y medicados como caballos. Clara, de hecho, no sabe si va o viene, está como una maraca. Ellos lo llaman el efecto matrix (también podríamos denominarlo síndrome abre los ojos), es algo como: a lo mejor es verdad que estoy aquí hablando contigo en este sitio, pero también es posible que esté soñando en mi cama de hospital. Podríamos ir aún más lejos e imaginar sueños que contienen sueños, como las muñecas rusas, y pensar que estás en España soñando que estás en un hospital de Calcuta soñando que estás hablando conmigo. Es una puta paranoia divertida.
Aparece Miguel y al final de la tarde dejo a todo el mundo por ahí y me voy a cenar yo solo al Super Chicken, que empiezo a estar harto y necesito desenchufar un rato. Arroz con lentejas. Muy rico (aunque picaba bastante). Después de la cena, hablo un rato con las barbies, que pululan por ahí. Coral no se ha enganchado a Calcuta al volver de Sikkim, se ha quedado colgada, como los ordenadores, y tiene la cabeza ya más en la vuelta a casa que aquí. Confiesa que, en el fondo, su experiencia en este país ha sido una enorme decepción en todos los sentidos, excepto momentos puntuales, como Sikkim, y que no volverá. La barbie madrileña es intensa, no cabe duda.
Vuelvo a Raj’s y me despido de Miguelillo, que se va mañana prontito.
Un día muy largo para no haber hecho gran cosa, me parece a mí.
Bueno, pues la cuenta atrás ya está activada, me quedan cuatro noches en Calcuta (más otra de tren, más otra de avión). Esto es lo que hay. Tendré que pensar en qué cosas quiero hacer en esta ciudad antes de irme; aún tengo pendientes, por ejemplo, una visita al cementerio de South Park y al templo Sij.
Hoy he descansado, me he despertado a eso de las siete. Me parece ya algo así como la multiplicación de los panes y los peces. Un jodido milagro. Lleva toda la mañana lloviendo. No es mala manera de empezar el día, hasta que aparecen unas imágenes en el informativo de la tele (CNN, creo). Una corrida de mierda en no sé qué puto pueblo de mierda, un toro que salta al tendido y juega a los bolos con los paletos. País de mierda. De nuevo la vergüenza de ser español. Toros y pandereta. Qué asco.
Desayuno con Miguel y Carlos en Raj’s. Sí señor, café y croissant. Mientras me hago una pizca de Internet, Miguel va yendo al hospital.
Camino bajo la lluvia con mi ridículo paraguas indio de euro y medio y sus dos varillas rotas. Recorro Mirza Ghalib Street y Park Street. El trafico es el grotesco infierno nuestro de cada día -amén- ni siquiera sé cómo puedo soportarlo. Encuentro a un tipo sentado en mitad de la acera bajo la tromba de agua. Parece que está meditando. Tiene las piernas cruzadas, las manos juntas y la cabeza muy baja, con la barbilla apoyada en el esternón. El pelo, largo y sucio, le tapa la cara. No tengo estómago para hacer una magnífica foto.
Son cerca de las doce cuando llego al hospital como una sopa. Lo mejor es ver a Miguelito, que se ha empapado tanto –él no tenía ni siquiera un paraguas patético- que su camisa roja ha desteñido y ha convertido sus pantalones en un trapo, rosáceo por arriba y negro por abajo. El tío, ni corto ni perezoso se ha quitado la ropa y allí está, tan feliz, con un pijama rosa –para mujer- de los del hospital. Épico.
A Clara la siguen drogando, parece ser que esta mañana se ha levantado como un zombi, con la cara hinchada, aunque cuando llego ya está mejor. A saber qué mierda de medicamentos se toma, pero se pega unos vuelos del ocho. Parece que mañana le darán el alta y quizás –sólo quizás- al día siguiente pueda coger el avión de vuelta. Veremos. Al rato se une Jesús, otro medio colocado, y charlamos hasta la hora de comer. Decido echarme a la calle y comprar comida para los cuatro porque la opción de comer la del hospital no parece convencer mucho a Jesús y Clara. Vuelta al diluvio. Camino como un cuarto de hora bajo la lluvia hasta que llego al Arsalan y pido arroz con pollo, con cordero y con verdura, respectivamente, para los chicos y un navratan korma –más suave- para Clara. Algo más de cinco euros. A la vuelta estoy tentado de estampar el paraguas contra un árbol, pero lo haré otro día (está claro que lo haré antes de irme). El tío sigue sentado en la acera. El mismo sitio, la misma postura, da la impresión de que no ha movido un músculo. Supongo que está vivo. Las aceras son verdaderas balsas y camino sobre las aguas, ¿seré el nuevo mesías?
Comemos, hablamos, se va Miguel, se vuelve a unir Jesús y nos cuenta historias de Calcuta –él lleva doce años viajando aquí-. Despotrica bien a gusto contra el proyecto Mother’s S.A., que sirve básicamente, para que la santa madre iglesia se embolse un montón de pasta, está cada vez más claro, y pone a parir a la mierda de niñatos y niñatas de voluntarios que acuden a la mierda de Facebook Street, más preocupados por montar fiestas y pasarlo bien que por arrimar el hombro y su impresión es que la cosa va a peor cada año que pasa. También nos habla del proyecto en el que trabaja, suena bien. El tiempo pasa tranquilo y perezoso. Aparentemente, mañana tendrán el alta los dos, así que les deseo que descansen en su última noche en el hospital.
Llego a Sudder –Facebook street- a eso de las siete y media, hablo con Pablo, nos reímos lo nuestro y pagamos el billete para Delhi que encargamos ayer. Hoy, la mala noticia es que Concha, la sevillana, ha decidido adelantar casi tres semanas su viaje a España porque lleva unos días sintiéndose mal. Se va mañana. Porca miseria. Me quedo con ella y sus tres amigas hablando de Calcuta y de esto y de aquello y de lo duro o no duro que es estar aquí. Se nos hace tarde y cenamos un plato de pasta en Raj’s justo antes de que cierren.
Hora de dormir. Estoy cansadísimo. Me doy cuenta de que llevo un montón de días sin ese descanso a mediodía que me dio la vida durante el mes de Julio. Sigue la cuenta atrás.
Apenas duermo cuatro horas. De nuevo me da por despertarme pronto. No me pregunten qué coño hago despierto antes de las cinco de la mañana, yo tampoco lo comprendo. Vegeto un buen rato y me levanto a eso de las siete. Me aseo y recorro el trayecto hasta Mother’s House, como en los viejos tiempos. El mismo ruido, la misma mugre, la carne colgando de ganchos, la basura en el suelo, los cuervos alrededor, siempre alrededor, gente lavándose en medio de la calle, el trasiego de vehículos, la comida, las moscas, la mezquita, los niños que se dirigen al colegio –los que tienen esa suerte, claro-, los mendigos. Un inframundo en ebullición.
Trabajo con Pablo parte de la mañana. Hoy tiene la idea de quedarse en Calcuta hasta el final. Bueno, lo que te pida el cuerpo, tío. Como sabe de mi devoción por el maestro Klimt, me vuelve a reservar el trabajo con el dorado, así que lo preparo con mucho gusto. Oro en polvo diluido en aceite. Pinto los bordes del manto y una especie de rosario con una cruz que lleva a la cintura. No es fácil, porque a menudo, el compuesto resbala sobre la pintura que hay debajo, no se queda. Así funciona. Durante un rato se paran los ventiladores para poder barrer y pensamos que vamos a morir de calor. Dejo a Pablo allí y, a eso de las diez, me voy al hospital. Quedamos en vernos allí más tarde.
Hoy Clara está como chutada. No sabe qué medicamento le han dado por la noche, pero está mareada, dolorida y como con resaca. Muy pintoresco. Se niega a tomar ninguna medicina más y tiene que venir un médico a ver qué pasa. Al final, la convence para acabar de tomar los medicamentos –incluidas las dos dosis de heparina que le quedan- antes de irse. Cuando oye la parte de “irse” -volver a España-, le cambia la cara. Sí a todo.
Aparece Jesús, que es otro que lleva encima un colocón considerable. Es coordinador de “Red Light” y ha metido el pulgar en un ventilador. Fractura por tres sitios y quirófano para reconstruir aquello. Nos reímos mucho con él porque entre el cuelgue de los medicamentos y que apenas habla inglés, no se entera de nada, en plan “no sé si entró en la habitación una enfermera diciéndome no sé qué o si lo estaba soñando”. Jua.
Cuando llega Pablo, me voy a comprar algo de comida. Un arroz vegetal (para mí con champiñones y yogur) y algo de pan en el Blue Sky. Hoy el calor vuelve a ser insoportable. Por una vez, Clara come bien. Ole. Creo que voy a poner una cruz en el calendario para no olvidarlo. El día que Clara se lo comió todo sin rechistar. El tiempo va pasando, tranquilito y monótono. Paseamos por los pasillos, hablamos con Jesús, descansamos. Es ya el quinto día en el hospital y se nota. De hecho, durante un rato me siento tan cansado que me pego una cabezada. A la hora de cenar, me vuelvo a Sudder. Hablo con Pablo y decidimos comprar el billete a Delhi el lunes 23. Salimos por la tarde y llegamos por la mañana porque no es el que tarda 24 horas, sino 17, que para ser la India no está mal. Dejaremos el equipaje en la estación, pasaremos el día pululando por la ciudad y, por la noche, cogeremos un taxi al aeropuerto. El compartimento tiene aire acondicionado e incluye las comidas. 1600 rupias, menos de 30 euros. Vale.
Antes de volver a la habitación, ceno con la comunidad italiana un plato de verduras (manchurian) en la calle y me despido de ellos, porque se van mañana por la mañana. Son cerca de las once, no me quedan fuerzas para mucho más, así que lucho un rato contra el agotamiento para poder escribir y luego no recuerdo nada más…
Me despierto sobre las cuatro, milagrosamente consigo dormirme de nuevo y me vuelvo a despertar a las siete. Bueno, vamos prosperando. Me gusta no tener prisa, poder hacer el perezoso, remolonear e incluso ver un rato la tele antes de levantarme y pegarme una ducha. Me voy a Raj’s a desayunar mientras leo el periódico en Internet –qué pocas cosas pasan en verano, por cierto, es una estación mediocre hasta para eso-.
Primera estación: Mother’s House. Allí está Pablo, pintando la famosa virgen restaurada con cemento. Pinto un poco, hablo con él otro poco y me voy al hospital. Allí anda Clara. No sabe aún si se va en uno o dos días o no. Todo en el aire y diálogos de besugos con los médicos. Da igual, preparo algo de comer y nos escapamos un rato para subimos a la azotea del edificio cuando nadie nos ve. Desde allí hay unas hermosas vistas y pasamos un ratillo haciendo fotos.
Lo que queda de mañana pasa deprisa, parlamos un rato y me voy a la representación de New Light. Un montón de voluntarios salimos juntos desde Sudder Street, invadimos el metro, nos montamos a presión en el tren, que ya viene abarrotado hasta arriba y nos reímos lo nuestro (empuja, empuja, por dios, empujaaaa).
La representación es sencillamente genial. Los niños han ensayado bailes vertiginosos, coreografías complicadas que clavan como relojes suizos. A ratos, nos quedamos boquiabiertos. El acto dura como dos horas y alterna pequeñas representaciones sencillas con puro espectáculo.
A la salida, me voy con las barbies y la comunidad italiana. Hora de cenar. Cogemos el metro de vuelta y caminamos hasta barbieworld. Hablamos, nos contamos nuestras cosas como si nos conociéramos de toda la vida, bromeamos, copio las fotos de Lorena que me interesan y cenamos tan ricamente. Pasta con atún, cebolla y parmesano. Vuelvo rápido a la habitación por si me cierran el hotel, aunque luego el encargado me dice que puedo venir a la hora que quiera porque siempre hay un guardia de seguridad. Se me hace tarde, pero escribo un rato.
Otro día, digamos irrelevante. Duermo un poquito más de lo habitual, me despierto a eso de las siete. Gran noticia. Remoloneo, leo un poco, no tengo prisa. Después de la ducha y el aseo, bajo a desayunar. Todo muy zen. Hasta que el tío de recepción me dice que tengo que hacer el check-out porque mi habitación ya estaba reservada. Ole mis chismes. Me toca subir, hacer el equipaje y bajar a buscar otro hotel. Pruebo con el Ashreen, que era mi primera opción desde que llegué, pero a menudo está ocupado. Hay suerte a la primera, me toca una habitación con aire acondicionado, aunque la quería sin. De momento, me vale, es amplia, limpia y con tele y no es ni barata ni cara -casi 850 rupias: 14 euros-, nº 202 (¿no sería la tuya, Borja?).
Me relajo otro rato en el Raj’s con el amigo Miguel y con Amparo, antes de dirigirme hacia Park Street. Camino por calles que conozco bien. Mi mirada llega cada vez más lejos, percibo miradas y matices, es como cuando estaban de moda aquellos libros en los que veías figuras en tres dimensiones, entrecerrabas un poco los ojos y, de repente, aparecían figuras que estaban allí y no percibías. Aquí –bueno, y en todas partes- es un poco parecido, uno podría ver un poco más si se concentra, aunque también prefiero no llegar más lejos y no rastrear las huellas de las palizas, el tráfico de drogas, la prostitución o la pederastia. La India subterránea.
He quedado con José, que me invita a comer al Arsalan, un restaurante maravilloso, aparte de por motivos gastronómicos, porque no hay extranjeros, sólo nosotros dos. Comemos un plato de arroz especial, él con pollo y yo con cordero. Una delicatessen. Preparamos otro plato para llevar al hospital.
Clara ha pasado mala noche, le han puesto una medicación que le ha dado una reacción, digamos, no deseada, y se ha pasado la mañana en el baño. Luego, le han tenido que poner suero porque se había deshidratado. La gran chapuza. Parece ser que se ha enfadado y ha llamado a la compañía de seguros para montar el auténtico pollo. El caso es que cuando José y yo llegamos, ella ya se encuentra bien y la cosa está como la seda, todo es amabilidad y sonrisas, la han visitado los médicos y las enfermeras pasan cada poco para ver si todo va bien. Dejamos que el tiempo pase tranquilamente, comemos y hablamos. Me quedo allí hasta las ocho y me voy a Sudder a ver qué se cuece. Veo a Pablo, que sigue con mala cara. Ha pasado del “Calcuta es el sitio en el que debo estar” a “estoy hasta los cojones de Calcuta”. Este lugar te hace sentir así, es cierto. Quedamos en ver cómo evoluciona Clara en el hospital y, en función de eso, decidir si nos hacemos juntos un viaje –breve- antes de llegar a Delhi.
De camino a la habitación, me encuentro en la calle con mis barbies preferidas y mis amigos italianos tronados, hablamos un buen rato, hacemos nuestras risas y quedamos para mañana: tenemos representación en New Light y cena italiana en Barbieworld. La cosa promete.
Independence day. Fiesta nacional. El ruido de la lluvia me despierta a eso de las cuatro de la mañana. No me vuelvo a dormir, claro, ¿para qué voy a dormir ocho horas si puedo dormir cuatro? Frustrante. Miro al techo, me relajo, escribo, leo un rato. Dejo que el tiempo fluya en mi elegante habitación.
Pregunto si me puedo quedar una noche más y el recepcionista me contesta que sí. Vale, iremos viendo. Me voy a Raj’s a desayunar mientras ojeo los periódicos por Internet. Dolce vita. Cojo el jamón del amigo Borja, compro un poco de pan y le doy una sorpresa agradable a Clara, que ayer no comió nada desde las doce de la mañana –a la señorita no le gusta la comida del hospital-. Aparecen Mª Luisa y Concha con un croissant relleno y un platito de pasta para la enferma, que hoy va a tener comida para aburrir.
Las sevillanas se van –Mª Lu tiene que recoger un billete porque vuelve a España ya mismo- y llega José, el tipo español que ha decidido quedarse a vivir en Calcuta. El que ha visto la luz. Hablamos durante horas y horas y horas sobre temas que, por distintas razones, no puedo reproducir aquí. El tiempo pasa tan rápido que pasamos medio día en el hospital y a José y a mí se nos olvida comer. Menos mal que hoy en el Raj’s hay una comida india especial para celebrar el día de la Independencia. Llegamos a eso de las siete. Me encuentro a Pablo, que parece bastante enfermo –es lo que tienen las modas-, hablamos un rato y se retira a su habitación a descansar. Descansar. Eso sería cojonudo. Ceno con José y luego llega Concha (Mª Lu ya se ha ido) con sus amigas. Hablamos otro rato. Estoy rendido, les digo que me retiro, pero me encuentro a Juan Carlos con dos amigas y estamos de cháchara como otra hora. Me dan las once, se pone a llover y por fin me vuelvo al hotel, más muerto que vivo. Las celebraciones parece que ya han acabado. Lo celebro.
Si andar haciendo planes es poco recomendable en general, en la India se convierte en una temeridad, así que hoy me monto mi enésimo cambio de plan.
Pero no adelantemos acontecimientos, me hallaba yo en un tren de vuelta a Calcuta en compañía de dos barbies. Bien, dormimos poco y mal y llegamos a la ciudad de los putos cuervos bajo la lluvia y con una hora de retraso. Nada nuevo.
Esto de llevar ya un tiempo por aquí te permite, por ejemplo, llegar a la estación y reírte cada vez que un taxista te pide 150 o 200 rupias por llevarte a no sé dónde. Mola. Le miras, te ríes y dices algo como “sí hombre, mil, si quieres”. Cuando ven que ya somos veteranos –sólo entonces- empiezan a ajustar precios. Al final le pregunto a un conductor de rick “¿cuánto me vas a cobrar por una mierda de carrera de cinco minutos hasta Mother’s House, que está en esta calle de aquí al lado?” El tío ve que no nos la pega, se ríe y dice, vale, 60. Nosotros le respondemos que 50 o nada –que ya es bastante- y el tipo acepta.
Dejo a las barbies en su hábitat (barbieworld) y me doy un paseo hasta Sudder, el mismo paseo que me he estado pegando todas las mañanas pero en dirección contraria, así voy saludando a los voluntarios que a esa hora –siete menos algo de la mañana- ya se dirigen al trabajo. Me hace cierta gracia, volver a recorrer estas calles. Algunos mendigos, que ya me conocen, me saludan, yo les guiño un ojo y sonrío. A pesar del ruido del tráfico y los escupitajos y el calor y los gritos y el monzón y la suciedad y los cuervos y la miseria y el olor y la gente que te agobia y la puta que lo parió, creo que, en el fondo, esta mierda de ciudad tiene su encanto. En el fondo, fondo.
Me dirijo al Fairlaw –ya saben, chic y estiloso-, a heredar la habitación de Clara. Son como la siete, espero que ya esté despierta. Me dirijo a la elegante recepción y le digo que p’allá que me voy y entonces el tipo del mostrador empieza a contarme no sé qué. No entiendo nada. Can you repeat, please? ¿Hospital? ¿Clara? ¿Qué? Ah, ¿que ha estado en el hospital ayer y ahora está en la habitación? Mierda, pues. Llamo a la puerta, a ver si hay suerte. La pobre Clara está para pocos trotes. Diagnóstico provisional: Tromboflebitis (¿se escribe así?). Y entonces recuerdo una de las últimas veces que hablé con ella. Me contó que le dolían las piernas y que las tenía llenas de moratones, le dije que no me gustaba un pelo –que no me hacía ni puta gracia, de hecho-, le di un puñado de aspirinas que llevaba en la mochila y le aconsejé que se pinchara heparina antes de montar al avión porque la cosa podía ser seria. Ahí quedó la cosa. Parece que, entre que no se sentía muy bien y que le estaba dando vueltas al tema, acabó yendo al médico –ayer-, le hicieron unos análisis y cuando vieron los resultados le dijeron 1- prohibido terminantemente meterte en un avión, a no ser que te apetezca una embolia o algo así. 2- hay que hospitalizarte inmediatamente. Clara se negó a meterse en el hospital porque tenía todas sus cosas en la habitación del hotel –que tenía que dejar-, así que quedó en hacerlo al día siguiente, es decir, hoy.
El auténtico planazo: en lugar de volver a casa, te ingresan en un hospital indio. Menos mal que el seguro se hace cargo de todo, incluido el viaje de vuelta. Con todo el problema de fondo, los del hotel ya habían decidido darme otra habitación, en el primer piso, más pequeña pero más tranquila. Paso la mitad de la mañana instalándome, lavando algo de ropa y duchándome y la otra mitad con Clara, que, a pesar de todo, está muy tranquila, la verdad. A eso de las doce llega la ambulancia y se va al hospital, acompañada de Miguel, otro voluntario amigo suyo que aparece por allí a media mañana.
Aparecen también Mª Luisa y Concha y me cuentan la odisea porque fueron quienes estuvieron con ella ayer, bueno, sobre todo Mª Luisa, porque Concha también estaba algo enferma, con fiebre, y se quedó en cama. Le doy vueltas al tema y decido que es suficientemente delicado como para no irme a Jaipur. Supongo que, de alguna manera, he sido más útil esta mañana que todo el mes que me he tirado trabajando de voluntario, así que, de momento me quedo en Calcuta hasta ver qué pasa. Concha está de acuerdo, estaba preparando un viajecito, pero de momento lo va a posponer porque no se iría tranquila. Le pregunto a Raj’s si puedo cancelar el billete de tren a Jaipur y me dice no problem –aunque sólo me reembolsarán una parte-. Pues vale, lo haré por la tarde. Como con las sevillanas y me hago un rato de Internet, para poder colgar mis aventuras en el Himalaya. Mª Luisa se va mañana, pero hoy, a media tarde, llegan otras tres amigas de Concha. Como aún tienen tiempo, se vienen al hospital conmigo, a eso de las cuatro (aunque yo voy andando y ellas en rick).
El Mercy Hospital es un lugar que no está mal, para estar en Calcuta. Clara está instalada en una habitación individual, espaciosa, con luz, aire acondicionado y un buen baño. Un alojamiento difícil de encontrar en esta ciudad, vamos. Allí anda el amigo Miguel, durmiendo en una especie de sofacito-cama, tan feliz. Clara nos cuenta que tan sólo le han hecho un análisis de sangre y nada más, ni le han puesto heparina, ni antibióticos ni nada. Sigue tranquila y positiva, que, como ustedes bien saben, es la mejor manera de afrontar cualquier problema y la vida, en general.
Nos pasamos allí un buen rato de cháchara. Miguel se retira y luego se van las sevillanas a buscar a sus amigas. Durante la tarde le hacen un electro y más adelante, casi por la noche, la visita un doctor y, durante media hora larga, le hacen una especie de ecografía en las piernas. Afortunadamente, no detectan ningún trombo. En teoría, mañana por la mañana le dan un diagnóstico definitivo.
Me vuelvo a Sudder algo antes de las nueve. Mando cancelar el billete, pero como es tarde, lo harán a primera hora de la mañana. Me encuentro con Concha, Mª Luisa y sus amigas recién llegadas. Cenamos juntos. Estoy tan cansado como si me hubieran pegado una paliza. Me doy cuenta de que, después de la pasta que he pagado por la habitación, la he disfrutado bien poco. Qué se va a hacer. Mañana decidiré qué hago con el alojamiento, si sigo en el mismo sitio, aunque sea caro –me van a cobrar 1500 rupias, no 1300, finalmente-, o si me busco otra cosa.
Me tumbo en la cama, no tengo cuerpo para ponerme a escribir, veo un poco la tele, que tiene cien mil canales, y me quedo dormido en muy, muy poco tiempo.
El despertador está puesto a las seis menos diez de la mañana, pero yo ya estoy despierto a las cinco, como siempre. Parece, finalmente, que mi cuerpo está diseñado para dormir cinco o seis horas, quién me lo iba a decir.
Las niñas se duchan, recogemos nuestras cosas y salimos a la calle a la hora prevista. 6,45. No llega ningún todoterreno. Esperamos hasta las siete. Nada. A eso de las siete y cuarto aparece un autobús, preguntamos si va a Siliguri, es que sí y nos montamos. 135 rupias. Al carajo el jeep. El viaje dura casi seis horas (son alrededor de 120 kilómetros), pero es tranquilo y viajamos sin agobios. Nos pasamos el trayecto sin decir prácticamente ni mu. Volvemos a ver los mismos lugares, pasamos el control de pasaportes, llegamos a Bengala y la temperatura sube de repente, vemos monos, pueblos, paisajes, caras… Nada nuevo. Me dedico a leer y dar cabezadas a partes iguales. El autobús se para a recoger y depositar gente continuamente. Casi todo el mundo sonríe aún.
Llegamos a Siliguri. Vuelve el calor, el ruido y los niños mendigos. Un par de bici-rickshaws nos llevan al restaurante… La cosa no empieza con muy buen pie porque no tienen nada de lo que pedimos: pan, platos tandoori y no sé qué. Estamos en un tris de irnos, pero al final nos da pereza y nos tomamos una de las comidas más ricas que hemos probado en este país. Lorena y yo pedimos a medias unas riquísimas bolas de queso fritas, un arroz vegetal y un navratan korma (guiso de verduras) y nos ponemos hasta arriba. Pagamos 100 rupias. Nos reímos porque a los señores de la mesa de al lado les han servido un plato con palomitas de maíz.
Después de la comida, entramos en una pastelería “Unique” y nos pedimos un surtido de exquisitos pastelitos cubiertos por una fina capa de plata –del estilo al pan de oro-. Nos los comemos en la cafetería “Orchid” con un buen café. Cargamos con el equipaje y nos dirigimos al Cyber café “I way”. Está cerrado. De puta madre. Comenzamos a caminar calle arriba, en dirección a la estación, a ver si encontramos otro local que tenga Internet. Nada que hacer. Compro algo de té, compramos una especie de empanadas de hojaldre para el tren y seguimos caminando.
Cuando acaba la calle decidimos coger un taxi, rick o similar. No para ninguno, todos pasan a toda castaña llenos de gente, es decir, habría que haberlos cogido bastante antes. Esperamos y esperamos y no hay manera. Menos mal que nos sobra un montón de tiempo. Al final, no nos queda otra que volver a montar en un par de bici-ricks. Las niñas van en uno –lo negocian a 40 rupias- y yo voy en otro con mi mochilón –lo negocio a 30 rupias-. El trayecto es más largo de lo que pensaba, los hombrecillos se dan una paliza. Cuando llegamos, mi conductor dice que no quiere 30 rupias, que quiere 100. Le doy 30 y le mando al carajo. El tipo se enfada y entra detrás de mí a la estación. Le digo que es el precio que estipulamos antes de montar y le vuelvo a mandar al carajo. No sé si es porque la policía anda por allí con las varas o porque lo ve jodido, el caso es que desaparece en medio del hormiguero.
Buscamos nuestro andén y ya tan sólo queda esperar y esperar. No estamos muy comunicativos. Montamos en el tren y esperamos y esperamos, miramos por la ventana, escribimos o leemos, cada uno en nuestro mundo. Un viaje largo, pesado y sin historia. De repente, se pone a diluviar, nos da el ataque de risa porque entra agua por todas partes y tienen que venir un par de indios a cerrar unas contraventanas de madera y las ventanas de cristal mientras las niñas gritan y nos partimos de la risa.
Afortunadamente, la noche cae encima como de sorpresa y no tardamos en meternos en nuestras literas y desconectar.
Para cuando el despertador suena, yo ya estoy levantado y aseado. Despierto a las niñas. Empieza a asomar, tímidamente, un poco de luz en medio de la noche, creo que vamos a tener un día precioso. Para mi sorpresa no hace ni frío. Caminamos, cada vez con más claridad, hacia el monasterio de Sangachoeling, una subida en picado hasta una especie de mirador que tiene unas vistas sobrecogedoras. El Khangchendzonga se ve casi entero durante un rato, misión cumplida. Un perro negro que está cojo camina junto a nosotros durante todo el trayecto, como si fuera nuestro guía. Tanto el madrugón como la caminata vertical, con su respectiva sudada, realmente merecen la pena. Ver amanecer sobre el Himalaya desde allá arriba da ganas de llorar. Nos quedamos sin palabras allí sentados, al borde del precipicio. Con el mundo a nuestros pies.
La bajada no le hace mucha gracia a mis rodillas, pero bueno, acaba siendo llevadera. Llegamos al hotel y nos pedimos unos buenos y merecidos desayunos. Para mí, café, pan tibetano dulce y un plato con patatas, tomate troceado, huevo frito y cebolla. Muy rico. El momentazo es el pancake de banana que se pide Lorena. Normalmente, un pancake es un crêpe que te sirven en todas partes con chocolate, miel, plátano o mermelada, por ejemplo. En Sudder Street es algo así como el postre del voluntario. Cuando vemos aparecer un pancake con la altura de una tortilla de patatas casi nos da un ataque de risa. La pobre mujer se pasa media mañana luchando con él a brazo partido y deja allí la mitad, todo desmigado. Nos vamos turnando para pasar a la ducha mientras los otros dos disfrutan de la tranquilidad del comedor.
A eso de las nueve y pico nos pasa a recoger un todoterreno. Lo tenemos para nosotros solos por 1000 rupias, muy barato. Durante casi cuatro horas nos va llevando a un sitio y a otro. Vemos cascadas maravillosas, visitamos un parque, paramos a hacer fotos aquí y allá. Hoy Coral es Cate Blanchet –y ya es la segunda que me encuentro en la India- haciendo de elfo en el Señor de los Anillos. Me encanta un viejo puente oxidado que ya no se usa y, como es normal, no puedo evitar ponerme a andar por él. Al final, visitamos el lago Khecheopalri, un lugar sagrado, como en medio de un bosque –hay que caminar un rato desde el aparcamiento- donde se reza y se hacen ofrendas. Nos encontramos un grupo de personas vestidas de naranja, podría ser una familia, que están realizando una ceremonia –una “puja”, supongo-, al final de una pasarela de madera que lleva hasta el lago. Dejan flores en el agua, queman incienso y recitan alguna oración. El lugar está lleno de banderines de colores, campanitas, rodillos de oración y cosas así. Al final, la gente se pone a hacerse fotos con las barbies, que salen de allí con arroz y un manchón rosa en la frente. Resulta una experiencia curiosa y divertida.
Los caminos siguen el mismo guión de siempre: alternan asfalto, piedras, patatal, curvas de vértigo, a tumba abierta, torrentes que atraviesan la carretera, desprendimientos de tierra e incluso pasamos bajo una cascada que cae en medio de la calzada. El caso es que el vehículo nos deja en el hotel sanos y salvos y, a pesar de lo que hemos desayunado, nos lanzamos como locos a comer. Yo me vuelvo a pedir unas especie de noodles tibetanos con verdura, que se llaman distinto que los de ayer pero resultan ser lo mismo. Da igual, están buenos. También repito los momos vegetales. Ñam. Si el momentazo del desayuno lo protagonizó Lorena con su pancake monstruoso, le llega el turno a Coral, que se pide un momo grande y le llega un bicho que ocupa todo el plato. Otra “jartá” a reírnos. Y así todo el día, oiga. Lo cierto es que suelen tardar bastante en servirnos y Lorena siempre está impaciente, así que para presionar un poco, cada vez que sale el camarero de la cocina, le canta (milk, milk…, vegetables, vegetables…, rice, rice… o lo que sea). Nos pasamos el día de risas.
Después de comer, descansamos como media hora y nos vamos a un mercadillo de artesanía. Justo cuando llegamos está cerrando (a las cuatro de la tarde), así que media vuelta y camino a las ruinas de Rabdentse, que están como a tres kilómetros. Hay que darse prisa porque anochece muy pronto y no es cuestión de que nos pille en mitad de la carretera. Lo malo es que acabamos perdiéndonos. En realidad, no nos perdemos sino que nos pasamos de largo el complejo porque está mal señalizado y aparecemos en un pueblo en el que nadie es capaz de explicarnos qué hacer, aunque está al lado. Muy surrealista, como siempre que hay que comunicarse con la gente de Sikkim. Nos montamos verdaderos diálogos para besugos. Vuelta para atrás. Nos damos cuenta de que las ruinas están en aquella entrada que pasamos. Hay que caminar un buen rato por el interior hasta que se llega. La verdad es que las ruinas son una enorme decepción, son una especie de muros, restaurados, que tienen muy poco interés. Ni siquiera hay unas grandes vistas. Tanto paseíto para nada. Recorremos rápido los tres kilómetros para llegar al hotel antes de que caiga la noche.
Volvemos a la habitación a descansar un poco. Sufrimos el enésimo corte de luz del día. Lorena se queda sobada, que es su sino, yo descargo las fotos del día (más de 200), las veo con Coral, borramos las que no merecen la pena y le dejo el ordenador para que le eche un ojo al diario mientras yo leo un rato.
Esto se acaba. Última cena y última noche en Sikkim. Empieza a caer una tormenta de esas de película, con rayos, truenos, sonido Dolby y en 3D. Cenamos ligero (nos ha jodido, con todo lo que llevamos tragado a lo largo del día). Hora de pedir la cuenta. Pagamos por alojamiento –dos días-, un desayuno, una comida y dos cenas (más el desayuno de mañana, que ya lo tenemos empaquetado) 666 rupias, unos once euros cada uno. Ole. Se vuelve a ir la luz y bajar a la habitación se convierte en una aventura divertida.
Mañana nos espera un todoterreno a la puerta del hotel para ir hasta Siliguri, donde está el tren que nos llevará de vuelta a Calcuta, como si fuera un castigo. Arg. Hemos pasado el día rumiando que era el último que pasábamos aquí, lamentándonos por tener que abandonar el paraíso para volver a la ciudad de los cuervos. Sé que recordaremos con nostalgia estos días en el Himalaya.
A eso de las nueve y media, las muñequitas se acuestan y yo me pego una ducha antes de ponerme a escribir.
Duermo bien, pero a las cinco de la mañana hay alguien en la calle haciendo no sé qué, dando golpes y gritando, no sé si son repartidores o algo así. Mala suerte. Afortunadamente, me vuelvo a dormir hasta las siete y pico. No está mal. Nos vamos preparando, recogemos el equipaje y salimos a desayunar. Elegimos el Cacao, otro local de muy buen gusto, con una panadería-pastelería en la planta baja y un agradable comedor en el primer piso. Salimos a la terraza, que tiene buenas vistas. El día está realmente bonito. La carta es interesante. Nos pedimos desayunos enormes, con tostadas, patatas cocidas, huevo revuelto, croissants, tomate… y algún extra (dulce) más. Coral Sharapova se pone las botas. Una gran manera de empezar el día.
Volvemos al hotel, recogemos nuestros equipajes, pagamos y pillamos un taxi hacia el parking de los todoterrenos. El hombre se equivoca y nos lleva al que no es. Media vuelta. Llegamos al parking que sí es y resulta que funciona de una manera muy diferente que la última vez: hay una taquilla donde compras tus asientos, no se discute, no se regatea. Nos dicen que el próximo coche no sale hasta las doce y media. Qué bajona. Luego, miramos la Lonely y lo pone, los coches salen a las siete de la mañana y a las doce y media. Bueno, no nos queda otro remedio que sentarnos con los equipajes y esperar como hora y media.
La buena noticia es que el todoterreno no se llena, sólo viajamos siete, incluido el conductor, cuando hay sitio para once. Una maravilla. Durante el camino se pone a llover a cántaros. El auténtico diluvio tibetano. En el Himalaya, las fuerzas de la naturaleza son otra historia: cae una buena tormenta y las carreteras quedan trituradas. Hay torrentes, con cascadas y todo, que caen en el carretera, la inundan, para continuar ladera abajo. Sorteamos desprendimientos de todos los colores, rocas como sandías. Atravesamos verdaderas balsas de agua y barrizales. La naturaleza en estado puro y salvaje. Da la impresión de que se construye la carretera, el Himalaya la corta, el hombre la reconstruye, las tormentas la barren, el hombre la vuelve a reconstruir… y así sucesivamente. Un proceso continuo de regeneración.
El Himalaya es brutal, un paisaje que no he visto jamás. Ocupa todo mi campo visual y no sé ni dónde comienza, porque ni siquiera consigo ver el fondo, que es un verdadero abismo, ni sé dónde acaba, sólo se ven nubes allá arriba, tapando las cimas. No sé cómo coño se describe la inmensidad, el vacío bajo los pies, la sensación de plenitud y de formar parte de algo monstruosamente grande.
Luego, llega la niebla, de pronto, como si nos echaran una sábana sobre la cabeza. Viaje sobre fondo blanco, como una pantalla de cine. Y bosques fantasmagóricos, a lo Tim Burton.
Así transcurre el larguísimo viaje, dando botes de un lado a otro, entre sol, lluvia y niebla. Ante un paisaje monumental, estremecedor, como salido de una película (el señor de los anillos, avatar…), un paisaje que te hace sentir pequeño, que te pone en tu sitio. Espero que los habitantes de esta región –hablando de Avatar- estén dispuestos a entregar hasta la última gota de su sangre para preservar este lugar. Para que nadie le ponga sus sucias manos encima. A ratos, observando estas montañas, me dan ganas de rezar para que se extinga la raza humana.
Cinco horas después, hemos llegado. Bueno, en realidad, el todoterreno se detiene en mitad de la carretera, al lado de un hotelucho, y nos dice que hemos llegado. Nos miramos con cara de ¿esto es Pelling? ¿ya está? Miramos la guía para buscar el nombre del hotel recomendado y resulta que es ése. Hotel Kabur. Entramos. La recepción es acogedora, vemos un comedor y una terraza con muy buenas vistas. Preguntamos por una habitación triple. 300 rupias. Ni nos molestamos en regatear, echamos una ojeada a la habitación, que tiene tres camitas, como la de los tres ositos, nos gusta y nos quedamos en ella. Se nota el cansancio del viaje, pero salimos a echar un ojo. No sabemos dónde está el pueblo, sólo hay una carretera, unos hoteles y muy poco más. La noche se nos echa encima a una velocidad de vértigo y la temperatura comienza a desplomarse, así que nos volvemos al hotel. No son las siete pero nos lanzamos a cenar. Pido pan tibetano, momos vegetales y unos noodles tibetanos. No sé cuánto nos cuesta porque nos lo cargan a la cuenta de la habitación.
Nos ponemos a hablar con el dueño sobre el plan de mañana ¿qué hacer? Aparentemente, siendo tres personas está descartada una gran salida en todoterreno porque se necesitan grupos de 5 o 6 personas. La sugerencia es levantarse a las cinco, cruzar los dedos para que no esté lloviendo, ir a visitar un monasterio mientras amanece y, si hay suerte, poder ver el Khangchendzonga. Luego, volveríamos a desayunar y cogeríamos un taxi para visitar un lago. Para la tarde habría otro paseo para visitar otro monasterio y unas ruinas. Lo de salir a las cinco de la madrugada nos da un poco de cosica, pero decidimos que seguramente merezca la pena.
Volvemos a la habitación y a eso de las nueve de la noche las niñas ya están dormidas. Hora de escribir.
Me despierto pronto, todo un clásico. He dormido con una manta encima, es maravilloso. Doy vueltas, escribo un poco, leo otro poco y, a eso de las seis de la mañana me vuelvo a dormir hasta las ocho. Afuera ha llovido durante casi toda la noche, pero la mañana empieza a despejarse.
Aclaro que, aunque hay zonas en la región de Sikkim por encima de los cinco mil metros de altitud, Gangtok se encuentra entre los 1500 y los 1700 metros, que tampoco está mal.
Bajamos a desayunar al Arthurs. Café con tostadas y así. Todo en orden. El taxi ya nos está esperando cuando acabamos. Comenzamos el circuito con unos miradores –Tashi, Ganesh, Hanuman- y una pequeña cascada –Bakthang-. El taxista sonríe mientras conduce. Va saludando a la gente con la que se cruza. Le pregunto si es feliz en Gangtok, sonríe más y asiente. Vale, es que vives en el paraíso, tío, le digo. Ya no llueve, pero el día tampoco está suficientemente claro como para ver el Khangchendzonga. La niebla baja y sube, aparece y desaparece, así que nos queda la pena de no poder disfrutar más de las vistas. Pasamos a una exposición de orquídeas, un viajecito de ida y vuelta en teleférico –Nam Nang-, con impresionantes vistas, visitamos el Instituto de Tibetología y la Do-Drul Chorten Stupa, una especie de templo. Muy fotogénico todo.
Luego viene un largo viaje de más de una hora hasta el monasterio de Rumtek. Las carreteras siguen siendo más de lo mismo, la típica carretera de montaña, que conocemos, estrecha y llena de curvas, pero sembrada de baches. Aquí la gente adelanta en las curvas, sin visibilidad alguna. Si eso sucediera en España, me cagaría de miedo, pero aquí todo es normal, incluido viajar sin cinturón de seguridad, como Rajoy. No perdemos el tiempo pasando miedo.
El monasterio de Rumtek impresiona bastante, subido allá en las alturas. Es muy chino –en su decoración- y muy budista, los monjes tibetanos están por todas partes y transmiten serenidad. A la salida del monasterio, nos comemos los mejores momos vegetales que hemos probado hasta el momento, en una humilde y diminuta taberna junto a la carretera. Deliciosos. 20 rupias cada ración (de ocho). Lo flipamos. Nuestra mejicanita está un poco tocada del estómago y sólo come una manzana, pero aguanta como una campeona. Y duerme en el coche, por supuesto.
Vemos un par de cosas que teníamos pendientes –el jardín botánico y el mirador de Shanti- y cogemos camino de vuelta al hotel. Estamos cansados y acabo imitando a Lorena, me quedo sobado en el coche. Finish.
Nos conectamos a Internet –y compartimos ordenador- en el “Live and Loud”. Como coartada, pedimos un par de zumos de frutas –de bote- que son caros y están horriblemente malos, muy azucarados, pero merece la pena por la conexión, que es gratuita. Luego, volvemos a nuestra querida cafetería con vistas (Baker’s). Hoy se ve el paisaje bastante mejor que ayer y allí nos quedamos, dejando que el tiempo pase, como flotando, delante de un buen café. A lo tonto, sin darnos cuenta, se ha hecho de noche. Nos damos otro paseo por nuestra calle preferida, buscamos el sitio en el que desayunaremos mañana antes de irnos camino a Pelling. Acabamos sentados en un banco, sin prisa, viendo pasar a la gente y disfrutando del momento. Puro relax. Un perro se acerca para que le acariciemos. Vale, no problemo. Hablamos de esto y de aquello, de ropa, de animales y de seres humanos. La temperatura es perfecta, un poco por debajo de los veinte grados, supongo. Sabemos que no hay mucho más que ver en este pueblo, pero da igual porque tenemos la impresión de no necesitar más. Hay un buen puñado de restaurantes que me encantaría probar, pero no tenemos tiempo, así que elegimos para cenar el “Tangerine”, muy recomendado en la Lonely. Entramos a la recepción de un hotel, bajamos cinco pisos y allí está. El restaurante subterráneo. Un lugar de un buen gusto exquisito. No es barato, pero tampoco resulta caro. Hay varios “ambientes” y elegimos un comedor en el que nos sentamos en el suelo, en una especie de sofás sin patas, frente a una mesa muy baja, al estilo japonés. De maravilla. Nos encontramos a otras tres voluntarias que acaban de llegar de Calcuta. Dicen exactamente lo mismo que nosotros ayer. Están alucinadas.
Tanto la luz como la decoración del lugar resultan deliciosas. La carta está llena de platos indios, continentales, de Sikkim... de todo un poco, es difícil elegir. Lorena se pide una sopa de tomate y Coral y yo compartimos cerveza, momos vegetales y una especie de patatas rellenas con una salsa exquisita. Para chuparnos los dedos. Coral y yo pagamos unas 150 rupias, o sea, dos euros y medio. Se está tan bien allí dentro que de buena gana nos quedaríamos dormidos.
A eso de las nueve y media ya estamos en la habitación del hotel. Me pego una ducha gélida y me pongo a escribir mientras mis queridas compañeras, poco a poco, se van apagando.
Mañana salimos con destino a Pelling.
Amanece sobre los arrozales. El sol se refleja en los campos inundados. Veo a campesinos trabajar metidos en el agua hasta la cintura. Bueyes arando. Sí, la vida es bella, embutido en una diminuta litera dentro de un tren indio, camino del Himalaya. Nos vamos despertando despacio con la luz del día. Aún es pronto, las cinco de la mañana, podemos remolonear un rato. Los indios a nuestro alrededor se empiezan a poner en movimiento, se asean, empaquetan sus cosas y esperan, impacientes, a que las niñas se levanten de sus literas para colocar los asientos en su posición original y poder sentarse. Pero ellas no tienen prisa. Me encanta.
El tren llega a su hora y salimos de la estación con la tranquilidad de saber que alguien estará allí para ofrecernos un viaje a Gangtok. 150 rupias en un todoterreno. El problema es que el vehículo se queda parado en el parking hasta que se llena (11 personas metidas como sardinas en lata: 3+4+4). Perdemos una hora allí, rodeados de niños mendigos, acosados, aguantando un calor que parece un castigo. El viaje es una agonía pero, al menos, el calor deja de ser un problema con el coche en movimiento y las ventanas abiertas. Las carreteras tienen tantos baches que parecen a ratos caminos de cabras y a ratos melonares. El viaje se nos hace eterno, dando botes, allí apretados, sin poder movernos, con dolor de pompa, que diría Lorena. Da igual, nos vamos a Sikkim, y eso es lo que cuenta.
Hacemos una pausa en una especie de chiringuito junto a la carretera para que el conductor descanse y otra parada en el control de pasaportes. Todo en regla. Sigue la penitencia. Lorena es hilarante, le dan blancas y se queda dormida continuamente. Está hablando y de repente, paf, se queda dormida. Se vuelve a despertar, dice no sé qué, y se vuelve a dormir. Pura narcolepsia. Da cabezazos tremendos en todas las direcciones, se queda dormida encima del indio que nos ha tocado atrás con nosotros. Yo me parto de la risa. Nos cuenta que una vez se quedó dormida mientras andaba en una cinta mecánica, y se pegó el auténtico leñazo, jaja. Al rato está otra vez frita. Así se pasa todo el camino. Afortunadamente, al final se baja un fulano y viajamos un poco más holgaditos el último tramo. Menos da una stone.
Llegamos a Gangtok, cogemos un taxi y nos plantamos en Tibet Road, la calle donde se concentran la mayoría de hoteles. La temperatura es tan suave que parece un sueño. Comemos unos momos y unos trozos como de queso blanco rebozado y frito en un bar-restaurante-café muy bien montado. Estamos encantados. Hora de hacer el vía crucis de los hoteles, nos apetece mucho empezar a mover las piernas y patear estas calles. Decidimos que estaría bien buscar una habitación para los tres, aunque no nos cerramos a la fórmula 2+1. Buscamos y buscamos. Cada sitio tiene sus pros y sus contras. En uno, la habitación es un poco precaria y huele a humedad, aunque sólo cuesta 500 rupias. En otro, que mola bastante y tiene unas vistas preciosas, te ponen una cama supletoria (es decir, un cacho de tabla con patas) y cuesta unas 800 rupias. En otro no hay habitaciones disponibles… y así sucesivamente hasta que encontramos el hotel Potala. Vemos una habitación triple (una cama grande y una pequeña) amplia, limpia, con tele y muy bien puesta. Con la cosa de que vamos a ir a ver más hoteles, bajamos el precio de 1700 rupias a 500. Vale, trato hecho. De puta madre, vamos. Me ducho porque apesto como un perro –llevo como 30 horas sin ducharme, de un lado a otro y sin parar de sudar- y, mientras, las niñas se quedan dormidas como si les hubieran pegado un tiro. Secas. Hora de ponerse en marcha. Recorremos el pueblo y vamos pidiendo presupuestos en varios sitios para hacer una buena ruta mañana. Los precios oscilan entre 2000 y 1500 rupias. Al final conseguimos por 1200 (400 por cabeza, es decir, menos de siete euros) una ruta que recorrerá 13 puntos y durará todo el día (de nueve de la mañana a cinco de la tarde, más o menos). Un coche para los tres solitos, esto es vida.
Sikkim es un espectáculo. No queremos salir de aquí. Durante toda la tarde nos sentimos inmensamente tranquilos y felices. No queremos volver a Calcuta porque esto es un sueño, es delicioso.
- Nadie escupe por unas calles que están asombrosamente limpias.
- Es mil veces más silencioso que Calcuta.
- Hay una preciosa calle peatonal bien cuidada.
- La gente es amable: no te agobia, no grita, no te empuja. No hay mendigos que te persigan.
- Está prohibido fumar en la calle. Fumar aquí es una ofensa –smoking here is an offence-, dice el cartel. Es tan hermoso y tan poético que me dan ganas de llorar.
- No hace calor. No sudamos.
Paseamos, merendamos té, café, bollitos y cosas así en un elegante café con vistas –si las hubiera, porque ahora ha bajado la niebla y no se ve nada-. Me doy cuenta de que el –sorprendente- grupo ha hecho clack, Mik and the barbies. Cuando en un grupo hay química, y eso es una lotería, ir tomando decisiones se convierte en un proceso sencillo, natural. Así funciona la cosa. Hablamos de mil temas y no nos cansamos.
Entramos en alguna tienda y disfrutamos de cada uno de los minutos que compartimos aquí. Nos sentimos afortunados. El tiempo fluye de una manera especial. Apenas notamos el cansancio. Durante un momento se pone a llover, pero incluso la lluvia es leve y amable en este pueblo. Cenamos momos y pastel de carne. Muy tibetano. Intento conectarme a Internet en un café, pero no funciona. Mierda, pues. Compro un par de cervezas y las subo a la habitación. Vemos la tele tirados como marionetas a las que han cortado los hilos mientras despachamos las botellas. Lorena, que iba a pegarse una ducha, se queda dormida. En el acto. Coral y yo nos mondamos. Después como de una hora o así, se despierta totalmente desubicada y dice “¿Dónde putas estoy?”. Casi me da algo de la risa. A las nueve y pico las muchachas se van quedando dormidas y yo me pongo a escribir como todos los días.
Sí, definitivamente, la vida es bella en el Himalaya.
Como diría Cobain, por lo que a mí respecta, todos los días son domingo (al menos, a partir de ahora). Escribo en el tren, camino del Himalaya, metido en una especie de ataúd, en una litera en la que no me puedo sentar porque no tengo espacio –tengo una litera encima y otra debajo-. Le pido a Lorena que me haga una foto para documentar la cosa. Esto es vida.
Sin embargo, el día comienza igual que ayer, estaba claro que no iba a dormir. Experimento un dejà-vu. A la una y media vuelvo a despertarme por culpa de los de al lado. Doy un manotazo en la pared y se callan. Me duele el estómago, a lo mejor el vegetarian indian curry estaba un poquito fuerte. Me cago –jaja, que no- en mi jodida política de austeridad. En momentos como estos es cuando echo realmente de menos el Ipod, hmmm, una horita oyendo música tranquilamente, pero no, yo tengo que venir de asceta. Jodidas ideas de tarado que se le meten a uno en la cabeza.
Consigo volverme a dormir, después de un buen rato. A las cinco me despiertan una vez más, así que aparco mi paciencia en doble fila y p’allá que me voy. Ni siquiera tienen la puerta cerrada, están hablando a voz en grito a las cinco de la mañana con la puerta de par en par. Incredible India. Hay como cuatro tíos allí dentro. Me suelto el monólogo. Postura corporal, camiseta de tirantes para mostrar tatoo, una mano que golpea la otra con rabia y una de cada tres palabras que es “fuck”, como en los diálogos de Tarantino. A caer de un burro y los pobres indios a cuadros. Les digo que son estúpidos –you’re fuckin’ stupid, men- y siguen a cuadros, no mueven ni un dedo, están para hacerles una foto, de verdad. Uno dice sorry en voz baja (tócate los huevos, ya era hora) y otro dice no sé qué de un aeropuerto. Me importa tres cojones (i don’t fucking care) y bla bla. Me despacho a gusto. De vuelta y media. No estoy muy seguro, pero creo que también les digo fuck you. Vamos, el pack completo.
Vuelta para la habitación con los puños cerrados. Está claro que ahora sí que no me voy a dormir, pero bueno, me he quedado bien. La gracia de todo esto es que no es culpa suya, no tienen ni idea de qué va el rollo porque el indio medio –como el español medio- pega voces para hablar porque no sabe hablar de otra manera, da igual cuántas veces les digas que están gritando, no lo pueden evitar, no lo hacen con mala intención. En todo caso, no se oye una mosca. Pobrecillos indios, a lo mejor siguen con la misma cara. Vale, tampoco querrán ustedes que ahora me levante y me vaya a pedirles perdón ¿no?, no te jode… Al menos, tienen una historia que contar sobre un puto psicópata que se encontraron en el hotel y casi les pega.
Me doy cuenta de hasta qué punto Calcuta es una ciudad que puede machacarte. Y me doy cuenta de lo harto que estoy de llevar un mes metido en este estercolero. Puta Calcuta. Creo que necesito unos días en el Himalaya.
Ya que he decidido no ir a trabajar, me tomo el día con calma. Me acuerdo de que, aunque no haya traído Ipod, en el teléfono móvil tengo algunas canciones y utilizo el diminuto altavoz (no he traído los auriculares) para pegarme una flotada escuchando a Antony, Smashing Pumpkins y Pearl Jam. Se oye de aquella manera y aún así es una experiencia tan hermosa que apenas me lo puedo creer. Un momento de oasis.
Me pego la última ducha-Times y recojo el equipaje. Pongo en un lado lo que me llevo a la montaña y en otro lado lo que no es estrictamente necesario y puedo dejar en Calcuta para que no me pese. El primer plan es dejarlo en la habitación de las niñas (pero ya saben qué pasa en Calcuta con los primeros planes). Aparco todo el equipaje en un esquinazo del hotel y me voy a disfrutar de la mañana. La primera idea es irme a desayunar al Flurrys porque se supone que allí estarán Mª Luisa y Concha, pero ya saben qué pasa en Calcuta con las primeras ideas, jaja, me encuentro con Pepe y Mateo, dos italianos geniales, y me paso una hora hablando con ellos en Raj’s. Están planificando una salida y le dan vueltas y vueltas y vueltas y vueltas, así que me quedo a desayunar allí mi café con croissant, acompañado esta vez por unas tostas con tomate y aceite. Exquisito. Me conecto a Internet y leo los periódicos. Ya han estrenado “Origen” del gran Chis Nolan y yo en la India. Hay un montón de artículos que hablan de ella. Creo que va a ser el fenómeno del año. Leo cosas como fantástica, deslumbrante, brillante, laberíntica, inteligente y también artificial, fría, sobrevalorada… es todo un debate en la red. Me muero de ganas, joder.
La mañana trascurre perezosa, relajada y bonita, sin nada que hacer, sin ningún sitio adonde ir, tan sólo dejo que las horas resbalen sobre mí como una caricia. Vuelvo a hablar con Pepe y Mateo, que están como maracas y deben de haber cambiado de plan como 17 veces en dos horas. Me río un huevo con ellos. Va apareciendo gente, como siempre: llega Amparo y Juan Carlos y luego el otro Miguel y Clara, que viene muy quemada del trabajo porque una interna de Shanti Dan (una casa para mujeres con problemas) le ha metido mano. Jajaja. Y entonces se enciende la bombilla: claro, Clara. Ella se aloja en el chic y estiloso Hotel Fairlaw, a muy pocos metros de mi Times. Le pregunto si puedo dejar mi equipaje sobrante en su habitación. Le parece bien. Veo el hotel por dentro, tiene mucho encanto (aquel con la hermosa terraza, donde se rodaron escenas de la ciudad de la alegría). Resulta que ella deja la habitación el sábado, el día que yo llego y decido heredarla porque me encanta, es enorme, limpia y tranquila. 1.300 rupias por una noche (21 euros, vamos) para despedirme de Calcuta. Hablo con el recepcionista y no hay problema. Decidido. Una cosa menos en la que pensar.
A la vuelta, me encuentro con Coral y Lorena, recogemos su ropa de la lavandería, compramos patatas y galletas para el camino y nos vamos a su habitación para dejar ya mi mochila y salir desde allí (que, por cierto, está bastante cerca de la estación). Me doy una última vuelta por Sudder, juego con los puppies, me despido de la gente que me voy encontrando y, a eso de las seis, me ceno unos espaguetis a la boloñesa. Hoy ha sido un día de bastante calor. ha habido un par de amagos de tormenta, pero se han quedado en eso, en general ha pegado bastante el sol, por primera vez en muchos días. Veremos qué nos depara Sikkim. ¿Seremos capaces de esquivar los famosos monzones que están arrasando Pakistan, el Oeste de la India y parte de China?
Por cierto, a lo largo de estos dos días debemos haber encendido una mecha o estar agitando algo porque están saliendo como tres grupos que se plantean ir a Sikkim inminentemente. Es como si todos los voluntarios quisieran de repente al Himalaya.
Cogemos un taxi por cuarenta rupias y nos metemos en nuestro tren. Donde ha comenzado la entrada de hoy, en el ataud. Doce horas para hacer algo más de 500 km., cosas de la India. La verdad es que estamos muy contentos y antes de abrir las literas nos pasamos un par de horas hablando y hablando. Da igual que el compartimento parezca la celda de una cárcel y no tengamos aire acondicionado. La vida es bella.
El complot para que no duerma continúa. A eso de la una y media de la madrugada llegan los de la habitación de al lado y se están un rato hablando a voces, que es como hablan los indios –como los españoles, vamos-, así que me despiertan, con tapones en los oídos y todo. Para cuando ellos se han callado ya me da igual porque no puedo volver a dormirme y vuelta para aquí y vuelta para allá. Menos mal que en dos días me largo al Himalaya y allí me vengaré.
Cuando suena la alarma estoy medio dormido. Vaya por dios, qué inoportuna. Decido sobre la marcha que hoy será mi último día en Prem, adiós al trabajo de voluntario, así me puedo tomar con calma la mañana del domingo para recoger y desayunar con calma.
Llego a la Mother’s y Pablo me dice que ha decidido no venirse conmigo la semana siguiente, que ha consultado con la almohada y prefiere aprovechar hasta el final el trabajo en Calcuta porque le está llenando mucho. Como sabía que los planes iban a cambiar –ya lo dejé escrito, de hecho-, no me extraño y mis neuronas empiezan a resolver el cubo de Rubik de nuevo. Lo bueno es que a Rajastán me puedo ir solo, sin contar con nadie y ése es un plan que no falla, así que está claro. Llaman a los voluntarios de último día y no voy, prefiero hacer las cosas a mi manera, desaparecer sin llamar la atención. No haré fotos en Prem en mi último día, finalmente.
Repito mi ritual, consciente de que es la última vez que lo haré. Abro los ojos, capturo los detalles. Detalles que se irán diluyendo con el tiempo hasta que desaparezcan, pero da igual, lo importante es el momento. Miro a toda esta gente con la que me he encariñado y me voy quedando con sus gestos y sus miradas.
Todos los días trabajo intensamente, pero hoy voy a saco, soy el que tira de los demás, sobre todo de los nuevos. Derrocho energía. Aparecen un grupo de curas españoles. El que se sienta a mi lado viene de Córdoba y es un pez gordo, me dice que es el cargo inmediatamente inferior al obispo o algo así. Me parece bien que se bajen a las trincheras las altas esferas; más a menudo tenían que hacerlo. Lógicamente, no puedo evitar decirle que me divierte la situación porque estoy haciendo la misma tarea que él y con el mismo compromiso siendo profundamente ateo. El pobre hombre no pierde la esperanza de que algo cale dentro de mí y tal. Allá él. Está de acuerdo conmigo en que Calcuta en un buen lugar para poner a prueba la fe. El caso es que trabajamos hombro con hombro como samuráis, de maravilla. Spanish machine. Luego paso dentro del edificio y le dedico un buen rato a uno de mis internos preferidos. Un hombre que siempre me sonríe. Apenas puede usar las piernas y va en silla de ruedas. Tiene un tren superior poderoso, con unos buenos hombros y unos brazos fuertes y torso grande en general y luego un par de pierninas atrofiadas que apenas pueden sujetar todo aquello. A veces le llevo al baño y me va diciendo con paciencia lo que tengo que hacer. Estos últimos días me suele llamar para que le ayude a caminar un poco. Allá voy. Se agarra a mí para levantarse de la cama, me coloco enfrente de él, mis antebrazos debajo de los suyos y las manos en sus codos, entonces me agarra los brazos con esas manazas y comenzamos a caminar muy, muy despacio, yo de espaldas y tirando de bíceps y de riñones. Damos una vuelta por el dormitorio y volvemos hasta su cama. Luego lo llevo al baño. Siempre sonriente, el tío.
En el descanso hay algún voluntario nuevo que se sorprende de la energía con la que me empleo, en plan “tú llevas aquí mucho tiempo” o “joder, vaya caña le das”. Bueno, lo de trabajar duro es algo que he heredado de mis padres, así que tiene un mérito relativo, tampoco me puedo tirar mucho el pegote.
Bueno, aprovechando que el amigo Borja ya se ha unido al diario, allá va el último informe Prem Dan, en exclusiva para usted y actualizado a día 7 de Agosto a las doce de la mañana:
- Han vuelto a capturar al fugas, el hombre de Alcatraz, y le han dejado castigado en el callejón de las moscas. Como todos los días, vamos. Es como el coyote persiguiendo al correcaminos: mola ver cómo lo intenta, aunque sepas que no lo va a conseguir.
- Alguien ha tenido los huevos de afeitar (y bien afeitado) al burbujas, el hombre de las mil ampollas.
- También han afeitado, cara y cabeza, al gruñón que siempre está gritando Brotheeeeer, Brotheeeeer con un ojo medio cerrado y la mano alzada.
- Los demás, bien, gracias.
Acabo la jornada igual que la empecé, con mucha energía. Entonces, simplemente recojo y me voy como cualquier otro día, sin decir más, mientras que Pilu y Arancha no pueden dejar de llorar (también es su último día). Me preguntan si me da pena y les respondo que no. No encuentro mis emociones por ninguna parte. A veces pienso que soy una fachada sin nada dentro, como el Taj Mahal. Salgo a la búsqueda del rickshaw. Ya puedo tirar lo que queda de mis zapatillas de neopreno, que están hechas jirones y medio podridas de la humedad.
Mi tarde es muy similar a la de ayer. Me siento absolutamente exhausto pero con ese puntito de saber que esto se acabó, que mañana viajo al Himalaya con las barbies. A disfrutar del silencio y el aire puro. Me voy a la habitación. Le digo a mi recepcionista que es mi último día y sonríe, como siempre. Me dice que no hay problemas para dejar mi mochila en el hotel hasta que coja el tren.
Me encanta pensar que mañana me meteré en un tren rumbo al Himalaya. A todo esto, estimados lectores, precisamente a partir de mañana no sé si será posible colgar mis entraditas a diario. Es decir, que si ustedes ven que no hay noticias mías, eso no quiere decir –no necesariamente- que tenga que andar perdido por ahí, como los españoles de Cachemira. De hecho, algún español más se tenía que perder porque somos como una plaga bíblica, de verdad.
Me siento en la calle a comer (noodles Singapur, 22 rupias) con una chica peruana y hablamos sobre sendero luminoso, Vargas Llosa, la colonización, las comunidades indígenas y mil historias más. Luego, aparecen mis compañeras de viaje y me dan la agradable sorpresa de que ya han recogido la autorización en la Sikkim House. Gracias, guapas. Agarro el ordenador y me voy al Raj’s, como ayer. Café y croissant. Qué rico. Cuelgo mi entrada, leo El País y me guardo el capítulo siete de la tercera entrega de “me cago en mis viejos”, que me encanta.
Luego, me compro mi viaje a Rajastán. Al final, he decidido que me quedo en Calcuta dos días y una noche para descansar. Es decir, volvemos de Sikkim el sábado por la mañana, duermo en Calcuta y salgo hacia Jaipur el domingo por la noche (a eso de las doce). Lo hago al estilo indio: 24 horas de viaje. Me sale –esta vez en compartimento con aire acondicionado- por 1.200 rupias (20 euros). A partir de ahí, la aventura. Voy tomando nota de destinos que visitar (Pushkar, Udaipur, Jaisalmer…). La cosa promete.
El resto de la tarde es simplemente vegetar, nada más, un rato en la habitación y otro rato medio sobado en la alfombra del almacén del Raj. Aprovecho, ya que estoy allí, para comprarme una camisa por dos euros y medio. Aparecen los gemelos cordobeses, Juande y Alex, que se van el lunes. La verdad es que aquí me paso la mitad del día despidiéndome (me he despedido hace un rato de Arancha y Pilu) y la otra mitad diciendo cómo se llamo y de dónde soy. Llegan Mª Luisa y Concha. Moty, el único perro feliz de Calcuta, está hoy juguetón, me pega un par de mordiscos –cariñosos- y le roba una chancla a Concha. Me parto con él. Nos vamos a cenar al Flurry’s con otro Miguel, que es un personaje muy gracioso. Me tomo un Vegetarian Indian Curry con arroz, que está pero que muy bueno. Pagamos, eso sí, 300 rupiazas cada uno (5 euros).
Me voy a escribir y a pasar la última noche en el Times Guest House. Veremos.
Otro día de esos que llamo de transición. No dormí mucho, me quedé dormido bastante rápido pero, un día más, estaba despierto como a las cuatro de la madrugada y no pude volver a pegar ojo. Más cansancio.
Es una de estas mañanas en las que soy el primer voluntario en llegar. Día despejado. Sigo mi ritual: me pongo las zapas de neopreno sin suelas, me quito las gafas, bebo un trago de agua, camino despacio al lavadero, saludo a los hombricos, me pongo un mandil verde y limpio con agua y un cepillo el metro y media de piedra en el que trabajo. Luego, disfruto de un momento de soledad para observar y empaparme del momento.
Comienza la acción, llegan los internos y nos ponemos a lavar. Ni rastro de los voluntarios. Tendrán los huevos de no venir. Una cosa que siempre me ha encantado es que, a partir del segundo o tercer día, yo me puse a trabajar en el mismo sitio y desde entonces, mi compañero de piedra –uno de los hombres que trabajan en el centro- no deja que se acerque nadie que no sea yo. Cada vez que un voluntario le pregunta si se puede poner a lavar en ese espacio, lo manda a otro lado. Sólo me admite a mí como socio.
Nos ponemos a ello con energía, como siempre. Dale que te pego durante media hora más o menos. Y los voluntarios sin aparecer. Empiezo a cargar cubos de agua, uno detrás de otro, y, a eso de las nueve, empiezan a aparecer caras nuevas, chicos orientales que deambulan por el patio sin rumbo fijo con pinta de despistados. No sé qué es peor. Los encauzo un poquito (iba a decir que los oriento, pero me saldría un chiste) y sigo a mi ritmo. Muy físico. Acabo sacando agua durante unos minutos con cubos de un pozo que está a ras de suelo, uno detrás de otro. Plas, plas, plas… para todos los voluntarios que están limpiando la parte final del patio. Cae un sol de justicia.
En el lavadero aparece Juan, un portugués que está como una paraguaya, el típico tío que no puede estar callado más de un minuto. Habla en español, en inglés, en portugués, pone voces, cuenta chistes, canta, hace percusiones con los cacharros que hay que lavar, se inventa juegos... Da fucking showman. Me parto con él. Los orientales poco a poco le van cogiendo el truco a las cosas, como hemos hecho todos. En todo caso, ellos siempre tienen la actitud, las ganas de aprender.
Durante el descanso, en cinco minutos se monta la auténtica tormenta. La cascada nuestra de cada día. Llueve con toda su alma como media hora y vuelta al tajo. Mientras me dispongo a servir la comida, Juan se fabrica una batería en el lavadero con vasos, platos y cacerolas y monta tal escándalo que tiene que salir una monja a echarle la bronca. Me meo de la risa. Más tarde, mientras estamos fregando –él sigue su espectáculo, cantando a voz en grito una canción tras otra- le digo que nos van a echar a todos por su culpa pero que no me importa mucho porque, total, me quedan dos días, así que le damos a fondo: la cancioncita de la vida de Brian, el don’t worry be happy, el volare (ohoh)…
Vuelvo a Sudder con las muchachas porque vamos a comprar los billetes y hacer los permisos. Se pone a diluviar y a medio camino las barbies se dan cuenta de que se han dejado los pasaportes en la habitación. Bien. Quedamos en Sudder. Mientras llegan, me encuentro a Pablo y le digo, haciendo un poco ya balance de lo que ha sido mi trabajo durante este mes, que si algún día vuelvo a trabajar como voluntario en este país, en todo caso no será en la Mother’s S.A. Porque, claro, yo me imaginaba esta tarea como todo un reto en el que me tendría que enfrentar a mil y una dificultades, llego a Calcuta y me encuentro con un grupo de niñatos, que esto parece más un viaje de fin de carrera patrocinado por Facebook que otra cosa. Es decir, aunque hay gente que se implica mucho y tiene un grado de compromiso enorme, junto a ellos te encuentras a los que vienen a montar fiestas, pasarlo bien y conocer gente y eso lo desvirtúa todo. El hecho de que, al fin y al cabo, esto esté al alcance de todo el mundo, pero todo, hace que pierda todo su aura y su interés. De todo eso hablamos con calma Pablillo y yo. Llegan las niñas, comemos algo rápido en el Fresh, conocemos a una misteriosa chica Canadiense que lleva un año viajando por la India y Tailandia y nos vamos a hacer nuestras cosas.
Primero, sacar el billete. Resulta que el lunes no hay plazas, estaríamos en lista de espera, así que hay nuevo cambio de plan (¿cuántos van ya?), no queda otro remedio. Saldremos el domingo. Mejor aún. Ida y vuelta por unas 700 rupias (algo más de diez euros). En tercera clase y sin aire acondicionado, eso sí. A ver cómo se nos da. Una vez más… de perdidos al río.
Luego, Coralie se hace unas fotos de carnet y nos vamos a la Sikkim House, yo, por segunda vez. Hacemos los papeles (y se cancela el primer permiso que me concedieron) pero es tan tarde que hay que pasar a recogerlos mañana. Las niñas se van a Kalighat a visitar New Light y yo me voy a la habitación a lavar y descansar un poco.
Me viene bien, se agradece la desconexión, aunque no me quedo dormido. Sesión de Internet con café y croissant en casa Raj. Tan ricamente. Doy vueltas por allí, juego con los perros y disfruto un ratillo del placer de no tener nada que hacer.
Llegan Mª Luisa y Concha, charlamos un buen rato tirados en la moqueta (joder, cuántas risas) y nos vamos a cenar a un restaurante italiano con un par de amigas suyas que acaban de llegar. Por primera vez, pago más de 400 rupias por una cena, unos seis euros, vamos. Bueno, un día es un día. Y, dicho sea de paso, la pizza calzonne que me comí yo tampoco era para tanto, estaba llena de huevo cocido.
Al volver a Sudder desde Middleton, que es donde se encuentra el restaurante (y la casa Sikkim, por cierto), por primera vez desde que estoy aquí –lo de la estación no cuenta- un par de ratas pasan cerca de mis pies. Así que la cosa es que no las veo porque sólo salen de noche y por ciertas calles.
Hora de retirarse. Ha vuelto la fiesta a mi calle pero duermo en habitación interior, así que la cosa tendría que funcionar. Veremos.
Mi cuerpo ha decidido hacer una huelga de sueño y se ha despertado antes de las cuatro, precisamente hoy, que es el día que puedo dormir. Imposible volver a capturar el sueño. No sé si es por la siesta de ayer o simplemente porque está a disgusto. Seguiré acumulando cansancio. Afuera lleva toda la mañana cayendo el diluvio universal, un día más, y en teoría hoy toca visitar el Belur Math, un complejo de templos al otro lado del río.
Aunque mi mente esté despierta, procuro que mi cuerpo descanse. A eso de las ocho me pongo a leer tranquilamente, que un jueves es un jueves. Va pasando la mañana y comienzo a recoger porque me tengo que ir. Allá afuera sigue cayendo un aguacero y me imagino volviendo a hacer el vía crucis de hotel en hotel bajo la lluvia. Me da hasta grima. Así que activo el plan f (o g), pregunto a la señora de las sonrisas si queda una habitación bonita –y con baño- libre para mí porque necesito otras cuatro noches. Ella sonríe y dice que sí. Pues no se hable más, otros cuatro días en Times Guest House. La habitación está enfrente de la que tenía antes. Es más grande, tiene un baño muchísimo más limpio y no sufre el ruido de la otra. La desventaja es que tiene un par de ventanas más bien pequeñas que dan a una especie de patio interior por las que entra poca luz. Es decir, cambio luz por silencio. Me vale.
Con el problema resuelto, aprovecho que ha parado de llover un rato y me voy al Raj’s a desayunar un café con croissant mientras leo el periódico. La vida es bella. Aparecen Arancha y su amiga Pilu. Más tarde, aparecen Lorena y Coral. Y Amparo. Es decir, nos juntamos seis personas para ir al Belur Math. También veo a Pablo, que prefiere desayunar un poco y volver a dormir para recuperar el cansancio de la semana –tú sí que sabes cuidarte-. Hablo un rato con Juan Carlos, que es un tipo realmente majo y está trabajando con su tesis doctoral de física. Resulta que su especialidad es la física nuclear y yo le digo que cuando no tengo ni la más remota puta idea de algo suelo decir que sé lo mismo que de física nuclear. Mira por donde, he encontrado a mi Némesis, mi opuesto. Intenta explicarme de qué trata su tesis, pero ante el elevado riesgo de hemorragia cerebral, prefiero salir por patas.
Nos vamos los seis (las cinco y yo) hacia Esplanade, que es una especie de hormiguero de autobuses. Sobre la marcha se nos une Juanito, el chavalito que nos hace las tortillas y el arroz y los noodles en la calle, enfrente de Raj. No sé cómo se llama, pero todos le llamamos Juanito. Vale, tío, tú mismo. Así que caminamos los siete hacia Esplanade. El hormiguero. Juanito nos sirve bien de guía, así que encuentra el autobús que nos lleva a Belur Math, es decir, encuentra la aguja en el pajar.
Moverse por la India con cinco chicas le pone a uno cara de guardaespaldas, siempre hay como treinta pares de ojos puestos sobre ellas y me coloco en función alerta, por si acaso. Creo que hasta me crece el bigote. No es que corran peligro ni que no se sepan desenvolver solitas, que les sobran huevos, pero es algo instintivo.
El viaje dura como una hora. El complejo está a unos diez kilómetros y el tráfico de la ciudad es tan demencial como cabía esperar.
Cuando estamos a punto de llegar, nos damos cuenta de que la cosa cierra a mediodía, es decir tiene un horario de mañana y uno de tarde. Es alrededor de la una y abren a las tres y media. Cojonudo. Un tipo que pasa por allí nos dice que podemos coger otro autobús que nos deja en otro templo, así nos pueden cuadrar todos los tiempos. Vale.
El día se pone francamente precioso, como hecho a encargo. La luz es perfecta. Hacemos fotos en un puente, buscamos un sitio donde comer unos arroces y unas tortillas –le invitamos al Juanillo y aún así pagamos como un euro cada uno- y nos vamos allá.
Dakshineswar Kali es un complejo de 14 templos cuyo centro es el templo de Kali (no el que está en Kalighat, donde matan a las cabras). Una preciosidad. Amplio, luminoso, tranquilo, bien cuidado y con el río al lado. Hay una especie de ghats donde la gente, cómo no, se baña, reza, lava y todas esas cosas. Estoy encantado. Es una especie de revelación, aquí y ahora: el momento perfecto. Mi máquina dispara fotos como si fuera el fusil de un francotirador serbio. A Juanito se le cruza el cable y le da por darse un baño en el ghat. Nos relajamos y nos divertimos a partes iguales.
Se pone a llover. No por favor, no hay que estropear mi momento perfecto. Nos montamos en una barca que nos lleva por el río a Belur Math. Deja de llover. La máquina dispara. Llegamos a Belur y vuelve a llover. La cámara se guarda. La noticia desagradable no es la lluvia sino que aquí está prohibido hacer fotos. Mierda. La máquina se queda metida en la mochila, qué remedio. El templo principal, de color arena un poco oscuro, en honor a Ramakrishna Mandir, es una preciosidad, mezcla de templo cristiano –planta en forma de cruz-, templo hindú y templo musulmán. La luz es maravillosa, los jardines están bien cuidados, se respira aire y paz… vamos que no parece Calcuta, dan ganas de quedarse a vivir allá. Yo creo que las chicas están un poco alucinadas porque es la primera vez que me ven exteriorizar tanto bienestar. A lo mejor, es la primera vez que me ven exteriorizar, directamente, jaja. Poco a poco va llegando el atardecer. Volvemos a la cruda realidad. Durante la hora de viaje de vuelta se nos ve bastante agotados, tirados en los asientos como perros. Lorena se queda dormida mientras los demás vegetamos. El día ha sido largo e intenso. Un día de desconexión de verdad, de los que te llenan. A ratos me pregunto cómo me sostengo en pie, pero lo cierto es que me encuentro bastante bien, dentro del cansancio.
Llego a la habitación y lavo la ropa que tenía pendiente de los últimos días. Me pego una ducha y me paso por Raj’s a ver qué se cuece. No encuentro a Pablo y voy a cenar al Jojo’s con Mª Luisa y Concha. Se nos unen un grupo de portugueses(as). Me pido arroz y una verdura con setas y bambú (90 rupias, euro y medio) y hablo un buen rato con Nana (María Ana). Es una cena entretenida.
A eso de las nueve y media, vuelta a la habitación que toca escribir y dormir (espero que mucho).
No sé a qué hora acabó la música. Tampoco sé si me dormí o me desmayé, jaja, el caso es que me desperté como a las dos de la mañana, absolutamente muerto de calor y reinaba el silencio, así que no fue para tanto la cosa. Mi celda de dos metros cuadrados es una verdadera sauna, a pesar del ventilador, voy a morir deshidratado. No consigo dormir gran cosa, finalmente.
El cansancio se acumula y se acumula, pero incluso a eso se acostumbra el cuerpo, así que sigo adelante.
El trabajo en Prem Dan no tiene nada que ver con el de ayer, de repente aparece una riada de voluntarios que no sé ni de dónde salen, andan medio perdidos de un lado para otro más molestando que ayudando. Como yo el primer día, supongo. Hoy conozco a Juan Carlos, de Cartagena, profesor de matemáticas y física en Secundaria y en la Universidad (porca puttana, dice David, cómo coño te puede gustar la física…). Otro del club del armario empotrado. Un boxeador armenio, diría. Es que uno se imagina dos perfiles de voluntario: el monaguillo catequista y el hippie en plan hijo de Jesucristo y claro, llega aquí y ve estos tanques (o un grupo de coreanos cinturones negros de taekwondo, que también los hemos tenido) y dan ganas de darle gracias a dios o algo.
Hago mi colada, me paseo un rato con el cubo de agua, pero al final se lo dejo a alguien que lo necesitaba más que yo y me pongo a afeitar. La maquinilla (algo así como una bic de una hoja que a lo mejor ha afeitado a 20 o 30 tíos) está hecha polvo y acabo pegando un par de cortes a un pobrecillo que no tiene la culpa de nada. Me voy para adentro y le digo a una sister que necesito una nueva o empiezo a matar gente. Me toca una wilkinson con tres hojas y cabezal basculante. En este momento es como si me tocara un audi (A4, digamos). Afeito bajo la lluvia, al resguardo de un árbol, a un anciano, lo dejo impecable y luego me lo llevo en brazos al interior del edificio. Hala.
A la hora del descanso, me llevo un shock. Un electroshock, para ser exactos. Hay como cuatro cables que cuelgan del tejadillo bajo el cual tomamos el té, al acercarme a coger una galleta, mi cabeza toca uno de ellos y me mete una descarga cojonuda. Zas. Así que el chiste del día es que soy el voluntario con las pilas más cargadas. Lleno de energía.
Llegan las chicas y mi plan Sikkim empieza a mutar como el puto virus del sida. Ahora resulta que les viene muy mal y se apuntan si salimos el lunes. Cojonudo. Conclusión: hay que viajar solo. En cuanto somos dos personas los problemas se elevan al cuadrado, con tres, se elevan al cubo, con cuatro, se elevan a la cuarta potencia y así sucesivamente hasta que se llega a un número de personas que hace que el viaje sea simplemente inviable por una mera cuestión matemática. El problema de Sikkim es que hay que viajar en grupo para alquilar los todoterrenos entre varios, si no fuera por eso, yo ya estaría allí, sin tener que contar con nadie. En fin, me hago una composición de la situación y empiezo a masticar pros y contras. Mis neuronas meten una marcha más. Hasta podría funcionar, quién sabe.
Después del trabajo, se pone a diluviar y me voy a comer con Lorena al Dosas’n More, el restaurante que tanto me gusta con especialidades del sur de la India. Llegamos empapados. La comida está rica, rica. Comemos los dos como por 160 rupias. Lorena me cuenta cosas de Méjico y me pregunta si voy a viajar allá. Le digo que no, jajaja, que no me llama mucho la atención y no me apetece visitar un lugar tan violento. Oh, qué bella es la sinceridad (pero de buen rollo, ¿eh?). Si fuera Argentina, quién sabe. Nos reímos y hablamos de todo un poco: la ONU, la economía… Ya no llueve cuando salimos. Recogemos a Coral (que se ha quedado comiendo la tortillaza de patatas que me metí el otro día) y nos vamos a por yogur. Quedamos en que hablo con Pablo a ver qué opina y vemos si podemos salir el lunes hacia Sikkim. Mis neuronas siguen componiendo.
Me voy a la habitación, me pego una ducha (en el baño común, que no es lo mismo sino todo lo contrario) y me quedo dormido bajo el ventilador como un muerto. Pierdo la noción del tiempo y del espacio y todas esas cosas.
La calle, enfrente del hotel, sigue siendo un hervidero de ruido. Mierda de chiringuito de los cojones, está pidiendo a gritos un poco de dinamita. A media tarde me voy al Raj’s a mi sesión de Internet y me tomo un delicioso lassi de naranja. Aparece Pablo y me dice que no se apunta a ir a Sikkim el lunes porque se ha comprometido con las sisters para hacer un trabajo en un nuevo centro que están habilitando. Así que quedan dos opciones: o me voy mañana por la noche con Pablo para estar de vuelta el lunes (es decir, tres días allí), o me voy el lunes por la noche con Lorena y Coral, con la posibilidad de encontrar alguien más, como María, para hacer grupo de cuatro o cinco, y volvemos el sábado (es decir, cuatro días). Pablo me dice que le da un poco igual porque está contento con la dinámica de Calcuta, así que me decanto por aplazar la salida.
Luego, aparecen Juande y Alex. Y aparecen Mª Luisa y Concha. Y aparece José. Es lo que tiene este sitio, para bien y para mal, que es un lugar de encuentro de españoles, sólo tienes que sentarte allí un rato y te vas encontrando a todo el mundo. Es como sentarse bajo el reloj de la plaza. Aparecen también Lorena y Coral y me prometen que puedo contar con ellas, que les hace ilusión y que ya han avisado a sus familias y al dueño del hotel. Veremos qué pasa con Mary, como la peli (que, por cierto, en realidad se llama Laura, supongo que algún día me lo explicará).
Es decir, sigo trabajando hasta el lunes, cuatro días más, y me despido del voluntariado (que ya ha estado bien) porque el resto de semana estoy en el Himalaya y la semana siguiente, en principio el lunes, comienzo a viajar hacia Delhi con Pablo -esta vez sí-. Queda pendiente decidir qué queremos visitar y organizar un itinerario. Veremos cuántos problemas hay que solucionar de aquí a entonces, que tampoco es para fiarse mucho.
Me voy a cenar con Íria y su compañera, las dos voluntarias a las que conocí ayer, al restaurante bengalí. Hoy está lleno de indios. La experiencia siempre es divertida. Comemos los tres por 150 rupias (me invitan, por cierto, mira qué majas, jaja). Hacemos un amago de tomar una cerveza en el hotel Fairlaw –donde, por cierto, se rodaron partes de la ciudad de la alegría- pero resulta que la terraza cierra a las nueve y media. Queda, pues, pendiente para otro día.
Para mi sorpresa –agradable, por una vez- están ya recogiendo el chiringuito, ha habido fiesta durante toda la santa tarde pero no va a continuar por la noche y ya no queda casi nadie por ahí. Qué solo se va a quedar el idiota. Y vaya chasco se tienen que haber pegado las barbies, que venían maquilladas y todo para la fiesta. Jua.
Mañana por la mañana tengo tarea, porque le dije a la mujer del hotel que me iba y mi antigua habitación ya está alquilada, así que tengo que buscar alojamiento para cuatro noches. Creo que me daré el capricho de pagar algo más y conseguirme una habitación donde pueda estar realmente a gusto el tiempo que me queda aquí. Como es jueves y no voy a la Mother’s, me haré una gira por los hoteles guapitos de la zona, que también los hay, a ver si hay suerte.
Antes de entrar en el hotel, hablo con un chico sij que anda siempre por aquí, por la calle. Le digo que quiero ir a una tienda sij para comprar cuchillos auténticos, no souvenirs para turistas. Parece ser que hay una junto al templo sij y que no hay problema, así que quedo con él en que vamos a ir uno de estos días. De puta madre.
Subo al hotel ya tarde, a las once y pico. Reviento un mosquito contra el techo (y me hace inmensamente feliz) y me pongo a escribir.
Hoy me despierto antes de las cinco, como con malestar, pero muy indefinido. Uno de esos días en que el cuerpo está cabreado, así que cuando llegan las cinco y media y no suena la música del idiota, me da igual. A las seis y pico agarro mi cansancio, me lo cargo a los hombros y doy el pistoletazo de salida. Tonto el último. Recorro el camino a la Mother’s esquivando un festival de escupitajos matinales. El cielo está despejado, parece que va a hacer calor.
Conozco a otras dos mujeres que empiezan hoy en Prem Dan. Cuando llego allá, hago mis cuentas y somos cinco chicos. No me lo puedo creer, ha habido días en que seguro que hemos sido alrededor de treinta. Me pongo a hacer la colada, luego me paso como más de media hora cargando cubos de dos en dos (la verdad es que pesan un huevo pero la espalda sufre bastante menos). Me doy cuenta de que hoy va a tocar multiplicarse, así que me siento un rato a descansar a la sombra del lavadero. Ja. Luego, comienza el trajín de lavar los cacharros del té. Lavamos entre tres lo que normalmente despachamos seis personas. Al acabar, me toca estar como media hora cargando con hombres que quieren entrar al edificio o ir al baño. Algunos son verdaderos pesos muertos. Los cojo allá donde están sentados, en el patio, los cargo en una silla de ruedas que va peor que los carros del Carrefour y los llevo donde corresponde. Son una hidra: por cada uno que cargo, aparecen dos que me llaman para que los ayude. Lo siento, amigos, sólo tengo dos piernas y dos brazos. Me duele la espalda. A la hora del descanso se me mete algo en el ojo y empieza a picar e irritarse hasta ponerse totalmente rojo. Bien. Me lo lavo con agua mineral de una botella que me deja mi amiga María. Muy chic. Pica que jode, pero creo que mejora.
Ayudo a servir la comida y le voy a fregar, de nuevo. Esta vez hacemos entre cuatro lo que habitualmente hacemos ocho. Hay un momento en que tenemos tal montonera de cacharros que parece que no vamos a acabar nunca. Un muchacho dice que ve la luz al final del túnel y le respondo que si está seguro porque yo estoy podidamente ciego en ese momento. El dolor de espalda también se multiplica y me escuecen las manos (yo soy el que frota con el estropajo). Cruzo los dedos para que no se pongan a sangrar o algo. Estoy muerto, pero contento, con la sensación positiva de haberlo dado todo.
Vuelta a Sudder. De repente, se pone a diluviar. Aquí te pillo, aquí te mato. Me encuentro a Pablo y me dice que se viene conmigo a Sikkim, finalmente. Ole. A las que no encuentro es a Lorena y Coral, así que no tengo ni idea de si vienen o no. Comemos unos noodles en el Fresh y nos vamos a la Sikkim House para pedir los permisos. La sorpresa es que son gratis. Simplemente entregas una foto (Pablo se tiene que hacer una en una tienda, de camino), una fotocopia del pasaporte y del visado y rellenas un papel. Estamos un ratillo en la oficina haciendo unas risas y nos entregan el permiso, ni siquiera nos toca esperar de un día a otro. Hablamos de los abismos generacionales y demás. El caso es que él es un año menor que yo y nos estamos relacionando con criaturas de 19 años. La frase de “podrían ser mis hijos(as)” empieza a flotar por aquí. Y hablamos de esa enorme diferencia con respecto a nuestros 19 años. ¿Dónde estábamos a los 19? ¿Adónde íbamos? Éramos unos pobres pardillos, mientras ahora, cualquier crío tiene los medios que nunca hemos tenido: acceso ilimitado a la información, redes sociales, viajes a bajo precio (en el fondo, lo del voluntariado también trata de esto), acceso a los idiomas… es decir la posibilidad, para quien tiene las luces y la actitud, de conquistar el mundo antes de los 20. Prefiero no ponerme a pensar en todo lo que habría podido hacer y no he hecho. En el tiempo desperdiciado.
Se pone a llover y para y se vuelve a poner a llover y vuelve a parar. Como para ir a visitar nada. Llego a mi hotel. La música de la cosa esa que han montado es estridente a lo largo de todo el día. Putos altavoces que han montado… Le pregunto a la recepcionista si sabe a qué hora va a acabar la mierda de fiesta del chiringuito y cree que puede durar toda la noche. Me río porque realmente me creo que es una broma. Cuando la mujer me dice que no es coña y que está hablando en serio, me quedo a cuadros. Me ofrece la posibilidad de cambiarme de habitación. Me enseña una habitación interior, enana, sin cuarto de baño, sin ventana, con una cama diminuta. El ancho es bastante menos que mis brazos extendidos. Acepto el cambio sin pestañear porque el ruido es muchísimo menor, así que me toca recoger todo el equipaje. El baño está como para una urgencia: a la otra punta del pasillo. Cojonudo. Como cuesta la mitad, con lo que he pagado hoy, quedan pagados dos días. En principio, creo que los dos últimos porque el plan es largarnos el jueves a Sikkim y a la vuelta ya veremos qué encuentro.
Estoy más cansado que un perro, así que a eso de las cinco y pico me voy al Raj’s. Encuentro a María y la convenzo de que se venga a Sikkim. Primero dice que el plan tiene buena pinta y al cabo de un rato ya ha decidido que una escapada al Himalaya es una oferta que no se puede rechazar y que mañana irá a hacer los papeles. Estoy muerto, me paso casi toda la tarde por allí tirado, sin hacer nada, un poco de Internet, un té, un zumo, un rato jugando con los puppies, un par de parlados… Pablo regresa de Mother’s House con Mª Luisa y Concha. Después de un tira y afloja, decidimos ir a cenar a un mejicano. Estamos tan cansados los cuatro que nos cogemos un taxi –hay que regatear un buen rato el precio y lo dejamos en 40 rupias, diez cada uno-. La cena es divertida y está aceptablemente buena. Pagamos casi tres euros cada uno (162 rupias), bastante caro con relación a los que frecuentamos habitualmente. Volvemos en taxi, mismo precio. La música del chiringuito de mierda retumba desde lejos, desde antes de entrar a Sudder. Pablo y las sevillanas se ríen lo suyo: que duermas bien y tal, jajaja. Como cantaría el amigo José: “viva la mierda, la hay donde quiera que vas, viva la mierda es lo que nos gusta más…”.
Me pongo a escribir. Son las doce de la noche y parece que esto no ha hecho más que empezar. Porca puttana, que diría David.
Cuando me desperté, el idiota aún seguía allí. Cinco y media de la mañana, una de la mañana en Canarias, el servicio de despertadores de Calcuta le desea buenos días. El que no seguía allí era el agredido desmayado, que posiblemente también sea otro idiota profundo. No sé si he llegado a dormir cinco horas. Esta vez no está lloviendo. Ya supone una novedad. Listo para una nueva jornada.
Es el último día de Borja. También será extraño –al igual que ha sucedido con otros- estar currando en la casa y no ver al bicho por allí, con lo bien que lo hemos pasado. En fin, que le cantamos el thank you- thank you- thank you, como a todos los voluntarios que se despiden.
Aparecen, de la nada, una manada de libaneses (as) que gritan y cantan y bailan en el autobús (!!!!!), como si estuvieran poseídos por algún espíritu chungo, espero que sea sólo un subidón de adrenalina por la novedad o algo así. Vienen a Prem Dan, aunque la verdad, acaban siendo más ruido que nueces, como tantas cosas en la vida, y, aunque hacen sus cosillas, desaparecen a media mañana y acabamos tirando del carro los de siempre. En la hora de la pausa, vuelven a ponerse a cantar (a voz en grito) y a bailar, ante nuestra atónita mirada. Por lo demás, el día no está mal, tenemos nuestros ratos de trabajo duro y nuestros ratos de risas.
Pillamos el “ricky” para volver. Borja y yo encargamos unas tortillas de patatas en uno de los chiringuitos de la calle. Al rato, se pone a llover. Joder, ya me parecía a mí. Después de una larga –y lógica- espera, nos las comemos medio empapados bajo un toldo. La verdad es que están realmente buenas, a pesar de todo. Mientras espero la tortilla me paso un buen rato con una niñina, como de cinco años, descalza y llena de mierda de la cabeza a los pies. Se llama Sinty (digamos). Como llueve a cántaros, le hago un sitio para que se siente a mi lado. Me la llevaría metida en la maleta y le regalaría una vida. Una chica, María, que lleva unos tatuajes de dejar a la peña boquiabierta, le regala un boli y un cuaderno y nos pasamos un rato haciendo garabatos. Pobrecita Sinty. Al final también se lleva un par de horquillas y alguna rupia. Y una sonrisa.
Tengo un ratito para lavar y pegarme una ducha. Leo un rato y, a media tarde, acompaño a Borja al New Market a hacer sus últimas compras. Ya expliqué en su día (8 de Julio) lo que eso supone: meterse en un laberinto de galerías abarrotadas de puestos, bajo un calor espantoso y con un montón de pesados que se te pegan al lado, te intentan llevar a sitios y no te dejan, te pongas como te pongas. La experiencia vuelve a ser igual de surrealista. Fisgamos, regateamos, comparamos y discutimos. La frase de Borja es “bueno, me lo voy a pensar”. La frase de los vendedores es “no es bueno pensar tanto, que se gastan energías”. Yo les digo que tenemos muchas energías porque somos campeones del mundo. Jaja. Después de mirar unos cuantos puestos, Borja se compra un par de hermosos cuchillos decorativos –hechos o bañados en plata, en teoría- por 1200 rupias (20 euros). Molan. A ratos jugamos a que si el tío que se nos ha pegado nos dice por la izquierda, giramos a la derecha y viceversa. A nuestro pedo. Aunque acompañar al colega es divertido, decido que el día que tenga que hacer alguna compra, buscaré otro lugar.
Por cierto, frente a mi ventana –ese apasionante universo- han construido un enorme megachiringuito, como un arco de la altura de un segundo piso, con una estructura de bambú revestida de papel. Está adornado con flores, guirnaldas y cosas así. Parece una carroza del día del orgullo gay, vamos. Es algo relacionado con el chiringuito del idiota, una celebración religiosa por todo lo alto. Lo han hecho en un día. Para no creérselo. Además han colocado unos enormes altavoces en mitad de la calle. Lo que no pase frente a mi ventana es que no merece la pena, vamos. Puta suerte.
Después del New Market, nos acercamos a la librería Oxford, que tanto me gusta, y Borja se compra un libro, muy bien ilustrado, sobre la madre Teresa. Volvemos a Sudder, juego un poco con los puppies, unos cachorrines que viven junto al Raj’s, y me encuentro a Coral con otro par de españolas. Nos vamos todos en manada con más gente a la terraza del hotel no sé qué –junto al New Market-, un noveno piso con unas vistas geniales, y aprovecho para pasar un rato haciendo fotos. Me despido de Borja y sus tres amigas tomando mi primera cerveza en la India (tampoco la echaba de menos, a decir verdad). Hablamos de vernos en Bilbao o en Salamanca. A lo largo del día, hemos empezado incluso a planear, medio en serio, medio en broma, un posible viaje a Tailandia para el verano que viene. El tiempo lo dirá, como todo. Cuando acabamos, Borja, otro muchacho y yo bajamos por las escaleras porque somos un huevo de gente para el ascensor, que es tirando a pequeño y lento. Es como una bajada a los infiernos, jaja, a medida que vamos descendiendo la cosa se va volviendo más cutre y más tétrica. Llegamos a la planta baja y aquello no tiene salida, parece más bien una especie de trastero. Vale, nos hemos perdido en un hotel. A base de ir abriendo puertas y asomándonos por pasillos (aparte de las risas, claro), aparecemos en un restaurante. Preguntamos por la salida y nos llevan al baño, jajaja. No, no bathroom, to the street… Al final conseguimos encontrar la calle, no sé muy bien cómo. Una experiencia más.
Y con un rato de Internet y un plato de noodles tardíos, acabo mi jornada. Cuando vuelvo a la habitación, son alrededor de las once y estoy realmente agotado. Me pongo a escribir.
Me despierto a las cinco de la mañana. Así, porque sí. Porque yo lo valgo. Sigue lloviendo sin parar. Me pregunto si estoy bien. Llego a la conclusión de que estoy bien. Vale. Relax. La música del idiota no suena hasta las seis y lo hace durante un cuarto de hora. A lo mejor es que al pobre le sientan mal las lluvias. Que se joda, si es así.
Me preparo para ir a la Mother’s. A lo mejor me toca ir nadando. Para mi asombro, las calles ya no están inundadas, hay charcos y eso, pero lo normal, vamos. Sin odisea. Hoy conozco a Coral, enfermera de Madrid. No tiene casa asignada pero la convenzo para que se venga a probar Prem Dan, a ver qué le parece.
Cuando llego, soy el único voluntario (varón) en la casa. Como aquí trabajamos hombres y mujeres por separado, estoy solo un buen rato y luego van llegando unos pocos compañeros. Fantástico. A darle caña. Mucho mejor que ayer, aunque los pacientes siguen metidos dentro y no deja de tener su punto deprimente. Energía con la colada y los cubos de agua (aunque noto un desagradable dolor en el codo derecho), después afeito a unos cuantos barbudos. Sin un minuto de tregua. De ahí, a fregar los cacharros del té.
En el descanso vuelve la discusión subversiva sobre la Mother’s Corporation, Coral también piensa lo mismo que llevo diciendo desde el principio: ¿qué hago lavando ropa? ¿por qué no se hace más, cuando se tiene potencial de sobra para ello? Muy interesante. Le damos vueltas a lo que hacemos, a cómo nos sentimos, a cómo nos gustaría que fuera esto…
A la hora de fregar los cacharros de la cocina llega el momentazo. Una conversación entre David, el italiano –cristiano convencido- y José, el español que pega voces –antirreligioso, digamos-. Comienzan a hablar de lo que creen y no creen, de lo racional y de las creencias y sentimientos, uno en italiano y otro en español, algún rato en inglés, suben los decibelios y yo me parto de la risa. Hay otros tres italianos y yo. Aunque soy –de lejos- el más ateo del grupo, me nombran moderador oficial, por lo de tranquilo. Los cacharros van pasando de balde en balde, pero en realidad no les hacemos mucho caso, porque la conversación se va encendiendo. Divertidísimo. A José (futuro neurólogo o psiquiatra) se le va soltando la lengua y viene a decir que la religión es un refugio para idiotas (“lo digo con todo el respeto, ¿eh?” Jajajaja), en el sentido de que te inventas a un dios para responder todas las preguntas para las que no encuentras respuesta. David rebate y José contrarrebate. Hilarante. La discusión bilingüe acaba, cuando estamos ya recogiendo, con una maravillosa teoría de José, que es un crack, sobre el enorme poder de la sugestión que nos tira a todos al suelo de la risa: un cristiano que se autoconvence de que dios existe es como una de esas perras que tienen embarazos psicológicos y acaban produciendo leche. Jajajajaja. Ya me contarán si no es genial…
José y yo cogemos un rickshaw para Sudder (los demás vuelven en autobús). Como sólo somos dos, el conductor va parando y dando rodeos a lo largo del trayecto para montar gente, que luego se bajan en su destino y son reemplazados por otros. Es divertido, como casi todo en este país, si uno está dispuesto a cogerle el punto.
De vuelta a la Facebook Street, me encuentro con Borja el grandote, que ya ha vuelto de su viajecito por Jaipur, Agra y Venarés. Qué alegría. Comemos juntos (noodles Singapur en el Blue Sky) y hablamos un buen rato sobre todo lo que ha vivido por allá. Después de comer, quedo con Lorena y Coral para volver a Prem Dan por la tarde a ver un concierto. Hay un grupo catalán –creo- que está dando conciertos por la India en hospitales, en las casas de la Mother y sitios así. Ayer Mª Luisa, Concha y yo los conocimos en el Raj’s y nos contaron un poco por encima el proyecto, así que nos apetece mucho ir a verlos.
Borja y Pablo se van a una misa que da el cura español… en el hospital. Resulta que al poco de venir se ha pillado una gastroenteritis que lo tiene en cama, pero aún así, se debe de haber comprometido a dar una misa en su habitación del hospital. Tardo un buen rato en comprender que no es una broma. Jaja, me parto. Ya me contarán mañana cómo fue la experiencia.
Hoy no hay tiempo para descansar a mediodía. Nos vamos Lorena, Coral y yo. Allí nos encontramos con Mª Luisa y Concha, que se incorporaron más tarde. Aprovechando que ya no llueve, el concierto comienza en el patio, al aire libre. Los hombres están fuera, mientras que las mujeres siguen dentro de su edificio. La cosa no funciona, están fríos, la voz se pierde por todas partes, les cuesta romper el hielo y cogerle el tono a la cosa. Deciden entrar en el edificio. Van de menos a más porque en el interior las voces ya son más consistentes, no se dispersan tanto, sube la temperatura. Aunque el grupo necesita unos buenos ensayos urgentemente, los pacientes están encantados de que algo les saque de la rutina. Después de cantar en el edificio de los hombres, descansan un rato –hora de la merienda para los internos- y se ponen a cantar en el edificio de las mujeres. Hace muchísimo calor y las canciones empiezan a repetirse una y otra vez. Todo sea por una buena causa…
Vuelta a Sudder. Comemos con las manos en el restaurante bengalí por un euro. Rico y divertidísimo. Aparece por allí Li, el coreano, que había estado también de viaje unos días –de hecho, él y Borja se encontraron en el Taj Mahal (¡¡)-. Es día de reencuentros, pues.
Del restaurante al Raj a hacer un poco de Internet.
En fin, así ha transcurrido el domingo, que ha empezado un poco anodino y ha acabado siendo un día alegre, divertido y original.
Mientras escribo, hay una especie de pelea bajo mi ventana –suceden tantas cosas bajo mi ventana…- cruzo los dedos, a ver si, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, le revientan el chiringuito al idiota o algo, pero parece que no hay suerte. A un tío, que parece bastante colgado, la verdad, le sacuden una tunda y se queda tirado en la acera sin conocimiento, mientras los demás miran y pasean alrededor. Son casi las doce de la noche y sigue sonando la música del idiota. La India tiene estas cosas.
Y acaba el mes de Julio. Mucho tiempo en la India. Si tuviera que hacer un balance de mi estancia aquí a lo largo de estos 31 días, me saldría un monólogo Blade Runner en plan “he visto cosas que no creeríais…”, me quedo con eso, más allá del cansancio y del ruido y del calor y de la lluvia. Todo lo que estoy viviendo cada día. Muchas sensaciones. Very big.
Vamos a ello. He dormido como un muerto, con una enorme tormenta de fondo. Quizás sea precisamente porque ha llovido toda la noche y la temperatura se ha suavizado. Para redondear la cosa, esta mañana no ha sonado la música del idiota, así que he podido dormir hasta las seis y pico, todo un record.
Sigue lloviendo. Bajo las escaleras y me encuentro calles inundadas. No problemo. Al mal tiempo buena cara y todo eso. Abro el paraguas y se le rompe una varilla. Pues sí que me ha durado mucho. Me hago el camino a la Mothers caminando con un paraguas roto y, durante bastantes ratos, con el agua por encima de los tobillos. Un cuadro.
Hoy vienen a Prem Dan Mª Luisa y Concha, sevillanas, psicóloga y filóloga, respectivamente. Ya han estado aquí el año pasado (aunque en otra casa). El panorama hoy es bastante desolador porque como está lloviendo todos los internos están metidos en el edificio. Se les ve sentados (apelotonados) en las escaleras y tirados por el suelo. Otro cuadro. Me estoy un rato lavando, otro rato cargando cubos de agua (aunque no lo entiendo porque el suelo está ya más que mojado) y luego me siento durante un buen rato a ver llover. Tal cual. Luego, llega la hora del té y vuelvo a conectarme a la realidad, reparto vasos y estoy un rato fregando. Después del descanso, ayudo a servir la comida y friego otro buen rato. Hay un muchacho vasco, Íñigo, que viene por primera vez y se siente profundamente inútil. Sé pregunta qué hace allí. Me hace gracia escucharle decir las mismas cosas que pensaba yo los primeros días.
Como en el blue con las sevillanas, la mejicana y una alemana. Vuelvo a repetir el experimento de ayer en el Fresh: lentejas, arroz y yogur. Muy, muy rico porque las lentejas, que son oscuras esta vez, tienen un delicioso toque picante. A Luisa y a Concha no les ha llenado mucho la experiencia en Prem Dan, así que mañana cambiarán de casa. Muy interesante y subversiva la conversación sobre por qué la “Madre S.A.” (y por extensión, la santa madre iglesia), con el potencial que posee, no hace más, no va más allá, no intenta cambiar las cosas de verdad.
Repito la rutina de lavar ropa, ducha, lectura y sueñecito. Estupendo. Ha parado de llover pero el cielo está absolutamente negro.
También repito uno de mis paseos a ninguna parte. Hoy veo, por primera vez desde que estoy en la India, una cancha de baloncesto, creo que es una especie de colegio o algo así. Dios, qué sensación tan fantástica. También veo una calle con chiringuitos donde reparan teléfonos móviles y otra calle de fontaneros, llena de tubos y cañerías por todas partes. Siempre hay cosas que descubrir cuando uno se pierde por Calcuta.
De vuelta por Sudder, me encuentro con Luisa y Concha y un rato más tarde se nos une Pablo. Cenamos juntos en el Raj’s, nos damos un paseo hasta el puesto de los yogures y, después de despedirnos, me hago mi ratito de Internet. Leo que las inundaciones están devastando Afganistán y Pakistán. Estupendo, porque al lado estamos nosotros.
Vuelvo a la habitación a las diez y algo. El cielo, dicho sea de paso, se llena de relámpagos y escribo con el ruido de los truenos de fondo, se está liando una bien parda.
La noche es toledana. Tardo una eternidad en dormirme, luego me despierto a eso de las dos y vuelvo a tardar demasiado en retomar el sueño. Cuando suena la música del idiota me dan ganas de matarlo. Está lloviendo. Me levanto de la cama profundamente cansado, mala manera de empezar el día. Llego a la Mother’s. Todo como siempre. Conozco a Lorena, una chica mejicana recién llegada y hago un poquito de guía.
Por cierto, me estoy quedando sordo, no sé si es reversible o no, pero bueno. El caso es que duermo con tapones en los oídos y ayer me los quité y es como si siguieran puestos, tenía los oídos totalmente taponados, así que llevo dos días escuchando las cosas en off. Para entablar una conversación es un poco coñazo (¿mande…?), pero el resto del día tiene su gracia porque amortigua bastante el ruido de fondo.
El trabajo en Prem Dan es estupendo porque es uno de esos días en los que estamos muy poca gente, así que toca darle duro. Lavo con energía, me ejercito recorriendo el patio con cubos llenos de agua y vuelvo al lavadero, a fregar cacharros. No me siento con suficiente concentración como para ponerme a afeitar. No tentemos la suerte. Llega la hora del descanso pero la paso casi entera ayudando a gente a ir al baño, uno detrás de otro. Menos mal que me consigo reservar diez minutillos y todavía queda té para reponer fuerzas. Vuelta a la actividad. Reparto comida y lavo cacharros. Todo muy intenso, sin parar.
A eso de la una me encuentro con Pablo en Sudder. Comemos en el Fresh con un par de hermanos andaluces –Juande y Alex-, también del club de zumosol. Me hago un fantástico plato con arroz, yogur y unas lentejas amarillas. Con el pan de ajo y el agua me sale por algo menos de dos euros.
El plan es echarme a dormir un buen rato, pero Pablo y los hermanos me lían para que les acompañe a Daya Dan, tan sólo tengo media hora para lavar ropa, ducharme y descansar brevemente. Cogemos el metro hasta Guirish Park y a caminar un ratillo.
Daya Dan es un microuniverso bastante chocante. Es una casa para niños con minusvalías. Eso en la India puede ser todo un cuadro. Subimos a la última planta, que es donde están los casos más graves. No sé ni por dónde empezar porque aquello es toda una colección. Están muy, pero que muy estropeados. Me siento en el suelo y una niña me agarra una mano. Es una especie de koala que apenas se mueve y no reacciona mucho a los estímulos. La tengo allí un rato, tirada en el suelo conmigo. Me pega un par de mordiscos. Aparece Rosa, que es un bebecito que no se mueve mucho pero es la estrella de la fiesta porque tiene una risa que nos deja a todos desarmados. Parece ser que le está creciendo la cabeza a un ritmo descontrolado o algo así. Estamos en una especie de sala abierta las mujeres que trabajan allí, los voluntarios (nosotros cuatro, otras dos mujeres españolas y cuatro chicas coreanas) y la mayoría de los niños, los que no están en una cuna o en una trona. Por mucho que quiera, no podría describir todos los casos que voy viendo, los niños con balanceos violentos a los que hay que tener atados para que no se lastimen, los cráneos deformados, las parálisis, una niña con síndrome de Down, las muecas, las babas, los movimientos convulsivos, dos niñas a cuyas minusvalías hay que sumarles la ceguera… yo qué sé. Todo un catálogo. El caso es que observo y espero y observo más y voy comprendiendo y poco a poco voy entrando en contacto con las criaturas. Improvisamos juegos que acaban en risas. Me paso dos horas y pico tirado en el suelo, rodeado de niños rotos. Una experiencia interesante y extraña a partes iguales. Está claro que es un trabajo que te implica de una manera muy diferente a Prem Dan, de una manera más profunda y más personal. O te metes hasta el cuello o no hay nada que hacer.
De vuelta a Sudder, Pablo y yo nos vamos a comer al maravilloso restaurante que sirve especialidades del sur de la India. Genial. Pagamos un total de un par de euros y medio por la bebida y dos exquisitos platos: una especie de pequeña pizza vegetal y un enorme rollo de pan, finito, relleno de queso y acompañado por unas salsas. Fantástico.
Antes de volver a la habitación me pego mi rato de Internet en el Raj’s. Han llegado nuevas remesas de extranjeros a Sudder y, lamento decirlo, pero me los encuentro por la calle y su vulgaridad, sus voces y su sobreactuación me producen una grima muy preocupante. Espero que sea una falsa alarma.
He decidido que la semana que viene me voy a la montaña. A saco. SIKKIM. Recuerden ese nombre porque tiene pinta de ser la bomba. El Himalaya. En principio la idea es irme solo, durante unos días, llenarme de aire puro y fresco y volver a Calcuta con las pilas recargadas para trabajar otra semana larga. Si no hay cambio de planes, Pablo se vendrá conmigo los últimos días (como a partir del 16) antes de volar de vuelta, para conocer un par de sitios al norte de Delhi. La cosa va tomando forma. Seguiremos informando.
Los tapones en los oídos facilitan la cosa. Tardo mucho en dormirme, pero luego no me despierto demasiadas veces. Casi descanso y todo. A las cinco y media empieza a sonar la música del idiota, pero a los cinco minutos se para. Qué raro, a lo mejor no se encuentra bien el hombre (se ha cogido una cagalera o algo). Duermo un poco más y luego un rato medio-medio, entre Pinto y Valdemoro, vamos. Los jueves tienen estas cosas, que uno puede remolonear. Dado que los otros seis días de la semana estoy arriba entre las seis y las seis y media, es un lujo que me merezco, sin duda. Me paso un buen rato leyendo. Largo y tendido. A eso de las diez y pico, decido que, para redondear la mañana, me merezco uno de esos desayunos-comida (brunch, si quieren) mientras leo Internet. Me apetece. Se va la luz en la habitación. Cojo el ordenador y me voy al Raj’s. Cuál será mi sorpresa cuando llego y también está sin luz, parece que es un apagón que afecta a toda la calle. Ni café ni Internet. Ole. Cruzo los dedos para que sea cosa de unos minutos y me voy a dar uno de mis paseos sin rumbo, que es lo mejor que hay para cogerle el pulso a los sitios. Camino un buen rato y cuando vuelvo la cosa sigue igual. Coño. Adiós capricho. Dejo el ordenador en la habitación, por un par de euros me tomo un buen café, pan tibetano con mantequilla, una botella de agua y unos espaguetis en el Fresh y me largo a recorrer la ciudad.
Hoy toca caminar hacia el Oeste, hasta llegar al río (que no es el Ganges, sino el Hooghly). El paseo es largo, hace mucho, mucho calor, noto cómo van resbalando las gotas de sudor por el cuerpo. En teoría, he recargado las pilas con el desayuno, pero la verdad es que a la media hora ya estoy demolido. Paso por una zona llena de bancos, no bancos de sentarse, sino bancos como los que manejan el mundo y hacen lo que les da la gana (como causar una crisis y hacérnosla pagar a nosotros). La zona está protegida por un montón de bigotudos fuertemente armados. Pero muy fuertemente ¿eh?, que aquí se ponen nerviosos, se lían a tiros y no la cuenta ni el apuntador. En la calle, al lado de las vallas, hay gente con tacos de dinero en las manos. Supongo que están ahí para cambiar ¿moneda extranjera? Hay tantas metralletas a mi alrededor que paso hasta de sacar la cámara, que las carga el diablo (que se lo digan a Couso). Jaja.
Otra cosa que llevo un tiempo observando es que los indios son un poco mariquitas (ese mariquita sexual, jaja, que diría Chiquito). Muy a menudo, los chicos van por la calle agarraditos de la mano, o incluso por la cintura. Quién sabe, hablando mitad en serio, mitad en broma, si la homosexualidad –o la semi-homosexualidad- no es una opción interesante en un país con pocas mujeres y mucha represión… La gracia es que toda la ciudad está empapelada con carteles de publicidad en los que aparecen hombres musculosos (y blancos). A veces, exageradamente musculosos y en posturas de culturista. Un tipo que, obviamente, no se ve en la calle de ninguna de las maneras porque no tiene nada que ver con las características genéticas del indio. Mal espejo en el que mirarse.
Llego hasta uno de los “Ghats”. No es lo que esperaba, los de Vanarasi son como paseos con gradas escalonadas a la orilla del río y estos son embarcaderos, como pequeños muelles. Hay niños jugando y chapoteando en el agua marrón, gente aseándose y gente lavando ropa. Sigo por una especie de camino paralelo al río, un barrizal, en realidad, que se abre de manera miserable entre naves en ruinas. Al final aparece el mercado de las flores. Otro barrizal cubierto de puestos que venden flores (claro, como su nombre indica), apenas hay sitio para caminar. Un verdadero hormiguero. A ratos, parece que no puedo estar más empapado, pero me equivoco. En dos segundos, comienza a caer el diluvio universal nuestro de cada día. Brutal.
Justo al lado del mercado se erige, grandioso, el puente Howrah. Una maravilla. Lo cruzo bajo una tromba de agua monumental. Llevo mi ridículo paraguas, pero no me sirve para gran cosa, estoy absolutamente calado. Hay unos enormes carteles a lo largo del puente que dicen “Estrictamente prohibido hacer fotografías”. Tócate los huevos. Aunque con la que está cayendo, sacar la cámara sería una pésima idea, al menos si tengo pensado seguir haciendo fotos en la India. Sin embargo, éste es uno de esos momentos magníficos. Es difícil de explicar porque se trata de cosas que suceden como por debajo de la piel, pero contemplar la ciudad desde el puente, con esta luz fantasmal, a través de una cortina de agua, el hecho de estar empapado y que me dé absolutamente igual… Un momento perfecto (pero sin foto).
Al otro lado del puente hay una estación de trenes con docenas y docenas de autobuses entrando y saliendo, así que empiezo a investigar hasta que encuentro el autobús que, por diez céntimos, me saca de allí y me deja al lado de Sudder. Una vez dentro, me doy cuenta de lo mucho que me gusta contemplar las ciudades a través de la ventanilla de un autobús. Una experiencia relajante, dentro de lo relajante que puede ser una ciudad como ésta.
Llego a la habitación, me quito toda la ropa (la sopa) y descanso un rato. Lógicamente, en el mismo momento en que me tumbo en la cama, sale el sol. Estaba escrito. Me paso otro rato leyendo. De repente, paf, se vuelve a ir la luz. Parece una bobada, pero el ventilador del techo deja de moverse y a los dos minutos las gotas de sudor ya están resbalando por todas partes. Sí, todas. Y además, me están comiendo vivo los puñeteros mosquitos. Me levanto de la cama echando pestes y ¿qué veo? a mi amigo Pablo, jaja. Allí está, al lado del chiringuito del idiota, mirando hacia mi ventana. Coño, ya bajo, hombre.
Nos damos uno de esos paseos absurdos que no nos llevan a ninguna parte y tanto me gustan. Yo me tomo un pastelillo con una Mirinda (ojo) y Pablo, cómo no, se toma un yogur. Oye, ¿no será malo tomar tantos yogures?, me pregunta. Pues no sé, tío, me extrañaría. Y seguimos descubriendo rincones que no conocíamos (vamos a ver adónde lleva esta calle y tal).
Tras el paseo, llega mi rato de Internet. Soy un hombre feliz porque se han prohibido las corridas de toros en Cataluña. Seguro que ya vendrá alguien detrás a joderlo todo –o al menos, a intentarlo-, pero mientras tanto, soy feliz. Empiezo ya a hablar catalán en la intimidad como el otro gilipollas, jajaja. Creo que es la cosa más bonita que ha sucedido en nuestro casposo país en muchos años. Veremos dónde nos lleva. Ahora toca prohibir fumar en los lugares cerrados y poco a poco esto empezará a parecer otra cosa. Muy poco a poco ¿eh?, que el retraso es una cosa muy seria.
Me siento un poco a hablar con Raj. ¿Qué hago, me voy a Darjeeling o qué? Me mira con cara de “eso es un viaje para marujas” y me propone Sikkim. ¿Para qué te vas a ir a dos mil metros si puedes estar a cinco mil quinientos y tener el Khangchendzonga delante de tus narices? Vemos unas cuantas fotos y me quiero morir. ¿Cuántos días, Raj? Cuántos días, me preguntas… Toda la vida. (Uf, no sé yo si no va a ser mucho empacho, jajaja). Creo que tengo un plan.
Antes de aterrizar en la habitación y ponerme a escribir, me tomo unos noodles con verdura en otro puestecito callejero que no había probado. Ñam. 17 rupias (30 céntimos). Y mañana, a madrugar.
Miércoles. Nada nuevo bajo el sol de Calcuta. La música del idiota suena a la misma hora que todos los días. Me levanto -con buen cuerpo- a la misma hora que todos los días y hago el mismo trayecto que todos los días. En la Mother’s House, vuelven a pedir a algún voluntario, esta vez para dibujar. Pablo se anima, como siempre, pero yo ya he tentado demasiado la suerte y mi falta de talento me aconseja que desista.
Vuelvo a Prem Dan. En el fondo, echaba de menos a mis mellados. Mis mancos, mis ciegos, mis sonados, mis lisiados, mis cojos –la verdad es que me pongo a mirar cuántos pies sanos hay en todo el centro y no sé si me da para montar un equipo de fútbol-. La mayoría tiene hoy la cabeza rapada, así que les burreo un poco antes de empezar la tarea. Esta mañana hemos venido muy pocos voluntarios, como al día siguiente de la famosa final, así que el trabajo es bonito e intenso, no hay tiempos muertos. El sol pega con fuerza. Hago mi colada, afeito a unos cuantos clientes bajo un árbol y vuelvo al refugio del lavadero para fregar los cacharros del té, allí se está fresco, a la sombra y rodeado de agua. Me siento en un diminuto taburete, enfrente de un gran balde metálico lleno de agua y friego o aclaro, según se tercie. Hablo con Adam, un americano con cuello de toro, y con otro muchacho chino recién llegado que tiene muchas cosas que contar: Chris. Por cierto, hoy es el último día para Martina y Ricardo (que ya volvieron de su viaje al campo). Tras el descanso, ayudo a repartir comida y vuelvo al lavadero, a fregar. Mola.
Hablando de cuellos de toro, es curioso el físico de gran parte de los voluntarios. Verán ustedes, yo llego aquí con mi metro ochenta y mis ochenta kilos holgaditos y le saco tres cuerpos a la mitad de los indios, que son más bien chiquiticos y enjutos ellos, pero llego a la Mother’s y me asombra la cantidad de gente que es más grande que yo. Claramente más grande. Por aquí han desfilado y desfilan muchos metros noventa y pico y muchos físicos de cien kilos de músculo. Alucinante, a su lado parezco una cheerleader –pero inteligente-. A lo mejor es que las nuevas generaciones cristianas no contemplan el rollo ese de poner la otra mejilla, porque parecen tanques.
Me voy a comer con Martina y Ricardo. También vienen Adam y Rebeca, una chica californiana que es el –impresionante- clon de Cate Blanchet. Comemos en un restaurante que sirve especialidades del sur de la India. Nos pedimos uno de esas orgías gastronómicas de bandeja con un montón de pequeñas raciones, como en el restaurante de Delhi. Riquísimo. Algo más de 100 rupias (es decir, no llega a 2 euros). Salgo con la boca dormida por el picante, jaja, pero la comida ha sido divertida y deliciosa.
Lavo, me ducho, leo y consigo dormir (a pesar del ruido), en ese orden. Mucho mejor. Me doy una vuelta por el Raj’s. Están sin luz. Bueno, no problemo, me siento un rato en el patio a ver cómo juegan los gatos. Es como un oasis. Qué delicia.
Se me ha olvidado, hasta ahora, comentar algo que me llama mucho la atención en este país. La gran mayoría de la gente por aquí vive casi con lo puesto, por no decir miserablemente. Los ves con unas chanclas repugnantes y la ropa medio rota, pero… todo el mundo lleva unos móviles que te cagas. Alucinante. Creo que si me da por regalarle a alguien mi teléfono me lo tira a la cabeza. Aquí se lleva mucho el teléfono de última generación con todas las pijadas imaginables. Por si tenía muchos contrastes la cosa… Por lo demás, aquí, igual que en todas partes, el teléfono es un buen termómetro para medir la estupidez y la vulgaridad de las personas. Ya me entienden.
Cuando vuelve la electricidad, me hago mi hora de Internet –esta vez en la sala de informática- y luego me encuentro a Martina y Ricardo en el Blue Sky, ceno con ellos –noodles Singapur, agua y pan, también algo más de 100 euros- y así me puedo despedir. Los echaré de menos.
La jornada no da mucho más de sí. Mañana no hay que madrugar, es el día de descanso. El idiota no para de generar ruido, pero me estoy acostumbrando a vivir con tapones en los oídos. Qué remedio.
Suena la música del idiota. Cinco y media de la mañana. Otro amanecer más en la ciudad del ruido. Me tomo mi tiempo. Camino a la Mother’s a tomar el té matinal. Pablo y yo volvemos a darle los últimos retoques a la figura. A la luz de la mañana la cosa tiene mucho mejor pinta. Intentamos arreglar las filigranas doradas, que quedaron bastante chapuceras, pero en general el conjunto me gusta. El contraste entre el azulado del manto y el crema del interior es bonito. Estamos un rato trabajando sobre ello, haciendo repasos y, a eso de las diez, hablamos un rato con un anciano sacerdote italiano –siciliano-, nos tomamos el té y nos vamos a hacer compras. Hay que trabajar la base de la figura, hacerla nueva, así que nos vamos al quinto pino a buscar tiendas especializadas en pintura (de caballete, no de brocha). Intentar explicar a los dependientes qué es el betún de Judea acaba siendo una odisea inenarrable, así que Pablo pasa al plan B. Vamos a comprar unos cuantos bolígrafos, los más baratos que haya.
Volvemos a la casa a eso de las doce. Pablo saca las cargas de los bolis y va vaciando tinta para mezclarla con disolvente (?). Cosas de artistas. Con un periódico va aplicando manchones por la base, luego lo mezcla con pintura blanca para aligerar… Yo miro un poco atravesado todo el proceso, pero hay que reconocer que al final el experimento funciona y consigue una especie de efecto mármol con toque azulado. Toma ya. Nos vamos a comer. Hace un calor terrible, Pablo acaba caminando por la calle con el paraguas abierto porque nota que se le empiezan a fundir los plomos con el sol pegándole en la cabeza. Nos decantamos por un restaurante que tiene aire acondicionado, un capricho para el cuerpo. Tiene especialidades chinas e indias. Pablo pide unos noodles (esa especie de espaguetis chinos, finitos) con verdura, que son su debilidad. Pido unas lentejas (Dal). No tienen. Pido un pan (Naan). No tienen. Vaya. Pues noodles para los dos. Riquísimos, eso sí. Con el agua, pagamos 33 rupias cada uno (unos cincuenta y algo céntimos).
Pablo no puede evitar volver al puestecito de los yogures. Esta vez se pide uno más pequeño. 17 rupias. Confirma que es el mejor yogur que ha probado en su vida. Vaya invento nos hemos sacado de la manga.
Mi compañero le da los últimos retoques a la figura mientras yo voy recogiendo y limpiando el chiringuito y luego vegeto un rato sentado en un banco. Me siento fundido, supongo que será el calor y no haber tenido mi rato de descanso a mediodía. Pablo, medio en serio, medio en broma, dice que le jode que la virgen sea tan blanquita, parece una nena danesa o noruega. Es tan irreal como injusto. Una estupidez más. A él le gustaría pintarla de negra –una moreneta-. Rasgos indios, pies sucios, piel oscura. Nos echarían a patadas, pero molaría un huevo, jaja. Por cierto, me promete que el próximo cuadro que pinte va a tener muchos dorados, muy Klimt, parece que esta experiencia le está dando ideas…
A esta casa viene gente, personas solas y familias, a hablar con las hermanas. Por lo que veo, vienen a pedir. Aparece por allí una familia con dos niñinas, digamos de 5 y 8 años, por ejemplo. La pequeñita empieza a pulular a mi alrededor. Ya está liada. A los cinco minutos estamos jugando los tres con un trozo de trapo viejo (!!!!!!). Lo lanzamos al aire, saltamos para cogerlo, las niñas gritan, se ríen y disfrutan como locas. Aprenden a decir “muy alto”. Jajaja. Pablo se sienta en la escalera y se dedica a hacer fotos. Acabo exhausto y empapado, pero las criaturas han sido felices durante un buen rato. No quieren que me vaya, pero recojo y me voy. Necesitaba ya un momento con niños y me siento mucho mejor.
Volvemos a Sudder. El calor sigue siendo sofocante, no me queda energía dentro. Nos despedimos –ya nos veremos por aquí- y vuelvo a la habitación a descansar. Lavo la ropa, me ducho y me tumbo. La música del idiota está sonando a toda caña. Es una terrible prueba de paciencia. Las estúpidas canciones se van repitiendo una y otra vez, es casi peor que los cuarenta principales. Imposible descansar. Me cago en todo. Por cierto, siempre hay un chico retrasado –enorme- que se pasa el día dando voces y balanceándose adelante y atrás al ritmo de la música, ahí, en mitad de la calle. Creo que va a ser hijo del idiota. Vaya cromo, por dios. Cojo el ordenador y me voy al Raj’s a conectarme un rato (así desconecto, je). Nada nuevo por Lolaylolandia y olé. Me tomo un lassi de chocolate y un crêpe también de chocolate. Me siento goloso. A eso de las siete y pico vuelvo a la habitación, estoy totalmente aplanado. Sin embargo, la música continúa. Es para volverse loco. En esta mierda de lugar está prohibido descansar. Por decreto. A pesar de lo cansado que estoy, decido volver a la calle a darme una vuelta porque si no me va a dar algo.
Camino por esta ciudad de locos. Hora punta. El ruido es terrible. Terrible. Un castigo. Y lo peor es que no me acostumbro, es imposible, cada día que pasa me voy irritando más y más. Pilas y pilas y pilas de autobuses, coches y motos pitando al mismo tiempo. Piiiiiiiiii, piiiiii, piiiiiiiii, piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii. El infierno. Cruzar alguna calle se convierte en un acto suicida. Algunas veces los vehículos me pasan rozando –y a toda leche, porque los muy cabrones no frenan-. Forma parte del juego y, en el fondo, es divertido. Un tranvía se come un taxi. Blam. Le da por el culo, vamos. Más adelante, dos personas se están pegando en mitad de la calle y el resto de la gente se lo pasa pipa mirando. Sonríen. Panda de gilipollas. Enseño los dientes como los perros, levantando el labio superior. Literalmente. Odio este caos y este ruido, me provoca impulsos homicidas muy intensos. Por suerte para todos, no hay ningún botoncito rojo al alcance de mis dedos. Este vertedero seguirá existiendo, pues. Sigo caminando. Me siento raro, estoy como ligeramente revuelto. Ya no sé si es el calor, o si he comido algo que no me ha sentado bien, o si es que la propia ciudad algunos días me revuelve las tripas.
Vuelvo, una vez más, a la habitación. La música sigue sonando. Es demencial. Una pesadilla. Hace un rato me he encontrado a Pablo y me ha recomendado que baje y le abra la cabeza al idiota. Jajaja. Para eso están los amigos, para dar buenos consejos. A eso de las nueve y media, se produce el milagro. No más música. Por fin ya sólo se escuchan los pitidos de los coches y las voces de la gente en la calle. Qué suerte.
Preparado para otro día de rutina. Lunes. Sin embargo, sucede lo inesperado, en el Mother’s House piden a algún voluntario que se ofrezca a pintar una estatua. Hm. Miro a Pablo, que se encoje de hombros y dice “por mí, no hay problema”, así que levantamos las manos y, mientras los demás se van a trabajar a sus respectivos centros a eso de las siete y media de la mañana, nosotros ya tenemos plan alternativo.
En la India todo va despacio, así que esperamos a que la sister nos explique lo que hay que hacer. Vamos a la casa en la que se encuentra la figura que hay que pintar. Esperamos a que baje otra sister. Subimos al primer piso. Es una Virgen muy blanca. Ropa blanca, túnica blanca. Pablo se acojona un poco, jaja, y dice que no hay que tocar nada, ni meterle más color, que está muy bonita así. Fin del trabajo, jaja. Bueno, le empezamos a dar vueltas a más posibilidades ¿Adornos dorados? (Pablo sabe que tengo debilidad por Klimt). Agarramos la talla, que mide un metro y algo y pesa lo suyo y la bajamos por la escalera hasta el patio -abierto y cubierto-.
Volvemos al Mother’s porque allí hay alguna otra virgen (fijo que hay unas cuantas, jaja) y nos puede servir de modelo, de hecho vemos una muy parecida y la fotografiamos. Es muy blanca pero el manto tiene un pequeño matiz azulado y un reborde dorado y la ropa de dentro un matiz de color crema. Es posible que hagamos algo parecido. Mandan llamar a un hombre que les suele echar una mano cuando necesitan algo. Es español, se llama José, lo conozco de vista, de encontrármelo por el Raj’s de vez en cuando. Me dice que no va a volver a España, que ya ha hablado con la poca familia que le queda, ha entregado a la embajada sus últimas voluntades y se queda aquí. Haces bien, qué coño. Vamos con él a una tienda de pintura. Un paseillo. La madre de todas las batallas es conseguir un color que parezca oro. Al final, nos venden un dorado en polvo, para diluir en aceite. Compramos un bote grande de blanco y unos botecitos pequeños de azul, rojo y amarillo para hacer mezclas. Me gusta todo ese proceso de mirar, preguntar, comparar, ponernos de acuerdo, decidir… Volvemos a pasar por el Mother’s para conseguir pinceles. José, que ha pagado las 200 rupias de factura, se niega a aceptar dinero de las monjas. Es un regalo. Pillamos material, nos despedimos de José y nos vamos a la casa, a empezar el trabajo.
Abrimos el bote de blanco (blanco nieve) y nos sale un color bastante rarito, como con un toque rosáceo o púrpura. Joder. La primera en la frente. Abrimos los otros tres, bueno parece que dan el pego. Decidimos ir a descambiarlo. Justo cuando nos vamos, sale una sister y nos invita a un té con galletas. Qué rico. Jaja. Paseillo hasta la tienda otra vez. Una vez allí, nos dicen que es el blanco más blanco que tienen, que no nos preocupemos porque queda perfecto. Bueeeeno. De todas las maneras lo cambiamos por un bote más grande para no quedarnos cortos y compramos otro sobre de dorado en polvo. Esta vez invitamos nosotros. Otra vez vuelta a la casa y manos a la obra. Comienza, mientras, el diluvio de todos los días, cae con todas sus ganas. Sólo falta el jodido arca de Noé. Limpiamos la figura, que está posada en un banco, y le damos una primera capa de blanco. Me gusta poner toda mi atención en la tarea. Pintar con cuidado, con cariño. A continuación, Pablo prepara el blanco azulado en una de las botellas que hemos cortado para hacer las mezclas. Primero le echa unas gotitas de azul y no pasa nada, luego le echa más y no pasa nada, le echa medio bote y no pasa nada. Acaba vaciando el bote de azul entero y el blanco sigue blanco, con un levísimo matiz azulado de fondo. Es para mearse. Bueno, pues así. Le damos una capa de blanco-con-levísimo-matiz-azulado al manto. Nos gusta cómo queda. Muy sutil. Jajaja. Luego, hace la mezcla con amarillo y queda un color crema muy bonito para pintar la ropa de dentro. Viento en popa.
La mañana se termina y vuelve a salir una sister. Nos han preparado una deliciosa comida. Estupendo. Arroz, con lentejas, una tortilla francesa y una ensalada de patata, tomate y pepino. Comemos de maravilla y volvemos a la tarea. Sigue lloviendo a mares. Continuamente hay monjitas que se asoman y observan las evoluciones de la figurita. Qué guapa es, dicen siempre.
Es hora de hacer el dorado. El resultado de la mezcla es genial, realmente una pintura muy dorada con textura ligeramente metálica. El problema es ponerse a aplicarla. A veces está muy líquida y resbala. Otras veces, simplemente los pinceles son demasiado poco finos para hacer detalles muy pequeños (ya hay unos diseños hechos, como filigranas con relieve, pero repasarlos es directamente imposible). También el problema de pintar, a pulso, en una superficie que no es lisa y además es vertical. El resultado no nos convence mucho. Pasamos unas horas complicadas y el cansancio empieza a aparecer. Y aún queda el problema de la piel de la virgencita –cara, manos, pies-. Pablo hace un par de pruebas y no lo ve claro. Al final, a eso de las cuatro de la tarde, con claros signos de agotamiento y poca luz, abandonamos la tarea. Mañana continuaremos.
Volvemos a Sudder dando un rodeo, paseamos nuestra fatiga tranquilamente. Me duele la cabeza, así que meriendo una aspirina. Ha sido una experiencia especial, que nos ha sacado de la rutina y nos ha obligado a ser creativos. Pablo dice que si por él fuera se pediría un año sabático y se lo pasaría haciendo esto. ¿Y quién paga la hipoteca? ¿O después de haber estado en la India lo material va a pasar a un discreto segundo, o tercer plano? Je. Quién sabe. Borja, que creo que hoy está de viaje por Vanarasi, decía el otro día que aunque pensemos que la India no nos está cambiando de manera muy significativa, a lo mejor llegamos a casa, a la rutina diaria, y es cuando la cosa se nos cae encima. Quién sabe. A lo mejor acabamos como en el club de la lucha, prendiéndole fuego a todo y volándolo por los aires. Molaría, ¿no?
Nos vamos a la habitación para pegarnos una ducha y descansar y quedamos sobre las siete en el Raj’s. Yo llego un poco antes para hacer mi rato de Internet. La cosa va disminuyendo: de hora y pico, a una hora, a cincuenta minutos… hoy a cuarenta. Cada día necesito menos tiempo de Internet, cuelgo mi rollo –copiar y pegar-, echo una ojeada rápida al correo, otra a los periódicos y ya estoy listo. Como siga así –con un poco de suerte-, acabaré necesitando diez minutos diarios.
Llega Pablo con capricho de yogur. Nos han dicho (el chico que está de luna de miel) que hay un chiringuito en una calle que vende unos yogures de desmayarse. Vale, vamos a ver si hay suerte y lo encontramos. Paseamos y paseamos, encontramos la calle, seguimos paseando entre puestos y gente y encontramos el sitio. Es para verlo, como todo en este país. Una lechería que vende, entre otras cosas, yogur al peso. Pedimos medio kilo cada uno –normal para mí y dulce para Pablo-, lo sacan de unas tinajas, lo pesan y nos lo sirven en una cazuelita de barro que cierran con un papel de periódico y una goma. Pagamos 35 y 40 rupias respectivamente. Pablo, impaciente, prueba el suyo. La sentencia tarda un par de segundos en llegar: es el mejor yogur que he probado en mi vida. Yo me saco un plan de la manga, como casi siempre: compro una botella de agua, me voy al chiringuito de la calle (Sudder) y pido uno de mis arroces con verduras, saco el medio kilo de yogur y me lo como todo junto. Para caerte de culo, me pongo como el kiko.
Hora de volver a la habitación tras un día intenso. Mañana más.
A las cinco y pico de la madrugada empieza a sonar la música. Es domingo. Amanece en la ciudad de los cuervos. He dormido casi seis horas, no está mal. Remoloneo un rato antes de salir a la tarea.
Los cuervos son una mafia. Algunos de mis colegas dicen que aquí apenas se ven ni gorriones, ni palomas, ni ratas porque los jodidos cuervos son los que cortan el bacalao, los tienen a todos a raya. Mi teoría es que se trata de un animal más inteligente de lo que parece a primera vista. No es sólo un bicho que come carroña sin más. Esos ojos negros y brillantes lo están controlando todo continuamente, observan y observan y observan; en el momento que se dan cuenta de que les miras o te acercas un poco, flexionan ligeramente las patas, listos para salir volando al menor signo de alarma. Su pico parece un arma contundente y poderosa. Viven en grupo, se comunican... Dentro de mi teoría hay una subteoría que dice que Hitchcock estuvo en Calcuta antes de rodar los pájaros y, al ver a todos esos bichos observándole, se le ocurrió la idea. Por cierto, esta mañana, camino de la House, los cuervos están dando buena cuenta de un par de ratas.
La mañana transcurre sin gran novedad. Martina y Ricardo hoy no han venido porque se han tomado el fin de semana libre para viajar al campo. Ya nos contarán mañana. En el lavadero me toca reforzar el final de la línea, es decir, escurrir, y la mano izquierda vuelve a quedar bastante tocada, ahora que la herida, por fin, había cerrado. Veremos cómo está mañana. En el descanso, hablo con José (un tío que pega unas voces que se oyen a dos kilómetros) y con dos mujeres mayores que han venido con una muchachita desde Valencia. Resulta que una de ellas conoce –indirectamente- a Pablo. “Así que tú eres Pablo, el que se venía a Calcuta, me han hablado de ti, qué casualidad…”. La monda. También conozco a una pareja, muy majos ellos, que acaban de casarse y están de luna de miel currando de voluntarios en Calcuta. Jajaja. Alternativo, ¿no? Bueno, luego su viaje continúa por Tailandia y Camboya, no se crean. A mí, desde luego, me parece un planazo, que ya está bien de mariconadas. Lo cierto es que la comunidad de voluntarios es de lo más variopinta, es fácil encontrarle el encanto. Incluso para mí, que ya es decir…
A lo largo de la mañana hay un par de amagos de ponerse a llover, pero se quedan a medias. Pablo y yo compartimos rick con esta pareja y nos volvemos a Sudder. Nos comemos unos riquísimos noodles vegetarianos en la calle. 15 rupias, nuevo record (25 céntimos). Un poco de cháchara y a la habitación a descansar. Lavo y me ducho. Me tumbo bajo el ventilador. Leo y duermo un rato. La vida puede ser maravillosa, como diría Andresito.
Por la tarde Pablo está en misa, así que me voy al Raj’s a beber un lassi de chocolate y hacer un poco de Internet. Luego, no conseguimos encontrarnos, jugamos al ratón y al gato. Me doy una vuelta por Park Street y acabo cenando puré de patatas con queso + Garlic and cheese naan (pan con ajo y queso) + botella de agua en el Fresh por setenta y algo rupias. Un poco más de un euro. Justo cuando llego a la habitación, Pablo me pega un toque y quedamos ya para mañana. Los dos tenemos cosas rondando la cabeza. Es día 25 y exactamente dentro de un mes estaremos de vuelta en casa. Él quiere visitar uno de los centros de la madre Teresa que se ocupa de niños discapacitados y yo empiezo a pensar en programar algunos viajes (¿Cachemira? ¿Jaipur? ¿Darjeeling? ¿La selva de Bengala?). Iremos atando cabos.
Creo que duermo aceptablemente bien. El imbécil pone la música de casi todos los días, pero no me levanto cansado. Aún así, tardo en arrancar. En la Mother’s House también tardan las cosas en arrancar, salimos un poco tarde. Y en Prem Dan, igual. Es como si hoy todo anduviera más despacio, como adormilado.
No sé si me estoy inmunizando, pero últimamente no me siento tan muerto de calor. Me paso el día sudando, acalorado, algunos ratos agobiado, pero no es lo mismo que los primeros días, cuando tenía ciertas dudas sobre si mi cuerpo podría resistirlo o no. El rollo este de los monzones supongo que también ayuda a suavizar las temperaturas. Así que el reto, poco a poco va cambiando de foco, estamos pasando de cómo sobrevivir al calor a cómo sobrevivir a la lluvia, a estar todo el día mojado.
Bueno, pues eso, primer día en Prem sin mi amigo Wang. Se hace extraño porque pasábamos bastantes ratos hablando. Lavo, limpio, hago compañía, afeito, friego, sirvo comidas, recojo… Todo muy teresiano, vamos. Me pego mis parladas con el colega Borja, que, por cierto, es el alma caritativa que me paga bus y rickshaw porque me he dejado el dinero en la habitación. Ole mis chismes. Se pasa casi toda la mañana entre llueve, no llueve, llueve, no llueve. A eso de las doce, cuando ya recogemos, se pone a llover a lo tonto. Sin conocimiento. Pablo, Borja y yo nos metemos en un Rick para volver a Sudder. El tío dice que vale. Pero luego se queda parado esperando porque dice que quiere montar a una persona más. Llueve a mares. Después de un rato, viendo que no viene nadie más, nos dice que no nos lleva y que nos bajemos. Le llamamos de todo y nos pasamos a otro que sí nos hace el viaje. Aquí la peña es así. Ha parado de llover, así que comemos en la calle. Arroz con jengibre y ajo. Qué rico. 20 rupias. Borja nos aconseja que un día de estos pidamos la tortilla de patatas que preparan en el chiringuito este. Dice que la bordan y que podemos mandar una foto a Arguiñano, a ver si la saca en su programa.
A Borja y Pablo les apetece ir a ver la casa de Kalighat y, como a mí me apetece volver para hacer unas fotos, quedamos para ir juntos, después de un rato de descanso, eso sí. Vuelve a ponerse a diluviar. Y no para. Estoy descansando tan ricamente en la cama, debajo del ventilador, me empieza a entrar el sueñito, con la que está cayendo ahí fuera, a ver quién es el guapo que sale… Al final, decido no dejar tirados a estos chicos, me visto y vuelvo a la calle, que empieza a parecer la piscina municipal. Para de llover, pero Pablo no aparece, así que nos vamos Borja y yo. Cogemos el metro. Viajamos apiñados. Visitamos la casa, subimos a la azotea y nos pasamos como media hora contemplando el barrio, siempre lleno de actividad y de color, y haciendo fotos. A Borja tampoco le impresiona especialmente la situación de los enfermos allí, no hay nada que no hayamos visto ya en Prem. Por cierto, parece ser que ayer murió otro de nuestros enfermos de allí, un hombre que ya no se movía de la cama y se mantenía a base de suero (intravenoso). El ciclo de la vida en la India.
Después, nos pegamos uno de esos paseos geniales, en los que te vas quedando con mil detalles. Acabamos entrando en una especie de restaurante, alegre y enorme, de comida rápida, una especie de McDonalds indi. El HaldiRam. Está tan abarrotado de gente –ni una sola persona occidental, eso sí- que seguro que merece la pena. A la izquierda hay una especie de tienda, como si fuera una pastelería, una gran vitrina con pijaditas de muchos colores y tamaños. En el centro hay un montón de mostradores donde sirven la comida “de verdad”. 7 mostradores, cada uno con su letra (de la A a la G). Y por otra parte, está la caja. La cosa es que vas a la caja, haces tu pedido, lo pagas y con el ticket vas a los mostradores correspondientes a recoger tu comida. Vale. Ahora hay que pedir, y ahí estamos los dos, mirando un interminable menú en el que no entendemos ni una sola palabra. Preguntamos a un par de personas de las que andan por ahí pululando a ver si nos explican qué podemos pedir. No english. Al final, aparecen un par de chicas que se apiadan de nosotros y nos echan una mano. Pedimos un par de coca-colas, un Samosa Chat (¡¡) y un Paw Bhaji (¡¡). 140 rupias en total. La situación es divertida. Las coca-colas se piden en el mostrador A y las comidas en el D y el F, o algo así. Haces cola, das el papelito y ves cómo lo preparan delante de ti. Encontrar una mesa libre en todo el local se convierte en una odisea, es como estar en el medio de un hormiguero. Borja hace lo que llama “el truco del guiri”, que básicamente consiste en preguntar a un encargado dónde nos podemos sentar, jaja, y al final conseguimos un sitio. El Samosa Chat es una especie de empanadilla (Samosa), rellena de yo-qué-sé, que se rompe en trozos y se le van añadiendo cucharadas de un montón de bandejas: una especie de lentejas, una salsa blanca (parece bechamel pero está muy dulce), una salsa roja que pica, una salsa verde, unos pellizcos de cuatro especias de distintos colores, una especie de frutos secos y unas hierbas. A Borja le parece una explosión de sabores diferentes que pica y creo que es una buena definición. Me encanta. El Paw Bhaji es una bandeja con dos panes abiertos, como de hamburguesa, pero dulces, y dos compartimentos, en uno hay cebolla picada y en el otro hay una especie de salsa de tomate con verduras. O algo. Lógicamente, abrimos, echamos el relleno dentro, cerramos y comemos. Hmm. Qué rico. Esto de entrar en los sitios en los que sólo entran indios es lo mejor que hay.
Una vez más se pone a diluviar y volvemos en metro hasta el hotel. Hoy le estoy dando al paraguas un estreno por todo lo alto. La estación está absolutamente hasta arriba de gente. El tren tarda un rato en llegar. A su vez, también está hasta arriba de gente, con lo cual meterse dentro se convierte en un tremendo desafío físico. Empujamos, apretamos, empujamos, apretamos, conseguimos meternos y hay gente que se queda en el andén porque por mucho que apretemos no cabe un cuerpo más. Las puertas se cierran rozándonos el culo. Estamos absolutamente embutidos ahí adentro. Jajaja. Nos podríamos desmayar y no se daría cuenta nadie. Hay una parada antes de la nuestra y estamos pegados a las puertas, afortunadamente sólo bajan dos personas (y sube una). Es surrealistamente divertido. Sobre todo cuando nos damos cuenta de que al llegar nuestra parada, Park Street, la puerta que se abre no es la puerta contra la que estamos pegados, sino la del otro lado. Aún no comprendo cómo es posible que llegáramos –casi colgados de la barra del techo- antes de que se cerraran las puertas. Nos partimos de la risa.
Ya de vuelta en Sudder, cojo el ordenador y nos vamos al Raj’s a tomar otra coca-cola y dar una vuelta rápida por Internet. Luego, llegan las chicas con las que está viajando, parlamos un rato, me tomo una Fanta y un crêpe con chocolate y ya he echado el día.
No es un sueño ni profundo, ni constante, sé que me despierto de vez en cuando, pero sí reparador. No me gusta mucho cómo suena mi tos. Eso me recuerda a un tipo al que me encontré ayer en el café, mientras desayunaba. Se me olvidó mencionarlo en el diario y me ha venido a la cabeza. Ramón. Creo que está dando la vuelta al mundo con otros tres amigos, un plan sencillito. Lo conocí trabajando en Prem Dan y ya llevaba un tiempo sin verlo. Me dice que es el primer día que se levanta después de seis días sin moverse de la cama, con fiebre alta y sin comer nada. Tan sólo sus dosis de suero. Su primera comida es una napolitana de chocolate, pero es incapaz de terminarla, tan sólo se come un trocito. En teoría, tienen que retomar el viaje, pero sólo en teoría, visto cómo está el amigo. Cogido con alfileres. Los contrastes de temperatura con el calor terrible y los jodidos aires acondicionados, la concentración de bacterias por todas partes, el pasar húmedos la gran –grandísima- parte del día… Pongo mis barbas a remojar. Y cruzo los dedos. Por eso no me gusta cómo suena mi tos.
Cuando llego a Prem Dan esta mañana, otra vez el primero -cacé el bus al vuelo con el amigo Pablo-, me fui a la cama en la que dejé al chico roto el miércoles. Nadie. Un paseo por el patio para ver si por casualidad… Nadie. Le pregunto a una sister y me dice que el hombre murió ese mismo miércoles. Dos horas duró desde que le dejé en aquella cama. La vida en Calcuta tiene el mismo valor que un chicle. Hoy es el último día de trabajo de mis amigos Wayne y Wang. Los echaré de menos. Como tienen permiso, nos hacemos una fotos muy divertidas. La colección de fotos de Miguel, dice Wang. A eso de las diez, empieza a llover, así que toca replegarse y meter en el edificio a todos los enfermos discapacitados. Una movida. Cae lo suyo durante más de una hora. El resto de la mañana no ofrece más novedades. Sí, es rutinario, claro. Pero es así, simplemente.
Como en la calle con Pablo, Martina, Ricardo y Vinma. Arroz frito con verdura. 17 rupias (unos 30 céntimos, creo que es mi récord). Sin tiempo para descansar, tan sólo cambiarme de camiseta, nos vamos los cinco (bueno, en realidad, Vinma se une bastante más tarde) a la casa de Tagore. Un lugar tranquilo, interesante y bien cuidado. Luego, vemos el palacio de mármol –desde fuera-, visitamos la calle de los picapedreros y nos vamos en tranvía –mola- a Kumartuli, el barrio de los escultores. Los talleres son espectaculares y se ve el proceso de la elaboración de las figuras que, de alguna manera, son las equivalentes a las fallas españolas, pues se preparan durante un año para una tremenda celebración religiosa, la “puja”, durante la cual se exhiben por las calles y acaban destruidas en el río. Y vuelta a empezar.
En estos talleres, primero se hace un armazón con bambú y mimbre, luego se recubre con arcilla, se modela y, finalmente, se pinta. Muy interesante.
Mi cuerpo nota que no ha habido descanso, me voy deshinflando por momentos. Volvemos a tomar el tranvía, en medio de la hora del atasco, para volver a nuestra zona. Durante el viaje de vuelta no decimos ni mú. Estamos fundidos.
Lavo ropa, me ducho, acabo de escribir la entrada de ayer, que está a medias, y me voy al Raj’s a comer algo –un huevo frito con patatas, para variar- y a hacer mi ratito de Internet.
Antes de volver a la habitación, veo un rato a mi amigo Wang. Tiene pensado que nos juntemos unos cuantos para tomar unas cervezas y celebrar su despedida. El alcohol en la India es muy poco accesible, no lo venden en la mayoría de restaurantes –como en el Raj’s, el Fresh o el Blue, por ejemplo-. Nos vamos a una tienda –llamémosla licorería- donde te venden bebida a través de unas rejas, una cosa muy rara, vamos. Hay cola en la calle. Wang compra una caja de cervezas, pero le digo que lo de las celebraciones no es lo mío, me despido y me vuelvo a la habitación a seguir escribiendo, que mañana hay que madrugar.
Antes de ponerme a la tarea, me pego un gigantesco vuelo leyendo un pequeño cómic, descargado desde El País, sobre Origen –Inception, la próxima obra de arte de Chis Nolan-. Impresionante. Me deja extasiado. Pero acaba y vuelvo al ruido y al calor del mundo real.
Me despierto a la una y pico de la madrugada. Me despiertan unas voces, para ser exactos. Me levanto y me encuentro un enorme camión delante de mis narices y un montón de tíos, como diez, cargando, a mano, una interminable pila de fardos. Uno por uno. Esto va a ser una conspiración para que no descanse. Me imagino a Kafka agitándose, inquieto, en su tumba. Pierdo la noción del espacio, el tiempo, el calor y el cansancio.
Como imagino que ustedes le estarán cogiendo las vueltas a todo esto, apuesto que pueden anticipar qué es lo siguiente que me sucede. Sip. La música del chiringuito se pone a tronar a las cinco y media. Estaba escrito. Frente a mi ventana se concentra un microuniverso. Hay gente durmiendo –viviendo- encima de la acera, está la mierda de altar construido alrededor de un árbol, detrás de una reja hay un edificio moderno, como de oficinas, con el acceso vigilado por un par de guardias de seguridad, hay perros callejeros, hay cuervos, hay árboles, hay vehículos que pitan…
Existe un dicho muy español con el que me identifico plenamente y creo que es una frase que repito con cierta asiduidad: AL MAL TIEMPO, BUENA CARA. No sé si es algo muy típicamente español o no, pero aunque gruño mucho y tengo ese espíritu cínico y ácido, mi tendencia natural es afrontar las cosas con tranquilidad, paciencia y espíritu positivo. Dejo que la luz entre en la habitación y me pongo a leer. Por cierto, ya acabé el primer libro, “The Clinic”, un thriller facilón de Jeffrey Archer y ya estoy con el segundo: un tocho de Clive Barker, “Sacrament”. Sí, me ha dado por leer en inglés este verano, así mato dos pájaros de un tiro: el oral y el escrito.
Supongo que ustedes han visto esa peli ñoña y un tanto surrealista titulada “El show de Truman”. Bien, pues hoy he tenido el mío. Ha sido sentarme en la cama para levantarme y ponerse a llover. Sincronizado. Da igual, buena cara, me ducho, me pongo una ropa que no es la de todos los días y, a eso de las diez y algo, me voy al Raj’s a desayunar y leer un poco en Internet. [Así que le estáis contando mis aventuras a mi sobrino Dani. Ja, sí que es buena…] Me tomo café, lassi, algo así como un batido natural, de papaya, croissant y rollito de canela. Con el Internet incluido, pago como dos euros y medio (150 rupias, un día es un día).
Luego, paso por el hotel para dejar el ordenador en la habitación y me lanzo a recorrer el norte de Calcuta, la aventura de hoy. A los pocos minutos se pone a llover, así que me voy al metro y me bajo como cuatro estaciones más allá, más al norte. Camino por los pasillos y cuando llego a la salida está bloqueada por una muchedumbre. Afuera diluvia para dar y regalar. Vale, yo hago como los indios, esperar. Como ya le voy cogiendo el rollo a la ciudad, me monto la película de que es un chaparrón de cinco minutos… Y una mierda. El tiempo pasa y pasa y pasa y sigue cayendo el auténtico diluvio y yo allí metido en medio de un montón de indios. Viendo llover. Me cago en Truman. Por un momento, parece que la cosa amaina y aprovechamos para salir en tromba –casi cualquier cosa con tal de salir de allí, que la cosa ya se estaba volviendo claustrofóbica-. En realidad no deja de llover ni de coña, incluso caen un par de relámpagos gloriosos bastante cerca, con sus respectivos patapúm (patapúm p’arriba, que diría Clemente). Al rato, ya estoy empapado de arriba abajo. A la mierda. Menos mal que siempre llevo en la mochila una especie de bolsa o sobre de plástico, con un cierre especial que sirve para proteger documentos, mapas y cosas así. Allí meto la cámara y la bolsita con la documentación y el dinero cada vez que llueve. Asumo que he perdido la mañana y entro en el metro, de nuevo, para volver a la habitación. Estoy realmente cansado, así que tampoco me viene mal. Y adivinen qué…, en cuanto me siento en la cama, deja de llover y sale el sol. Chúpate ésa. Esta vez, me pongo a leer y no consigo dormir, no sé por qué. Me quedo en una especie de limbo extraño.
A lo largo del medio-trance, llego a la conclusión de que, en realidad, no he venido a la India a descubrir nada ni a llenarme de nada, sino todo lo contrario, he venido a vaciarme, a limpiarme de todo lo que me sobra, así estaré preparado –receptivo- para todo lo que me vaya sucediendo a mi vuelta. Una buena manera de aprender a valorar lo que tengo.
A eso de las cuatro y pico de la tarde decido que, aunque estoy molido, voy a hacer mi ruta prometida por el norte de la ciudad. Y camino y camino y camino con dirección a una zona de la ciudad llamada “Salt Lake”. Tengo curiosidad por saber qué es. Así que atravieso calles abarrotadas, atascos monumentales y sigo caminando. Dejo atrás calles anchas y calles estrechas, mercados, templos, edificios que se caen a trozos… Hablando de mercados, aprovecho el paseo y, para la próxima tromba, me compro un paraguas por 100 rupias (algo más de euro y medio). Y empieza a atardecer y no me detengo. No sé cuántas horas llevo andando porque no he cogido reloj. Pierdo la noción de todo, para variar. Estoy agotado. Empieza a hacerse de noche y atravieso un pequeño río. Y continúo andando. Carreteras, caminos llenos de barro, chabolas-chozas hechas con cuatro trozos de madera y una lona. Un tráfico del demonio. No sé dónde estoy, pero ya que he llegado hasta aquí, no es cuestión de echarse atrás. Sigo caminando una eternidad. Y llego a mi destino. Salt Lake no es una zona que haya que visitar, eso me queda claro desde el principio. Es una mezcla entre polígono industrial, con calles muy anchas y algunas naves, y una estructura peculiar (sector 1, sector 2, sector 3…) y zona residencial en la que sólo hay viviendas. Nada que visitar. Camino un buen rato por la zona y compro agua, al menos así no me deshidrato. Ya es totalmente de noche y estoy lejísimos de mi sitio. Cuando empiezo a temerme que voy a tener que buscar un taxi y rascarme el bolsillo a base de bien, encuentro una parada de autobús, pregunto y resulta que hay una línea que sale del aeropuerto (Salt Lake está en esa dirección) y me deja en “Esplanade”, muy cerca de Sudder. 7 rupias. Perfecto. El viaje es eterno, pero me da igual, me siento y me quedo flotando un buen rato. Aquí me las den todas. Por cierto, el autobús para a echar gasolina en mitad del trayecto (?), me mandan levantar de mi asiento (?), lo desmontan (?) y allí debajo está el depósito (?), meten la manguera por la ventana (?) y proceden. Jaja. Peculiar, como casi todo en este país.
Antes de desmayarme en la cama, paso por el Fresh y me tomo unos noodles con verdura, pan y sprite por alrededor de un euro. Cuando llego a la habitación, no sé qué hora es ni me molesto en mirarlo, simplemente desconecto.
La noche no es para tirar cohetes, mi cuerpo sigue alzado en armas, se pasa la noche agitándose y revolviéndose. El sueño es espeso e intermitente. Desayuno neobrufen con galletas. Salgo a la calle y me doy cuenta, con alivio de que me siento mucho mejor que ayer. Me encuentro a Ricardo y Martina y hacemos el camino juntos. Definitivamente, me siento lleno de energía comparado con los días anteriores, creo que es porque hace menos calor (o un calor un poco más soportable). Todo fluye mucho mejor así. Levanto montones de ropa mojada, levanto pesados cubos de agua, levanto a alguna que otra personica para bromear. Estupendo. Después del despliegue físico, un poco de barbería. Me toca afeitar a un tipo que tiene unas tremendas cicatrices en la cara, pero la cosa funciona bien.
Después del descanso, ayudo a servir y a recoger la comida y hago el servicio de recogida y entrega –a sus catres- de hombrecillos en silla de ruedas. No hay ni una silla que funcione bien, pero nos las vamos apañando. Más o menos. Cuando estoy a punto de dar por finalizada la cosa, veo a un voluntario, de los nuevos, atendiendo a alguien que está tirado en el suelo, en el patio trasero –el patio de las moscas, lo llamo, no les doy más pistas-. Me ve y me pide ayuda. Hay un hombre, uno de los internos, que está desmayado. Es un tipo grande, puede que mida un metro noventa o algo así, que es muy raro para un indio. Está demacrado, en los huesos. Tiene un ojo cerrado, como si tuviera una infección. Un hilo largo de baba cuelga de su boca. Voy rápidamente a por una silla de ruedas, mientras alguien lo limpia con un trapo húmedo. El pobre es un muñeco inerte, se le cae la cabeza, se le caen las manos, de hecho tenemos cuidado para que no se le enganchen en las ruedas de la silla. Las caras de unos voluntarios que están acabando de recoger son bastante elocuentes. El otro muchacho y yo nos miramos, “este tío está fatal”. Lo llevamos hasta su cama y me pregunto, sinceramente, si estará vivo para el viernes.
A menudo pienso que, aunque estoy viviendo experiencias que me parecen bastante fuertes, para alguien que trabaje en una residencia de ancianos o en un hospital, por ejemplo, son simplemente rutina, así que procuro no magnificar nada, no darle a las cosas más importancia de la que en realidad tienen.
Tras el viaje en rick, me voy a comer platos vegetarianos al Blue con mi amigo Pablo y retomo mi rutina de colada-ducha-lectura-siesta. Deliciosa.
Pablo es una de esas personas a las que observas -lees su lenguaje corporal-, luego hablas con él dos minutos y tienes la absoluta certeza de que es una buena persona. Me siento afortunado, una vez más.
De vuelta a la realidad, me doy un paseo por Park Street para localizar el cementerio de South Park. Sí, se llama así de verdad y, por lo que sé, no es un cementerio para dibujos animados cabrones. Mañana quizás me acerque a visitarlo. Será de los pocos lugares tranquilos y silenciosos de toda Calcuta.
El calor aquí es insoportable, pero es lo que es, no hay nada que hacer. De hecho da la impresión de que por allá también os estáis llevando lo vuestro, o sea la del pulpo (no el adivino, el otro). Todavía habrá algún ex de medio pelo que siga manteniendo que lo del cambio climático y el calentamiento global son cuentos. Tendría que contar más bien, cuánto cobra de la industria del petróleo.
En fin, a lo que voy es que el calor es inevitable, sin embargo, creo que lo que más me revienta de este lugar es el ruido. Es infernal. Y eso sí es evitable. Es decir, HAY RUIDO PORQUE LES DA LA GANA A UNA PANDA DE GILIPOLLAS. Los que hacen ruido y los que no tienen huevos para evitarlo. La misma asquerosa epidemia que en España –y olé-. Los pitidos de los coches son una tortura 24 horas al día. Terrible. Son pitidos largos y repetitivos que se te meten en los oídos. Una verdadera maldición. De buena gana sacaría a algún gañán de su vehículo, de los pelos, y lo patearía íntegro, de la cabeza a los pies. Para que pites a tu puta madre.
Los pitidos en la India siguen más o menos el mismo esquema que la cadena alimentaria. El vehículo grande le pita al pequeño. De esta manera, digamos que el que se compra un enorme todoterreno –aquí y en todas partes- se cree que la pasta que ha pagado le otorga privilegios exclusivos, así que pita (pitidos descomunales de aquí-estoy-yo) a la furgoneta, al coche grande, al coche pequeño, a la moto grande, a la moto-rickshaw, a la moto pequeña, a la bici-rickshaw y, por supuesto, al pobrecillo que tira del carrito a pie, que, al estar en la base de la pirámide, es a quien absolutamente todos pitan, insultan y humillan siempre que tienen ocasión, claro. He llegado a ver a un policía bigotudo soltarle un tremendo leñazo en las costillas a uno –con un palo que siempre llevan, por eso los llamo los tíos de la vara- por molestar al hacer un giro. Luego están los autobuses, que –también aquí y en todas partes- hacen lo que les da la gana. Por cierto, aún existe alguna línea de tranvía Digo aún porque el tranvía está en las últimas, es un aparato abollado, mugriento y descacharrado que hace glin glin. Es para verlo.
Después del paseo, me hago mi rato de Internet mientras me toca escuchar las chorradas de todos los españoles(as) que cuentan su vida a voces por el Skype. Porca miseria.
Me voy al diminuto Fresh and Juicy (5 mesas y 18 sillas, para ser exacto) a comer una hamburguesa vegetal con patatas fritas y zumo natural de lima y la suerte quiere que al rato entren Martina y Ricardo con una chica de Hong Kong y, unos minutos después, aparezca Pablo con Michelle, una mujer americana que vive en Italia, así que acabamos cenando los seis tan ricamente. Después de la cena, nos sentamos en la calle y pedimos un té en un puesto callejero. Lo sirven en unas diminutas cazuelitas de barro que luego se tiran contra el suelo. 5 rupias (menos de 10 céntimos).
Me sucede una cosa curiosa que me gusta mucho. La gente me mira de reojo, piensa “este tío que va a su bola…” y no consiguen adivinar de dónde soy. Muy pocos aciertan a la primera. Para rizar el rizo, aparte de hablar en inglés habitualmente, de vez en cuando contesto a alguien en francés. Hagan sus apuestas…
Así acaba mi jornada. Mañana no hay que madrugar y, además, es el famoso día internacional del voluntario, habrá celebraciones y actuaciones en la Mother’s House, pero yo estaré disfrutando de un plan alternativo.
Sigo sin dormir bien, no sé qué demonios pasa. Primero, tardo un montón en conciliar en sueño, luego me despierto una y otra vez, como si mi propio organismo me negara. ¿Una especie de huelga de funcionarios –íntima y celular- para protestar contra las espantosas condiciones a las que estoy sometiendo a mi cuerpo? Si no encuentro la manera de descansar bien por las noches, estoy acabado. Al menos esta mañana no suena la música de chichinabo. Menos da una stone. Me doy cuenta de lo difícil que es mantener una herida seca para que cicatrice bien con este clima del demonio. Pero bueno, como dirían precisamente los Stones, jeje, Let it bleed. Deja que sangre.
Arrastro mi cuerpo hasta la calle. Me siento como si me hubieran dado una paliza. Sigo con congestión nasal. La mañana se me vuelve a hacer eterna. Hago la colada y echo unos cuantos cubos de agua para limpiar el patio. El calor es un peso muerto, muy muy muerto, no se puede estar al sol más de cinco minutos. Después de afeitar a unos cuantos hombres, empiezo a economizar energía seriamente. Creo que mi tensión está alcanzando mínimos históricos. Me tumbo a la sombra como un perro. Bebo un par de tazas de té en el descanso. Y descanso. No puedo con mi alma. A todo esto, mis zapatillas mueren, tienen la suela totalmente despegada. Llega la hora de repartir la comida y comienzo a remontar. Recupero un poco de energía, así que me activo y me paso un rato repartiendo gente por las camas en una silla de ruedas que está en las últimas. Estos pobres hombres no pesan nada, los levanto como si fueran muñecos.
Hoy conozco a un hombre español muy amable llamado Pablo. Profe de secundaria. Educación Artística. Pinta cuadros. Curiosamente, vamos a hacer juntos la vuelta: mismo día, mismo vuelo. Ya se nos ocurrirá algún plan.
Después del paseo en Rickshaw, nos vamos a comer –mis dos amigos italianos, Ricardo y Martina, con dos coreanos, Li y una chica, Vinma- a un restaurante con aire acondicionado que sirve especialidades de Bengala. Tardan mucho en servirnos, así como más de media hora, pero se está fresquito y nos encontramos de buen humor. Los muchachos se atreven con un plato de guindillas que anda pululando por ahí. Muchas risas.
Bueno, finalmente, lo he hecho, he conseguido comer con las manos, nos hemos puesto a ello los cinco, como todos los comensales del local, y ha sido una experiencia divertida. Los italianos –que, por cierto, también se definen como atípicos, igual que yo- le están cogiendo el gustillo y dicen que casi prefieren ya comer así que con cubiertos. Yo sigo teniendo mis dudas, pero me he sentido menos incómodo de lo que me imaginaba. A todos nos ponen un plato de arroz, como base, y luego pedimos unas cuantas fuentecitas: yo sigo comiendo vegetariano, que en este país es una verdadera delicia, así que me echo platitos con revueltos de verdura, lentejas y cosas así. Mezclo la verdura con el arroz utilizando los dedos y a comer. Se puede decir que hoy me he chupado los dedos. La comida nos cuesta 110 rupias por cabeza, apenas un par de euros.
Una vez en la habitación, leo un rato y caigo en los brazos del agotamiento durante unas horas. Estaba escrito. Jamás en mi vida había dormido tantas siestas seguidas, pero aquí es una cuestión de supervivencia. Me doy una vuelta por el barrio y compro mis nuevas zapatillas. Unas Adidas. 1750 rupias, como treinta euros. En el supermercado compro cosas para picotear. Me encuentro con Ricardo y Martina y cenamos en la calle. Yo me como un arroz con berenjena que hace furor por 30 rupias (50 céntimos). Luego, a eso de las ocho, me voy a mi rato de Internet, acompañado de té helado. 50 rupias. Todo en orden.
Me fijo en mis automatismos. Todas las mañanas me pongo la misma ropa, la que lavo a mediodía, para ir a trabajar. Al salir a la calle bajo la basura –botellas de agua, básicamente-. No consigo acostumbrarme a que no haya papeleras, así que hay que tirar las cosas en la calle. Al menos, por las mañanas están barriendo y limpiando, así que puedo dejar la basura en una montonera. Todos los días compro agua en la misma tienda, al lado del Mother’s, antes de salir hacia Prem Dan, y por la noche, antes de volver al hotel. En Prem Dan, dejo la mochila en el cuarto de los voluntarios y me voy al lavadero a ponerme el mandil y colocarme en mi pila. Siempre enciendo el ventilador y me quito la ropa en cuanto entro a la habitación (a mediodía, colada y por la noche, me pongo a escribir). Pequeñas rutinas.
Una de las cosas de las que más me estoy dando cuenta es de lo mucho que me cuesta planificar. Soy patológicamente incapaz de mirar “más allá”. No existe ni el ayer ni el mañana. Me limito a construir castillos de arena. Especialidad de la casa. Lo digo porque debería empezar a pensar en alguna escapada que me saque de la rutina, pero siempre lo dejo para más adelante. El “ya veremos” como consigna.
En fin, son casi las diez de la noche, las seis y media de la tarde en España –y olé-. Me voy a la cama –es un decir, porque de todas las maneras, escribo en la cama-. Con un poco de suerte, a lo mejor hasta descanso.
Vuelvo a dormir fatal, estoy incómodo, doy vueltas, paso mucho calor. Por la mañana me paso un rato estornudando. Tengo mocos. Ya sería divertido pasarme todo el día boqueando como un pez fuera del agua, muerto de calor, y pillarme un resfriado. Venga ya. A las cinco y media suena el chiringuito. Me da igual, porque llevo media hora despierto, pero le miento al tío toda su puñetera familia: cercana, lejana, política… Es una cuestión de principios. Lavo la ropa de ayer por la noche, me ducho, me afeito y vuelvo a echarle alcohol a la mano. Una experiencia muy colorida.
La experiencia cíclica de todos los días: paseo hasta la Mother’s, té, saludos a la comunidad oriental… Hoy hago un par de cosas que me apetecía hacer. La primera es coger un autobús en marcha, pues desde el principio me ha fascinado esa manera de coger el autobús que tiene a veces esta gente. Hay un tipo en la puerta –trasera o delantera- con el cuerpo fuera, que va “cantando” el recorrido del autobús y en algunos casos la gente le pregunta, comprueban que les viene bien, corren detrás y pegan un salto para agarrarse a la barra y entrar. Pues eso es lo que hicimos mi amigo Wang y yo esta mañana, vimos el autobús desde lejos, nos pegamos una carrera y montamos en marcha, de un salto. Me ha encantado. Mi colega tenía cara de susto, pero la cosa funcionó como la seda, de hecho, a lo mejor a partir de ahora espero a que los autobuses arranquen para poder cogerlos en marcha, jaja. Fuimos, pues, los dos únicos voluntarios en cogerlo y los dos primeros en Prem Dan, los demás esperaron al siguiente. Me pongo guantes para proteger la herida de la mano. Viva el látex, jaja. Mantener la herida seca es una verdadera odisea, prácticamente misión imposible, pero bueno, no perdamos la esperanza.
Hoy el calor es como un martillazo. Estoy afeitando a mi clientela en el patio y de repente sale el sol y noto cómo la energía se me escapa a borbotones, pero tampoco es cuestión de dejarlos a medias… Ag. Me tengo que sentar un rato a la sombra porque entre el calor y lo poco que he dormido se me pueden fundir los plomos. Me paso el descanso muy tirado. Las mañanas son largas cuando estás cansado. Aún así, la mañana transcurre sin grandes novedades. Hoy conozco a otro italiano –la comunidad italiana ya cuenta con tres miembros- llamado David, otro kamikaze que ha venido solo a la India y hace la guerra por su cuenta. No está mal.
Al final de la mañana, nos hacemos nuestro divertido viaje en autorickshaw de todos los días. Comemos 10 personas –tres italianos, dos españoles y cinco asiáticos- en el Blue Sky, que tiene aire acondicionado y se agradece. Arroz con queso, pan con ajo y agua, unas cien rupias –euro y pico-.
Cuando llego a la habitación hago la segunda cosa que me apetecía hacer: tal es la cantidad de mugre que llevo encima que me pego una ducha con ropa, así puedo frotar más fácilmente –con el jabón lagarto- los lugares más sucios. Estupendo. Después de la colada alternativa, me pego mi ducha de verdad, le vuelvo a echar alcohol a la mano, shhhhh, me tumbo bajo el ventilador y ya no hay energías para más florituras, me quedo dormido como una hora.
Me doy cuenta del motivo por el que me relaciono mucho mejor con los orientales: porque son extremadamente educados. Tienen esa manera discreta, amable y respetuosa de hablar y de actuar que les alejan diametralmente del “spanish lolaylo”. Aquí ves a lo lejos un rebaño de chicas soeces dando voces, con su disfraz hippy-facebook y el cigarro en la mano y puedes tener la total y absoluta seguridad de que son españolas. No falla, denominación de origen. Spain is different. No es que no haya otros perfiles de españoles, que los hay, afortunadamente, pero éste canta por peteneras y es demasiado frecuente para mi gusto.
Me pego mi paseíto diario por las calles del barrio, mi hora de Internet y vuelvo al Blue Sky, una vez más, a cenar con oriente. Arroz con verduras, agua y una especie de pan frito -que no me ha gustado- por otras cien rupias. Antes de retirarme a la cueva a escribir, hablamos de escritura y literatura: Cortázar, el Quijote, Kundera, Salinger...
Tengo que informarles de que este INDIARIO ya ha alcanzado, en unas tres semanas, las 1000 visitas, así que gracias a todos aquellos que me leen, me animan, me dan empujoncitos y me ayudan a que la cosa siga en marcha.
Por cierto, hoy he leído un artículo de Vincente Verdú que habla sobre esa tendencia gregaria que tiene el ser humano, ese placer por formar parte de una multitud, cuanto más grande, mejor, lo mucho que nos interesa la existencia de los demás. Lo leo y todo esto me es tan ajeno como si estuviera leyendo un artículo sobre el comportamiento de los insectos de la Patagonia. La masa, la anti-inteligencia, me produce una tremenda fobia. Huyo de ella siempre que puedo. De hecho, últimamente me dedico a esquivar celebraciones: un encuentro de no sé qué, el centenario del nacimiento de la Madre, el día internacional del voluntario. Hace muchos años que no tengo nada que celebrar, así que, no contéis conmigo, cerrado por vacaciones.
Dice más adelante el artículo que la felicidad sólo está directamente relacionada con un factor: la comunicación con los demás. O sea, que estoy jodido, vamos. Jajajaja. Está claro que tengo empañadas las neuronas espejo porque mi empatía acostumbra a brillar por su ausencia. Pero el día menos pensado saco el limpiacristales y las dejo como los chorros del oro…
En fin, es hora de descansar. Mañana más.
A las cinco y media vuelve a sonar a toda castaña la música del chiringuito religioso este de mierda. Yo también sueño con una cerilla y un bidón de gasolina. Adiós dios. En fin, santa paciencia. Me siento cansado, con la impresión de haber dormido mal, de haberme despertado un montón de veces (ruido, calor…). Cosas de la India. Es domingo. Me cuesta ubicar en qué día de la semana vivo porque todos los días son iguales –menos los jueves-. Después de remolonear un buen rato, tiro de mi cuerpo hacia arriba y me pongo en marcha. Me apetece un poco de actividad, a pesar de todo.
Por el camino, de vez en cuando alguien me dice good morning, pero yo escucho más bien “good money”. Por ahí van siempre los tiros.
En Prem Dan, un par de personas me preguntan cómo es que no fui el día anterior. Hm, no paso tan desapercibido, finalmente. Hace mucho calor. Me siento bien con mi colada, mis afeitados y toda la confortable rutina. Sudo, me río, me empapo mientras lavo, dejo que los desheredados me toquen.
Sigo pensando que el proyecto-Teresa tiene un buen fondo, no está mal eso de amar al prójimo, sobre todo al necesitado, pero le falta muchísima pegada. Se trata de una institución sólida, respetada, prestigiosa, que se promociona sola y que cuenta con un brutal potencial humano –y supongo que económico-. Suficiente para causar un pequeño terremoto, si quisieran. Pero la iglesia –a pesar de lo que predica- siempre se ha sentido más cómoda sentada a la mesa de los poderosos. Nos dedicamos, pues, a hacer compañía y a lavar ropa y cacharros. Qué lejos nos queda la revolución.
Me voy a comer con la comunidad oriental al Fresh and Juicy. Verdura al curry, coca-cola y pan con queso y ajo por ochenta y pico rupias. Descanso un rato –de hecho, estoy molido y me quedo dormido como un cuarto de hora-. Afuera se pone a llover. Lavo la ropa y me lanzo de nuevo a la calle. Ya no llueve. Voy a acompañar a mi amigo Wang –que, por cierto, es chino, el coreano es Li- a Kalighat, a la casa de los moribundos. Bajamos al metro y registran nuestras mochilas, como siempre. Lo primero que llama la atención de la primera –y emblemática- casa de la madre Teresa es su pequeño tamaño. Una sala para hombres y otra para mujeres. La gente está tumbada en pequeñas camillas colocadas en el suelo, en tres filas, a medio metro las unas de las otras. Los enfermos no se mueven de su sitio, como si no esperaran ya nada. Un lugar para morir. A veces llegan bocanadas de olor a orines. Camino por el pequeño pasillo que queda entre los camastros, desde donde me observan ojos grandes en rostros demacrados. Veo algunas heridas enormes, frescas y brillantes. Dark side of India.
Paso al lavadero. Parece ser que el edificio es una parte del antiguo templo de Kali –donde sacrifican a las cabras y todo eso-. La estructura es interesante. Me pongo a lavar y escurrir. Lavar y escurrir. Lavar y escurrir. Las pilas de agua están en el suelo, como pequeñas piscinas, así que me dejo la espalda en el proceso. Lavo ropa durante algo más de media hora. Cuando acabo, me está sangrando un poco una mano, la izquierda, mal negocio en un foco de infecciones. Me lavo con jabón y me pongo unos guantes. Les pongo crema con mucho cuidado a un par de enfermos –uno de ellos ciego- a los que la piel prácticamente se les cae a cachos. No se quejan y uno de ellos, el que me ve, me sonríe cuando acabo.
Hay un hombre con un pie amputado y el otro en carne viva que aúlla mientras la enfermera le está curando. Veo personas que son verdaderos manojos de huesos. Me pregunto cuántos son enfermos de sida.
A eso de las cuatro, ayudo a repartir la cena y luego ayudo a recoger, a fregar y a colocar cacharros.
No ha sido tan duro, finalmente, pero hay una mujer que me cuenta que el día anterior fue terrible porque estuvieron como dos horas sacando gusanos de la cara y de los ojos de una mujer. La debieron encontrar como en un basurero medio devorada por los bichos. Aún viva. En algunas partes de sus brazos no había carne, sólo hueso. EL HORROR, que diría Marlon Brando en Apocalypse Now. Menos mal que me lo perdí, no sé si habría tenido estómago para tanto.
Al acabar el trabajo, nos subimos a tomar el té a la primera planta, una terraza con vistas al colorido barrio de Kalighat. Magnífica. Mi amigo Wang y yo nos relajamos y hablamos de cine. Me siento en la cornisa, con los pies por fuera y en dos minutos docenas de ojos me están observando desde ahí abajo. Sin contar con las docenas de cuervos que me observan desde arriba.
Yo vuelvo otra vez andando –Wang está que no se tiene en pie del cansancio y vuelve en metro-. Miro y me miran. El juego de siempre. Campeones del mundo. Ya no hace tanto calor, ha quedado una tarde nublada y casi soportable. Casi. Me siento libre. Cansado, pero libre, flotando en una especie de magma pegajoso. Vivo con diez euros al día –incluido el hotel-, no tengo tele, no tengo música, no tengo aire acondicionado y me muero de calor. Estoy encerrado en mí mismo, apenas hablo con nadie unos minutos al día. Me paso el día sudado, con la ropa sucia y las zapatillas al límite de su aguante. Y tengo la impresión de que algún día recordaré con nostalgia esta sensación de abandono absoluto.
Llego a Sudder Street y me doy el único lujo asiático que me permito todos los días: mi hora de Internet. 20 rupias (treinta y pico céntimos). Me voy a una especie de pastelería (Kathleen) y me compro tres empanadas de verduras y una caña de crema por un euro aproximadamente. Hora de cenar y escribir en la habitación. Las heridas cicatrizan muy mal en la India, esa combinación de calor y humedad no ayuda nada. Me lavo la mano con alcohol. Estrellas de colorines se despliegan ante mí. Guay, muy pop.
Decido que mañana volveré a Prem Dan. New Light puede esperar. Sentada. Fuck’em. La importancia de sentirse a gusto.
Se puede decir que ha sido un día sin historia. Me despierto a eso de las seis de la madrugada, lo habitual. Me siento bien, intestinalmente hablando, jaja. Como no voy a la Mother’s, puedo remolonear y leer un rato, como ayer. Decido afeitarme de manera drástica, fuera barba, perilla y toda la pesca, que para eso me paso el día afeitando a los paisanos, hay que predicar con el ejemplo. Cambio el look indigente por cara de buen chico. Hm, no sé qué prefiero.
Desayuno en Fresh and Juicy: zumo de granada, café con leche y pan tibetano con mermelada. Riquísimo. 67 rupias. Cojo el metro hasta Kalighat. Hay un montón de salidas y dependiendo de por cuál salgas tienes que coger una u otra dirección. Como la orientación es una de mis muchas taras, me pierdo y tardo un rato en encontrar Kalighat Road. Las calles están abarrotadas de mujeres con sus saris de colores (amarillos o anaranjados, la mayoría) que compran cosas en los mercadillos. Creo que hay una especie de celebración religiosa o algo así. Atravesar la muchedumbre con este calor insoportable se convierte en una odisea. Las mujeres en este país son jodidas, las ves desde lejos y parecen tiernas, pero en cuanto te acercas, te cosen a codazos y a empujones. Como John Stockton en sus buenos tiempos, vamos. Atravesar el mercado de Kalighat me deja exhausto y dolorido. Es un poco tarde, pero no pasa nada, no me esperan a ninguna hora. Cuando llego a New Light, me doy cuenta de que simplemente no me esperan. No hay niños, sigue allí el mismo tipo que ayer… Le pregunto con quien tengo que hablar y me dice que vuelva el lunes con un formulario relleno. Se me queda cara de tonto (afeitado).
Vuelvo a hacer a pie el mismo recorrido que ayer, desde Kalighat hasta Sudder Street, la experiencia es agotadora, pero mucho más amena, me siento más en contacto con la ciudad. Un calor terrible, terrible. Es como correr un maratón. Mis tatuajes hacen furor aquí, la peña se queda boquiabierta, igual que me sucedía en China. Muchos chicos me saludan con la mano y dicen “nice tatoos”. También me dicen “World Champion” cuando le digo que soy español. Jaja. Me como una hamburguesa vegetal por el camino y llego a la habitación roto. Por cierto, sí que traje talco junto a mi botiquín y me temo que me toca utilizarlo de vez en cuando porque las escoceduras hacen la guerra por su cuenta. Leo un rato y me quedo dormido como un muerto. Mis zapatillas de neopreno también empiezan a estar rotas, como yo, se despegan las suelas. Shit. Delante del hotel, en la acera, hay un zapatero, les dejo las zapatillas para que intente arreglarlas con pegamento. Sería estupendo que me duraran hasta el final, pero la cosa no tiene buena pinta, no me apostaré el culo. Me voy a hacer mi hora de Internet y a dar otro paseo. Echo una ojeada en unas cuantas tiendas por si me toca comprar calzado alternativo. No encuentro muchas sandalias medianamente buenas por menos de 2000 rupias, que en este país es una verdadera bestialidad al alcance de prácticamente nadie (aunque en España serían como 35 euros). Si veo que mis zapas no dan más de sí, tendré que rascarme el bolsillo, porque no voy a comprarme unas chanclas de plástico que me destrocen los pies, eso lo tengo claro.
Me encuentro con Ricardo y Martina, nos contamos nuestro día, cenamos en la calle – yo me como un exquisito arroz con patatas horneadas por 30 rupias-, quedamos en vernos mañana en Prem Dan y me vuelvo a la habitación a eso de las ocho de la tarde. Discuto con el zapatero porque me cobra cien rupias por el apaño (al principio me quería cobrar 150 y me negué). Más vale que funcione. Aquí la peña siempre intenta liarte y engañarte. 24 horas al día. Ag, qué pesadez y qué cansancio es esto de ir con cara de turista.
El día libre ya pasó, así que, vuelta a la rutina. Comienza la jornada a las seis y pico de la mañana y camino al Mother’s. Es un curioso paseo durante el cual la ciudad se despereza y se lava la cara. A lo largo de los 10-15 minutos que dura, veo a la gente asearse o lavar la ropa en una especie de fuentes, también hay hombres que siempre están lavando un montón de taxis aparcados en fila. Muchos aún duermen y otros barren las calles o empiezan a cocinar. O empiezan a mendigar ya desde bien pronto. Hay que decir que los mendigos de Calcuta son el Rolls Royce de la mendicidad, la créme de la créme, ese despliegue de gemidos, la agonizante entonación de las letanías, la posición de la cabeza, la mirada, la puesta en escena –los ciegos con los brazos apuntando al cielo, los muñones que aletean, las deformidades inimaginables…-.
Los engranajes chirrían pero la ciudad se pone en marcha. Siempre, a todas horas, hay ojos que me miran, muchos niños sonríen y dicen hello.
El trabajo en Prem Dan comienza como siempre, con una buena colada. Luego, investigo por la casa y encuentro el lugar donde hay maquinillas de afeitar nuevas, cojo una bic de una hoja, de esas naranjas y blancas y me siento como si me hubiera tocado la lotería. En cuanto salgo al patio, todo contento con mi maquinilla nueva, alguien me llama, no falla. Levanta la mano y se la pasa por el mentón. Vale, tío, te afeito, no problemo. A todo esto, quizás algún día de éstos tendría que afeitarme yo también, pero esa es otra. El caso es que acabo con el cliente y siempre hay otro que está con el ojillo de lince listo para ponerse después. También lo afeito. Y luego mi ciego, que está muy ido y no para de hablar solo, pero se ha convertido en una costumbre. Lo dejo niquelado. Y un cuarto cliente. Les gusta especialmente que les pase un paño húmedo por la cara cuando he acabado, cierran los ojos y se quedan tan contentos. Hoy estoy lanzado. Cuando voy a por mi quinto afeitado, comienza el diluvio universal nuestro de cada día. A lo bestia. La gente, que de tonta no tiene un pelo, ya había ido replegándose poco a poco porque se lo olía. Hasta los que no pueden andar, que mira que tiene mérito. Así que se pone a llover, metemos a los pocos que andan todavía por ahí y nos quedamos dentro del edificio, viendo cómo cae. Que es para verlo, porque aquí, cuando llueve, lo hace con toda su alma. El chaparrón dura como 15 minutos, durante los cuales, les repartimos el té y fregamos los cacharros. Las carreras del edificio al lavadero (para llevar vasos sucios o traer vasos limpios) son de película.
El resto del trabajo transcurre sin novedad.
Ya de vuelta a Sudder, me da por hacer una mikelada. Si hay algo que te dicen y te repiten desde el principio es “no comas en la calle”. Palabra de dios. Pero ves a la gente comer tan ricamente y además huele tan bien que es una tentación difícil de evitar, como todas las tentaciones, vamos. Mis amigos coreanos me proponen comer con ellos en un puesto de la calle y elijo uno de mis arroces con verduras y una especie de empanadillas vegetales fritas. Muy rico. 45 rupias. El único problema es que en la calle, sentados en un banco, hace un calor infernal; por lo demás, planazo.
Después de comer, vuelvo a la habitación a lavar la ropa y ducharme rápidamente y, de ahí, viaje en metro hasta Kalighat, igual que ayer. Mis amigos coreanos –Li y Wuang- y mi amigo de Hong-Kong –Wayne- van al hogar de los moribundos (hacen doble turno: por la mañana en Prem Dan y por la tarde en Kalighat), les acompaño y me lanzo, esta vez en serio, en busca de New Light. Sigo por Kalighat Road y después de un ratillo, el truco es entrar en un callejón muy estrecho. Allí busco y busco algún cartel, pero ni rastro de la asociación. Hasta que llega detrás de mí una niña chiquitina, me pregunta New Light?, le digo que sí, me coge de la mano y me lleva a través de una puerta, caminamos por un patio, un corredor, subimos unas escaleras y ya está. Como para encontrarlo yo solo, vamos.
Encuentro un pequeño local con rincones para dormir, jugar, pintar… hay armarios con material y niños pequeños correteando y jugando alrededor. Me gusta. Durante un rato hablo con un muchacho indio que trabaja allí. Bueno, más que hablar, hacemos lo que podemos para comunicarnos, pero, aparte de su apática actitud, su inglés es tan extraño que la cosa se convierte en una odisea. Aún así me explica por encima la filosofía del proyecto, que se puede resumir en una palabra: FUTURO. Eso es lo que lo diferencia del Mother’s House. Aquí a los niños no sólo se les saca de las calles y se les da alojamiento y comida, sino que se les proporciona una formación y una oportunidad para que sigan estudiando. También se les da –a ellos y a sus madres- atención médica gratuita. El muchacho me habla de otra casa para sacar de la calle a niñas en edad de riesgo. Creo que también se imparten cursos y talleres. Todo un señor proyecto, vamos. No sé si podré trabajar aquí, por lo que veo está muy centrado en voluntariado local –como es lógico- y el tío tampoco me aclara gran cosa al respecto, pero quedo en volver mañana por la mañana y hablar con uno de los responsables del centro.
Kalighat es un barrio, lleno de color, por cierto, que se encuentra en el extremo sur de la ciudad. Decido volver a casa andando, a pesar del calor. Me oriento por el sol y camino y camino y camino. Tengo como para una hora larga.
Podemos decir que España es un país de contrastes; es cierto en muchos aspectos. Si viajamos a Francia, podemos explicar que es un país multirracial lleno de contrastes. Y también podemos considerar que Estados Unidos es un país muy multicultural y plagado de contrastes. Y así con prácticamente todos los países del mundo. Pero cuando uno llega a la India, este tópico del “país de contrastes” se amplifica de manera extraordinaria. Te encuentras a la gente trajeada que sale de su trabajo, las tiendas de teléfonos móviles, la mendiga que golpea rítmicamente su plato metálico contra el suelo, los estudiantes universitarios, a los que el siglo XXI no les queda grande, el ruido terrible del tráfico, los locales con Internet, los puestos de comida en mitad de la calle, en los que la gente come de pie y apretujada, la mujer que vive en la acera con sus dos hijos, bajo un toldo fabricado con un trozo de lona de plástico, dos palos y un par de piedras, el sudor omnipresente, la tienda de alta fidelidad con un vigilante armado, el hombre que duerme tirado en el suelo y cubierto de moscas, el puesto que te vende camisetas o libros o paraguas, el niño que te agarra el brazo y te pide dinero mientras mira de reojo tu mochila… Una jodida explosión atómica de contrastes.
Me acerco al Raj a hacer mi hora diaria de Internet y ponerme al día y luego me encuentro con Martina y Ricardo y vuelvo a comer en la calle –de nuevo esa frase mágica: “de perdidos al río”-. Esta vez pido una especie de albóndigas vegetales servidas con un sofrito de verdura. Pica un poco, pero está buenísimo. 25 rupias (algo menos de 50 céntimos). Hemos quedado con un montón de amigos orientales, nos vamos al cine, sesión de noche, a ver “Lamhaa” una peli india, aparentemente de acción y ambientada en la región de Cachemira. Lo cierto es que es tan mala como cabía esperar, los guiones podrían estar escritos por Ana Obregón, los actores son como de culebrón y la realización es una espantosa mezcla de videoclips ochenteros y plagios mal agitados (incluso se copian escenas enteras de “en tierra hostil” o la saga bourne). Tarantino se lo pasaría bomba diseccionándola. Para completar el cuadro, y sé que parece increíble, pero es así, aparece un grupo (un rebaño) de españoles que llegan un cuarto de hora tarde y se pasan toda la película hablando y dando el coñazo. No sé si reírme o si llorar.
Me voy a la cama sin ningún síntoma de que la comida o la cena me hayan sentado mal. Viento en popa.
Bueno, una cosa es despertarse a las seis y otra muy distinta no tener que levantarse. Me desperezo, abro las contraventanas para dejar que entren luz y aire, leo un buen rato, remoloneo, picoteo unas galletas… Estupendo.
Hace un calor sofocante, la humedad verdaderamente se puede masticar. Me dirijo al Museo Indio, al lado de Sudder Street, llego a las diez de la mañana, que es la hora a la que abren. 10 rupias si eres indio, 150 si eres extranjero. Tócate los huevos. Y 50 más si quieres hacer fotos. El museo supongo que sería toda una gozada hace 30 o 40 años, pero ahora está para cogerlo y meterlo a su vez en un museo. Se cae a cachos de viejo y las colecciones caducaron hace mucho, sobre todo, los bichos metidos en formol (incluido algún feto humano) y los bichos disecados. Lo mejor son las esculturas budistas y el patio interior, con su fuente, su césped y rodeado de columnas. Empiezan a aparecer nubes negras. La humedad se te pega al cuerpo, igual que la ropa.
Desde el museo hay que cruzar la avenida y queda un breve y agradable paseo hasta llegar al Victoria Memorial. Justo cuando voy a entrar a los jardines de acceso, comienza a llover y me coloco bajo un árbol. 5 minutos cayendo chuzos de punta y vuelve a salir el sol. Entrada: 10 rupias si eres indio y 150 si eres extranjero. Dejá vu. Al menos, me ahorro el permiso para hacer fotos porque están prohibidas en el interior. Camino por el jardín, encuentro el ángulo que quiero para hacer la foto, desde uno de los estanques, y de nuevo el diluvio universal. Me vuelvo a meter bajo un árbol. A pesar de la lluvia, el calor sigue siendo asfixiante, trago bocanadas de aire caliente. Menos mal que he traído una funda de plástico para proteger la cámara, el dinero y el pasaporte, pero yo estoy calado. Vuelve a parar y, por fin, consigo hacer la foto. El que quiera peces que se moje el culo.
El Victoria Memorial es espectacular. Para mi gusto, no tiene absolutamente nada que envidiar al Taj Mahal. Dicen las malas lenguas que no es uno de los edificios más emblemáticos del país por estar dedicado a la reina Victoria de Inglaterra –como su propio nombre indica-, que debe ser algo que sigue escociendo. Está rodeado por un gran jardín sorprendentemente bien cuidado y, a diferencia del Taj, sí que está relleno. Dentro se pueden visitar unas interesantes exposiciones de fotos, pinturas, armas y vestidos de la época. Incluso hay una pequeña reconstrucción, a tamaño real, de una calle de Calcuta de la era colonial. Es una pena, por no decir una putada, que no se puedan hacer fotos porque la cúpula central es a-lu-ci-nan-te. Salgo verdaderamente encantado. Hasta que se pone a llover de nuevo. Y esta vez ya a lo bestia. La auténtica tromba.
Como soy una sopa humana, cancelo la visita que tenía planeada y vuelvo a la habitación. Me saco de encima la ropa empapada y me tumbo a descansar, pero al cabo de un rato me he quedado dormido. Cuando me despierto, está ya atardeciendo. Ag. Voy al metro –sardinas en lata-. Por cierto, siempre que entro, hay un bigotudo con metralleta que me registra la mochila, parece que hay miedo a los atentados. Me bajo en la estación de Kalighat. Paseo por un mercado y junto al templo de Kali, famoso por sus salvajes sacrificios de cabras. Hoy no me apetece, gracias. Pasa junto a mí una comitiva con un cadáver, lo llevan a hombros es una especie de camilla con flores e incienso. Y es que aquí la muerte forma parte de la vida de manera natural e inseparable, la muerte está en todas partes, se puede prácticamente tocar con los dedos, mientras que en occidente es como un tabú que se esconde (se entierra), se oculta, se ignora. Hacemos como si no existe. Demasiado obsesionados con el disfrute de nuestras asépticas vidas como para tener a la parca rondando cerca con la guadaña.
Hablando de muerte, veo el hogar de los moribundos de la madre Teresa, un hermoso edificio que hace esquina, pero no encuentro la casa de “New Light”, que era lo que venía buscando. De todas las maneras, es ya casi de noche, así que, después de un paseo, vuelvo a Sudder. Me hago mi hora de Internet + agua + ensalada de pasta por 110 rupias –como dos euros-.
Las nueve, hora de volver a la habitación para descargar las fotos del Victoria Memorial y escribir un poco, antes de abandonarme en brazos de Morfeo.
Hoy sí suena la música bajo mi ventana a las cinco y media de la mañana. Tengo un rato para desperezarme. Todo empieza ya a olerme a rutina. Me ducho, me levanto, camino a la Mother’s, tomamos un té, cogemos el autobús… Para mi sorpresa, las calles están secas, como si ayer no hubiera caído la que cayó. Ni rastro. Además, han quedado bastante limpias, dentro de lo que cabe.
El trabajo no presenta muchas novedades: lavar, limpiar, afeitar con cuchillas que no cortan (que es como el milagro diario de la multiplicación de los panes y los peces)… Hoy tengo sensaciones especialmente extrañas, me veo haciendo mis cosas de manera automática, como si mi cabeza estuviera en otra parte. Me siento como anestesiado ante tanta miseria. De hecho, hay un momento en que tengo curiosidad y me acerco a una mujer –no sé si doctora o enfermera o ninguna de las dos- que está haciendo curas y me muestra una tremenda fractura abierta de tibia y creo que también de peroné. Me dice que duda que pueda soldar bien porque no se ha cogido a tiempo. No me inmuto. Si me lo cuentan hace un mes no me lo habría creído. A lo mejor es verdad que la India te cambia y vuelvo a casa convertido en una especie de monstruo insensible –más de lo que ya era-.
Hay tres mujeres que trabajan en las máquinas de coser y, al final de la mañana, se marcan un espectacular baile en plan Bollywood. Creo que están ensayando para una especie de representación que van a hacer para celebrar yo qué sé. Hoy muchos de los voluntarios están haciendo fotos porque es su último día. A ver si conseguimos que la cosa se aligere un poco. La norma es que en las casas de la madre Teresa no está permitido hacer fotos, excepto cuando es tu último día, entonces, te dan un pase especial y puedes hacer las que quieras.
Tengo mucho tiempo para pensar en el proyecto de la madre Teresa. Sigo masticando un punto de vista muy ambivalente. Por una parte, siempre es admirable que haya gente dispuesta a dejarlo todo para ponerse del lado de los desfavorecidos. Hasta ahí, todo correcto. Ayudar al que lo necesita, acompañar a quien sufre, dar de comer al hambriento… Me gusta que se tienda la mano al que no tiene nada, eso nos hace más humanos, pero sólo como un primer paso. Porque si miramos más allá, uno se da cuenta de que esta filosofía “atencional” no es suficiente. De alguna manera, es como si se estuviera aceptando y perpetuando la situación. NO CAMBIA NADA. Y es curioso que el cristianismo se define como revolucionario pero te educa en la resignación (no te preocupes, ya te irá mejor cuando te mueras, jajaja…). Es curioso que lo importante en la India sería precisamente un revolución, poner patas arriba la brutal injusticia del sistema de castas, pero los misioneros están más preocupados de que no se usen anticonceptivos para que las mujeres puedan seguir pariendo niños que se mueren de hambre en la calle. Definitivamente, muchas cosas huelen mal en la India.
De nuevo volvemos en autorickshaw, le estamos cogiendo el gustillo a la cosa. Es un viaje divertido. Hoy, de nuevo, hace mucho calor, así que me siento un poco aplanado. Enfrente del hotel María, por fin encuentro un gatito (supongo que una gatita, in fact) que viene a mí cuando le llamo, se frota contra mis piernas, se deja acariciar y se tumba junto a mis pies. El momento más bonito del día. Aún no he perdido toda la sensibilidad, finalmente. Ya en mi habitación, lavo ropa, me lavo a mí mismo y descanso. Escribo un poco, leo un poco y me quedo dormido otro poco. Tengo los dos pares de zapatillas mojados, así que me salgo con las auténticas chanclas piscineras, que es ya lo que me faltaba. Como no estoy acostumbrado, al cabo de un rato empiezan a rozarme y hacerme daño. Primero me estoy como una horita en el Rajs leyendo periódicos en Internet, y luego pateo los grandes mercados que rodean Sudder Street. Una enorme telaraña de puestos y gente que te llama para ofrecerte algo (aparte de hachís, como siempre). Un paseo siempre ameno y colorido que me encanta. Al final de la tarde, me encuentro con mis amigos coreanos y me voy a cenar con ellos al Blue Sky.
Mañana es jueves, día de descanso, no tendré que madrugar, aunque me temo que me despertaré entre las cinco y las seis, como todos los días.
Me despierto a eso de las seis y leo un rato. Parece que el día vuelve a ser llevadero. Hace calor húmedo, pero no tanto, está nublado y al menos el sol no te mata. Bien por mí.
Martes y trece. Por el camino a la Mother House veo unos cuervos picoteando los ojos del cadáver de un perro. Un buen comienzo.
Los voluntarios españoles ya han acabado con las celebraciones y están de vuelta en Prem Dan. Pasamos de ser cinco a ser más de veinte. El resultado es que hay más voluntarios que trabajo. A ratos, incluso más voluntarios que espacio. El trabajo tiene mil veces menos gracia, hago la colada, pero estamos ciento y la madre; echo agua por el patio, pero al final le dejo el cubo a un chico que está recién llegado y no sabe qué hacer; afeito a un par de tipos, pero casi más voluntarios que maquinillas de afeitar y también se la dejo a otro chico… muchos peros. A ratos bromeo con algún interno, sobre todo con uno que tiene síndrome de Down, le hago rabiar y le persigo por el patio mientras él se parte de risa. Hay muchos ratos que paso mirando porque no hay gran cosa que hacer. Y meditando. La decepción entra en escena con los brazos en jarras y moviendo las caderas: Hola, guapo, qué solo estás, creo que te voy a hacer compañía…
En el descanso, la conversación con mi amigo coreano –nakamura- es muy amena. Hablamos de fútbol: el Barça, la selección, Guardiola vs. Mourinho… el tío es un verdadero fanático y me lo paso pipa.
La vuelta a casa también está marcada por la cantidad de gente que somos, el momento de pillar un rickshaw es un caos y nos toca esperar un buen rato. Me voy a comer a un restaurante chino con el amigo Ricardo y otra chica también italiana, Martina, con una chica taiwanesa y un muchacho japonés. Un exquisito arroz con verduras (Chow Chow) y una comida muy divertida, la verdad. 70 rupias, un poco más de un euro, propina incluida.
Luego, me voy a dar una vuelta. Visito una cooperativa –Ashalayam- que vende artesanía, sobre todo cuadernos y postales, y dedica los beneficios a un proyecto para ayudar a los niños de la calle. Paseo y paseo hasta que me pierdo. Bueno, la verdad es que no necesito gran cosa para perderme, todo sea dicho… La caminata es como de dos horas. Me gusta sentirme engullido por la ciudad, observar cada rincón, cada detalle, cada gesto de la gente. Me gusta hacer fotos, no tener prisa, no saber adónde voy (ni la más remota idea). Cada vez que paseo por la calle, me ofrecen hachís como cuarenta veces, por todas partes. Un verdadero coñazo.
Después de mucho caminar y sudar, encuentro una estación de metro y me meto dentro. En Calcuta sólo hay una línea, así que no puedes perderte, o vas para arriba o vas para abajo. Voy para abajo. 4 rupias. El metro es un tostadero, vamos como sardinas en lata, pero la cosa funciona. Me bajo en Park Street, que es la estación más cercana a Sudder Street.
Llego a la habitación alrededor de las cinco y media. Lavo la ropa, me ducho, me tumbo bajo el ventilador. A ratos, escasos, la vida es bella. Me paso por el Raj’s: un zumo de piña recién hecho, un croissant y una hora de Internet wi-fi. 75 rupias. Mucha gente, eso sí, y la mayoría españoles. Ag, hasta en la sopa, empiezo a tenerlos aborrecidos. De repente, se pone a llover una verdadera tromba. El jodido diluvio universal. Mi primer paseo por la calle con el agua por encima de los tobillos. Las zapatillas han quedado hechas un cromo, pero al menos he conseguido proteger el ordenador y no se ha mojado. Pues nada, que me he pegado dos duchas. No problemo.
Por cierto, consulto en el mapa de la Lonely, así a ojo, y el paseo que me he pegado esta tarde ha sido una pasada, casi me salgo de la ciudad, jajaja. Me relajo un poco, escribo y, antes de darme cuenta, me he quedado dormido.
Es curioso pensar que he vivido ese día en el que España se proclamó campeona del mundo de fútbol desde la India. ¿Recuerda dónde estaba usted…? Sí, en Calcuta. Una historia más del abuelo cebolleta para contar a los nietos.
El amigo Rij, después de haberse pasado la tarde calentando motores y haciendo caja, vació su local de mesas y sillas y nos colocamos tirados en el suelo con las piernas cruzadas, como un tetris, clack, clack, clack. Una orgía, pero sin sexo (??). Bueno, algo, algo seguro que sí que hubo (perdona, ¿me puedes sacar el pie del culo?), un poco rarito, pero para gustos… Recuerdo el partido como algo largo, tedioso e incómodo, con un calor sofocante. Allá por el minuto 70 empecé ya a barruntar que una prórroga a lo mejor nos venía un poco mal, que no tiene uno cuerpo para tanto contorsionismo. Y justo. Treinta minutos extra.
Sin entrar en detalles muy técnicos, diría que la selección se disfrazó de sí misma (es decir, de “jogo barça”) y jugó a lo que le gusta jugar, mientras que los holandeses se quisieron disfrazar de equipo duro (Italia-Alemania) y les salió un pedazo de travesti leñero que cantaba a un kilómetro. Sin embargo, les funcionó bien la cosa, no necesitaron la posesión del balón para ser peligrosos porque, a medida que España se iba volviendo horizontal, ellos apostaban por una verticalidad vertiginosa y, gracias a la velocidad de Robben, que es muy bueno, a punto estuvieron de llevarse el gato to the water.
En fin, los de lo rojo, campeones con merecimiento, gritos, saltos (una excusa para estirar las piernas, en mi caso) y el también merecido beso del siglo como icono para la posteridad –lo vi esta tarde en internet-. Recordemos los momentos felices para cuando vengan mal dadas, como le han venido al equipo de copa Davis (eso sin contar el nuevo fracaso de Fernando Alonso).
Tengo que reconocer, eso sí, que en el plano deportivo me interesa infinitamente más la NBAmorfosis que acaba de estallar: Miami ha reunido el que puede ser el equipo más terrorífico que se haya visto nunca: Wade se queda en la franquicia con Lebron James y Chris Bosch como compañeros. Después de haber forjado una de las mejores sagas de la historia -los Lakers de Magic Johnson y el Showtime que ganaron cinco anillos-, Riley ha fabricado el equipo destinado a ser el centro de gravedad en torno al que todo girará durante la próxima década. Si no se rompe por culpa de los egos o las lesiones, claro está.
De momento, los Knicks son los grandes perjudicados, tras dos años limpiando la plantilla a la espera de este momento y se conforman con el premio de consolación de Amare Stoudamire. La cosa huele muy mal. Por su lado, los Bulls, aparte de fichar como entrenador al famoso Thigaudeau de Boston, se traen a Carlos Boozer y a lo mejor se montan un equipito, quién sabe. Renuevan con sus equipos –más vale lo malo conocido… o el miedo a correr riesgos- gente como Joe Johnson, Pierce, Ray Allen, Nowitzki y Gay. Veremos cuáles son los próximos movimientos, pero no parece que franquicias como Lakers, Celtics o Magic tengan tanta pólvora –y tan fresca- como para plantar cara a estos Heat. En fin, no avancemos acontecimientos, que aún queda hasta Noviembre. Snif.
Bueno, a lo que te voy, que la cosa es que no me acosté hasta cerca de las tres de la madrugada. La puerta del hotel estaba cerrada –le ponen una especie de verja metálica con un candado- y me tocó despertar a un hombrito que duerme allí, en la recepción. Sorry, man. Y a las seis y pico, arriba. Ag. Jodido sentido del deber (de las pelotas).
Hoy vamos a Prem Dan cinco españoles. La plaga de langosta se ha tomado el día libre –cosas de la resaca-, así que la jornada se convierte en algo muy interesante. Ya saben, la diferencia entre ser tres, treinta o trescientos. Trabajo intenso en un día bastante fresco y nublado. Delicioso. Qué hermoso sería que hubiera fútbol todas las noches.
Me paso bastante parte del tiempo en el agua: vuelvo a hacer la colada, luego, a cargar con los cubos de agua para limpiar el patio –tonifica lo suyo, no se crean- y sustituyo el momento del afeitado por fregar los cacharros del té. Se me quedan las manos como de reptil, jaja. Después del descanso, servimos las comidas, colocamos a la gente en las camas y dejamos todo recogido y limpio. Hoy la parlada es con Ricardo, un estudiante italiano de diseño, y con dos chavalitos coreanos a los que echo una mano porque vienen por primera vez (uno de ellos me cae bien desde el principio porque tiene cara de susto y me recuerda a Hiro Nakamura, de la serie Héroes, jaja).
Siempre hay algún momento que me impresiona. Llevar al baño a uno de estos pobres que no pueden valerse por sí mismos es la mejor lección de humildad del mundo, se lo aseguro. Te pone todo en su sitio rápidamente.
Tres españoles y los dos coreanos –y no es un chiste- nos ponemos de acuerdo para volver a Sudder Street en autorickshaw. Diez rupias cada uno, con regateo, y un viaje apretado y muy divertido –sobre todo por las caras de los coreanos-. Está lloviendo a cántaros, pero es el primer día, desde que llevo aquí, que llego al hotel y no estoy bañado en sudor y medio muerto. Más vale tarde que nunca. Luego, he quedado con Paco, un sevillano que es profe de historia en Secundaria, y nos vamos a comer a un restaurante bengalí, el Radhuni, que está enfrente de su hotel. Pedimos arroz, pan, agua, una ensalada de pepino y un par de platos –riquísimos- de verdura. 60 rupias –un euro- cada uno. Nos da la risa y dejamos 10+10 de propina. La experiencia es muy muy curiosa porque se trata de un restaurante sencillo y muy para la gente de aquí, todos los clientes comen y mezclan los ingredientes con las manos. Nosotros utilizamos para comer las cucharas que ellos usan sólo para servir, así que somos algo así como la atracción del lugar, la gente se pasa más tiempo mirándonos a nosotros que a su plato. A mí, de momento, lo de comer con las manos no me acaba de poner, aunque tiempo habrá…
Después de la fantástica comida, un lassi (especie de batido con fruta natural que es uno de los éxitos del menú voluntario) y una sesión de internet en Raj’s. 50 rupias. Sigue diluviando, parece que los monzones están aquí. También sigue haciendo calor y sigue siendo pegajoso, pero la lluvia hace que sea mil veces más llevadero. Rondaremos “sólo” los 30 grados. Otra cosita es.
Vuelvo a la habitación a media tarde. Me pongo a leer y caigo fulminado. No sé cuántas horas duermo, pierdo la noción de todo. Cuando me despierto, me doy una vuelta bajo la lluvia y compro más provisiones en el supermercado. Como algo, me tomo la pastilla de la malaria, como todos los lunes, y me pongo a escribir. Fin de la jornada.
Vuelvo a despertarme a las dos de la mañana. El calor es insoportable. Me salgo de la sábana-saco y duermo encima. Me despierto de nuevo a las cinco y media. Por cierto, lo de la musiquita de enfrente de mi ventana, en principio, es una falsa alarma, no ha sonado ni ayer ni hoy. Me relajo. Luego, ducha y al Mother’s House.
Por cierto, en la fundación se trabaja sábados y domingos, el día de descanso de los voluntarios es el jueves.
El trabajo de hoy es mucho más llevadero, el día está nublado y es más fresco. Comienzo la jornada en los lavaderos. Me colocan delante de una pileta y un trozo como de encimera y voy lavando lo que me van echando: manteles, ropa, trapos... La ropa ya viene con agua caliente –a veces hirviendo- y jabón, sólo hay que frotar, golpear y echar en la pileta para aclarar. A la vieja usanza. De vez en cuando me quemo y el indio que está a mi lado me mira como diciendo “hay que ver qué blandos son estos europeos” y entonces echa un par de cubitos de agua fresca sobre la ropa humeante.
Esto de trabajar con agua tiene su gracia, mucho más fresco. Acabo totalmente empapado –empieza a ser una constante- y alivia bastante. Cuando la colada termina, vamos cargando con grandes cubos metálicos llenos de agua –que pesan como un muerto- y limpiamos el suelo por zonas: unos echamos el agua y otros pasan las escobas. Más tarde, vuelvo a afeitar a mi ciego. La cuchilla de hoy corta mucho mejor y el tío queda como un pincel.
A mitad de la mañana, un hombre va pasando con vasitos de plástico llenos de pastillas de colores. Hay para todo el mundo. Supongo que se trata de un cocktail que los deja tranquilos como caracoles. A saber. Tiene su lógica, porque si no, a ver quién es el guapo que controla la cosa, pero aún así, es para pensarlo porque plantea no pocos problemas éticos.
La rutina sigue su curso: hora del té, montar dormitorios… Dedico mi rato de descanso a charlar con un gran grupo de coreanos que han venido hoy, son muy divertidos, me parto con ellos. Después toca servir la comida, recoger y llevar a la gente a sus camas.
Sigo pensando lo mismo que ayer, la actividad está bien, poco a poco vas conociendo y les vas cogiendo cariño a las personitas que andan por aquí (y ellos a ti), pero no me siento realizado del todo. Sigo pensando que somos demasiada gente. Si fuéramos tres voluntarios, la experiencia sería tremendamente intensa, pero si somos treinta, es una especie de club de vacaciones para conocer gente y hacer nuevos amigos, y si somos trescientos, esto es un parque temático (Mother’s Park S.A.). En todo caso, me cuesta verme en el papel, la verdad.
De nuevo, me ducho, lavo la ropa y se pone a llover (no es problema porque la tiendo dentro, en una especie de pequeñas perchas). Leo un poco, me quedo dormido media horita. Dejá vu. Estoy caminando en círculos. Salgo para visitar el Indian Museum, pero está cerrado, hay un cartel en la entrada pidiendo disculpas. Aparentemente un problema de personal. Sigue lloviendo y yo a lo mío, a pasear y abrir bien los ojos, no es cuestión de echarse atrás por tan poca cosa. En domingo casi todo está cerrado, pero los puestos callejeros son pura actividad. Lo mismo te preparan un zumo que te hacen la comida o te venden una camiseta, o un bolso, o lo que se tercie. Por cierto, en cada paseo que me pego, me ofrecen hachís como ochenta veces. Vaya pintas debo de tener a estas alturas....
Vale, voy a hablar de un par de temas delicados:
1.- LOS INDIOS SON UNOS GUARROS (1ª PARTE).
Si algo choca al principio es la suciedad extrema que lo envuelve todo. Luego ves a la gente comer con las manos, eructar delante de tus narices, rascarse la huevera, sentarse en el suelo (que no sé cómo no se quedan pegados), dejar a los niños, desnudos, tirados en el suelo, y esos pies, con costra y, por el amor de dios, ¡¡¡¡ESOS ESCUPITAJOS!!!! Ag, es como para querer morirse. Son escupitajos a boca llena, de los que hacen Plash, siempre precedidos por un largo JJJJJJJJJJJJ. Algunos son de color rojo, por la mierda esa que mascan, y lo dejan todo perdido. Los indios son los auténticos gañanes.
2.- LOS INDIOS SON UNOS GUARROS (2ª PARTE).
Las voluntarias a menudo dicen que están hartas del marcaje –prácticamente acoso- al que las someten los tíos de este país. Hay que decir que los indios están más salidos que un mono, que es la consecuencia directa de una tremenda represión, imagino. Así que, si yo por la calle continuamente me siento seguido y observado por cuarenta ojos, sobre todo en determinadas zonas de la ciudad, en el caso de las chicas la cosa se multiplica. La verdad es que esta gente no ha aprendido el fino arte del disimulo, se te planta delante y se te queda mirando descaradamente, hasta con la boca abierta. Les miras, les preguntas qué pasa y no se dan por aludidos. Es impresionante. Ya no te digo si encima las nenas son guapitas, enseñan escote y tienen la piel blanca, al final no saben ni dónde meterse. En el tren era divertidísimo porque el compartimento en el que estaban las chicas era un paseo concurrido, siempre había hombres pasando de un lado para otro, se paraban un rato allí delante a echar un ojo, como los viejos que contemplan las obras, y creo que si se iban era porque había cola, jajaja. Si hubiéramos cobrado entrada, nos había salido gratis el viaje.
Afortunadamente, la India es un país seguro, en ningún momento tienes la sensación de estar corriendo peligro, aunque camines solo por una calle oscura –bueno, si no te atropella algún vehículo, que esa es otra-. Tan sólo he oído quejas de una situación: el metro. En el mogollón de los vagones de metro sí que hay contacto, manoseo, toqueteo, apretujamientos y compañía. Parece ser que las pobres salen más sobadas que la canción del verano. En los autobuses, por ejemplo, las mujeres se sientan a un lado y hay un par de encargados controlando (los que cobran los billetes), así que no hay problemas.
En fin, ya quedan unas pocas horas para la gran final del mundial. Supongo que iré a verla al Raj’s o al Blue Sky. Seguro que será divertido y que estos chicos ganarán porque lo llevan en los genes, pero no voy a dormir gran cosa porque acabará como a las dos de la madrugada y a las siete hay que fichar en casa Teresa. Ahora, no se pueden ni imaginar de lo que me alegro de no estar en España para no tener que aguantar el coñazo que nos (os) espera. Casi prefiero el calor de la India.
Abro los ojos. No veo nada, son las dos de la mañana, creo que me han despertado ladridos de perro, algunos de dolor, prefiero no saber lo que pasa ahí fuera. No me siento muy bien, es como si mi cuerpo me estuviera diciendo: “Vale, tío, ha sido divertido y eso, pero, ¿por qué no nos volvemos a casa?”. Para empezar, porque en casa también hace calor y también hay ruido. Al carajo.
Me cuesta volver a dormirme. A las seis y pico, arriba. Paseo hasta la Mother House. Siete de la mañana. Las legiones de voluntarios toman el té. Hay que ver qué bueno, de verdad, hacen aquí el té con leche. Joel va a trabajar a la misma casa que yo, pero sin pasar por el trámite de inscribirse. Hay un rezo, una canción de despedida para los voluntarios que están en su último día y nos vamos a coger el autobús (202). El primero que pasa se llena hasta que no cabe ni un cuerpo más, y no es cuestión de ir colgado de una barra con el cuerpo por fuera, a lo Buster Keaton, así que unos cuantos esperamos al siguiente. 4 rupias ida, 4 rupias vuelta.
PREM DAN
Me voy al curro con las manos en los bolsos y poco más. Pasaporte, la llave de la habitación (que en realidad es la llave del candado de la habitación) y un puñadito de rupias. Un edificio amplio con un patio bastante grande. Hay hombres de muy distintas edades y condiciones sentados o tirados por todas partes. Las mujeres están separadas, dentro del edificio (ala derecha).
Subimos a una azotea y nos ponemos a colgar una enorme colada. Serán alrededor de las ocho de la mañana y el calor es ya insoportable. Por si fuera poco, pensaba que trabajaríamos dentro y no me traje ni sombrero, ni pañuelo, ni agua, ni protector solar. Vaya cuadro. Apenas ha empezado la tarea y ya estoy empapado de la cabeza a los pies.
Una vez tendida la colada, bajamos al patio. Lo están limpiando con unas escobas –sin mango- y con cubos de agua, pero ya están todos ocupados. Espero, me voy pochando a fuego lento, y después de un rato me pongo a afeitar. La maquinilla –una wilkinson desechable- está fatal, no afeita nada, prefiero no pensar por cuántas caras ha pasado, pero bueno, voy haciendo lo que puedo. Con cuidadito. Comienzo con un hombre mayor, muy flaco, que está ciego (tiene como úlceras en los ojos), también tiene una terrible herida –grande como la palma de mi mano- en la cabeza y los pies hechos polvo, pura llaga. El hombrico me habla pero no sé qué me cuenta. Toca mi brazo. Le echo un poco de espuma en la cara y el pobre ni se menea, se queda ahí quietecito con la barbilla bien alta mientras le voy afeitando muy poco a poco –es que me da miedo hacerle algún corte, que bastante tiene el hombre con lo que tiene, como para quedarme con su oreja en la mano-. Creo que le gusta. Me voy a buscar un trapo, lo mojo en agua y le limpio bien la cara. Sonríe. He tardado lo mío, pero no ha quedado nada mal. El trapo es bien largo (creo que es un trozo de mantel), así que lo vuelvo a mojar bien, me lo coloco al cuello y cuando estoy muy agobiado, me limpio la cara o me tapo la cabeza. No es mal invento.
Sigo afeitando. Se ha acabado la espuma, así que, a pelo. Poco a poco le voy cogiendo las vueltas a la cosa. Hay un muchacho muy gracioso que le pide a todo el mundo que pasa al lado que le afeite. Te acercas y ves que está afeitado, pero se pasa la mano por alguna parte de la cara, como diciendo “por aquí rasca”, así que le doy unas pasadillas. Luego me doy cuenta de que posiblemente todos los voluntarios le hemos dado unas pasadillas. El tío no para de reírse. Cada loco con su tema.
Tras la hora del afeitado, llega la hora del té. Vamos con unas bandejas y vasos metálicos repartiendo a todo el mundo. Luego toca recoger. Otros van fregando lo que les llevamos. El calor es tan increíble que me pregunto si podré aguantarlo. Me gustaría tener sobre la cabeza una barrita, como en los videojuegos o la batería de los móviles, para saber cuánta “vida” me queda antes de desmayarme. No hay una camiseta seca en todo el patio, es como si estuviéramos en una sauna. Húmeda.
Cuando todo está recogido, nos metemos en un enorme salón y montamos el dormitorio, vamos colocando los somieres (básicamente, una chapa de metal con cuatro patas) y los colchones, todos ellos con su letra y su número, eso quiere decir que el somier A1 va el primero de la fila A y llevará encima también el colchón A1 y así sucesivamente. Hay más de 50 seguro. Luego nos dan sábanas y almohadas y preparamos las camas. Hacemos una pausa. Me bebo un par de vasos de té, que está caliente y riquísimo. También me bebo un par de vasos de agua. No sé si es de fiar al 100%, pero me da igual, es ya una cuestión de supervivencia. Me tiro al suelo y hablo con un par de chicos, uno vasco y otro toledano. Todo el mundo tiene una historia que contar, un punto de vista o una opinión. Me gusta.
Después del descanso, servimos la comida. Hacemos una cadena, porque a cada plato se le van echando cosas de cinco cazuelas: comienza con arroz, sigue con algo caldoso, que podrían ser lentejas, pero no estoy seguro, plas, plas, pasa por otras dos cazuelas con guisos y acaba con un trozo de mango. Siguiente… Así durante un buen rato. Un menú potente. Al calor del día se le suma el calor de las cacerolas y la comida. El horror. Los platos son metálicos. El muchacho que está a mi lado se quema la mano al coger uno y se caga en la puta bien alto. La vida tiene estos lapsus y no sé cuánto español saben las monjitas, pero, en todo caso, me parto de la risa.
A medida que la gente va acabando, unos voluntarios recogen y otros ayudamos a la gente que está peor, los que son ciegos o los que casi no se pueden ni mover. Los ayudamos a caminar o los llevamos en sillas de ruedas, algunos pasan antes por el baño y los dejamos en su cama –todos saben la que les corresponde-. Hay hombres que no son más que huesos con un trocito de pellejo encima, y eso que parece que la comida es bastante abundante. El dormitorio está lleno de muñones, heridas y deformaciones indescriptibles y, sin embargo –y no sabría explicar por qué-, no me siento muy impresionado ni por la situación ni por el trabajo. En parte supongo que es porque somos tal cantidad de voluntarios trabajando juntos (el 90% españoles) que la cosa pierde mucha intensidad, como si se diluyera.
La jornada de trabajo acaba cerca de las doce de la mañana. Es imposible sudar más, creo que he batido mi record de la gran muralla china. La cosa es tan extrema que me compro una botella de un litro, me la bebo y luego, llegando al hotel, me compro otra, me preparo un litro de suero y me lo bebo. Tal cual. Me lavo y lavo toda la ropa que llevaba puesta. Mientras tanto, se pasa un ratillo lloviendo y vuelta al calor. Tengo la cara bien quemada. Hay que joderse…
Hay un rato fantástico que se empieza a repetir, quizás uno de mis preferidos de mi experiencia india: estoy muerto de calor como un perro, al límite, agotado, llego a la habitación, me ducho y me tumbo en la cama, debajo del ventilador, sin secarme. Cierro los ojos y paladeo un par de minutos de felicidad absoluta. Pasados los dos minutos, empiezo a sudar de nuevo y vuelta la burra al trigo.
Sólo llevo diez días aquí, pero ha sido tan intenso que tengo la impresión de llevar muchos, muchos más.
Estoy muy roto, así que me paso un rato leyendo, me quedo dormido como media hora y a eso de las cinco me voy al Raj’s a tomar mi zumo recién hecho –de piña, esta vez- y a hacerme mi ratito de Internet. 45 rupias en total (20 el zumo y 25 la wifi), algo así como 75 céntimos. Luego, un paseo de casi dos horas por Chowringhee Road y Park Street –una calle comercial muy interesante-. Veo a lo lejos el Victoria Memorial, que es una preciosidad. Me pateo un par de tiendas y una librería. Antes de cenar, paso por un supermercado y compro cosas con sal y azúcar (patatas fritas y galletas, vamos) para tener en la habitación por si me da un bajón.
Hoy toca cenar enfrente del Blue Sky, en el Fresh & Juicy, que tiene la pega de ser un local muy muy pequeño, pero se come bien. Pido agua mineral, un pan –naan- con queso y ajo, riquísimo, como siempre, y el que hasta ahora es mi plato preferido: navratan korma, un exquisito guiso de verduras. 90 rupias –euro y medio-, incluidas dos rupias de propina. Entra uno de estos grupos como de diez españoles/as. Somos una jodida plaga bíblica. Piden sándwiches, pizza, patatas fritas y espaguetis “sin nada, sólo con tomate” y se ponen a hablar dando voces. Naturalmente. Ay.
Veo a estos grupos de críos en plan cuchipandi de vacaciones, que podrían estar en Ibiza o en Benidorm, y me desconcierta. Uno se hace una idea del voluntariado en la India como algo complicado, exigente y selectivo y luego se encuentra esto. Me imaginaba filtros más severos. Y sin embargo, esta gente a la hora de trabajar es tremendamente dura, no se arrugan ante nada, le plantan cara a cualquier circunstancia con tremendo desparpajo. Generación Nadal. Ni se inmutan. Me da la impresión de que están viviendo la experiencia de su vida como si estuvieran en un campamento.
Vuelta a la habitación para relajarme, descansar y escribir.
A las cinco y media de la mañana comienza a sonar una música así como a todo trapo. Musica hindú. What the fuck… Me asomo. Es totalmente de día. Debajo de mi ventana, frente a un busto de Indira Ghandi, hay una especie de kiosco con un pequeño altar que tiene figuritas –y todo su protocolo- y un megáfono terrible. Así que supongo que tiene que ver con una especie de ceremonia religiosa. La música suena exactamente de cinco y media a seis y media. Me pregunto si será así todos los días.
Me tomo mi tiempo, leo un rato, me relajo y me echo unos cubos de agua pal’ cuerpo. Una tontería: si tienen ustedes un ventilador en el techo de su habitación, mucho ojo al ponerse la camiseta, porque se pueden llevar un buen leñazo en la mano. Me voy a desayunar al Raj’s. Café, croissant y zumo de mango, toma ya. A esa hora no hay prácticamente nadie (los voluntarios están currando) y da gusto, así que aprovecho para conectarme a la wi-fi y leer los periódicos. Porque, claro, el Raj es un sitio genial, pero tiene sus pegas: no tiene comida india y está lleno de españoles hasta la cencerreta. No sé, como que tampoco he venido hasta aquí para ver españoles (y, por cierto, donde hay españoles, se fuma, orgullo del tercer mundo…).
El resto de la mañana lo paso vagando por las calles, sin más, sin rumbo fijo. Me pego un paseo larguísimo, me muero de calor. En el fondo, Calcuta no está mal. Creo que la he pintado bastante cruda, así de primeras, pero no es para tanto, todavía no he visto ratas (bueno, alguna muerta, pero eso no cuenta) y en general está mucho más limpia que Delhi. Lógicamente, tiene sus zonas complicadas y de cuando en cuando ves cosas que preferirías no ver, pero bueno, a pesar de lo poco que he dormido, mi segunda impresión es mucho más positiva que la primera.
Al final de la mañana paso por el hotel para cambiarme porque estoy empapado de la cabeza a los pies. Ducha-cubitada rápida y vuelta para la calle, que hay cita en casa de la madre Teresa. Como aún me sobra tiempo, me doy otro rodeo y empiezo a visualizar próximas visitas: restaurante bengalí, museo indio, Victoria memorial… cuestión de organizarse. Me paro en un puesto callejero para que me preparen un zumo de lima natural. Las exprimen delante de mí. Riquísimo.
La visita a la Mother House es una de mis cagadas de siempre. Llego al lugar en cuestión como un cuarto de hora antes. Estupendo. Me doy un paseillo, visito la tumba de la madre, les sonrío a las sisters… Cuando llegan las tres de la tarde y no ha aparecido ningún voluntario, empiezo a pensar que algo he hecho mal. Pregunto y resulta que la reunión con los voluntarios no es en ESA Mother House, sino en OTRA Mother House. Bien, de puta mother. El problema es que lo sabía, lo dicen en los foros, lo dice hasta la Lonely, pero si no meto la pata, reviento. Afortunadamente, la otra casa está a apenas cinco minutos, pero el caso es que llego el último. Aquello está lleno de gente hasta arriba. Somos cerca de 40 personas metidas en una especie de patio. Hace mucho calor (joder). Nos pasan papelitos para rellenar, nos colocan por países (es decir, los de España para este lado y los demás, que son bastantes menos, para el otro). Nos van explicando cómo funcionan las 6 casas, pero 2 son sólo para voluntarias, así que para mí quedan cuatro.
Después de haber escuchado algunos comentarios, decido que no voy a trabajar en las dos casas con niños porque aparentemente la labor de los voluntarios es meramente atencional: lavar a los niños, lavar la ropa, hacer camas y no mucho más. Los voluntarios van pasando uno por uno. Los españoles los últimos, por acaparadores, y yo el último entre los últimos. La sister me sonríe –por no partirse de la risa, supongo- cuando me toca. Son ya cerca de las seis. Prueba de humildad y de paciencia. Le digo que por mí me iría a “Kalighat”, el hogar de los moribundos, pero está ocupado por la mañana, en todo caso podría hacer el turno de tarde (un par de horas), pero no me apetece, prefiero madrugar y trabajar por la mañana (son como cuatro horas), así que la opción que me queda es trabajar en “Prem Dan”, un hogar similar pero, aunque hay gente que muere allí, en general son casos de personas que tienen enfermedades mentales o están hechas migas pero en teoría se pueden recuperar.
Vuelvo al hotel, vuelvo a cambiarme de ropa –parezco una puta modelo- y salgo a dar la última vueltecilla. Una coca cola y otro ratito de Internet en el Rij’s (esta mañana se cortó la conexión y me quedé a medias). No coincido con Joel y me voy a cenar al Blue Sky. No se puede fumar y tiene aire acondicionado. La cosa promete. Los camareros tienen su gracia –se quedan con todo el mundo- y la carta de deja elegir entre comida china, thai, continental o indi. Me pido indi. Un plato con queso y verdura al estilo tandoori o algo así, acompañado por un pan –naam- exquisito. 120 rupias (alrededor de dos euros). El camarero piensa que soy italiano, me pregunta si quiero aqua freda, le respondo “molto freda”, pero luego ve que me río y dice “ah, no, español”, jaja. Hablo un rato con un par de chicas de Madrid que se dejan caer por allí y me vuelvo a la habitación a eso de las nueve y pico, que al día siguiente hay que madrugar. Por cierto, le pregunto a la chica del hotel si la música del chiringuito de las pelotas suena todas las mañanas. Ella me sonríe –supongo que por no partirse de risa, y van dos- y me dice que sí. A mí sí que me da la risa y respondo: “Amazing!!”.
Lo de hacer Calcuta por mi cuenta –al menos, de momento- es por varios motivos:
- Tanto Joel como yo, aunque nos llevamos bien, somos más de ir a nuestra bola que de contar con nadie. Individualistas.
- La mayoría de los voluntarios que me estoy encontrando son veinteañeros enganchados al Facebook que vienen en pandilla. Les saco 15 o 20 años seguro, y su rollo me pilla un poco lejos, vamos (eso sí, son admirables, le dan mil vueltas a lo que era yo a su edad).
- Si la experiencia se convierte –como decía antes con el tema Raj’s- en convivir con un grupo de españoles, no es lo mismo. Ni de coña. Pienso que, de alguna manera, sería una experiencia adulterada.
En fin, detecto ya mis primeras picaduras de mosquitos, les doy After bite, que viene a ser como el ajo y agua de toda la vida pero con olor a amoniaco. O a pis de gato, según se mire.
Espero que el sonido del helicóptero que tengo sobre la cabeza –cómo me recuerda a Apocalypse Now- me lleve hasta un sueño reparador.
La noche es un asco, no consigo dormir bien, estoy incómodo y hay mucho ruido, así que me despierto mil veces y me levanto con cara de culo. Necesito una ducha, no huelo nada bien. Me pregunto cómo es posible que a ratos el tren se balancee de un lado a otro –estoy en la litera de arriba y se nota mucho-. Un par de indis suben al tren a las siete de la mañana y nos cuentan que España ha ganado a Alemania con gol de Pujol. Ole tus huevos. Y, tras 17 horas de viaje en tren (tres horas de retraso incluidas), llegamos a Calcuta. Kolkata. Aquí empieza la aventura de verdad.
Si Delhi es una ciudad derruida, llena de escombros, y Varanasi un río lleno de mierda (bueno, vale, bacterias fecales) donde se tira a los muertos, Kolkata es un estercolero hediondo. Un enorme basurero donde viven casi 15 millones de personas. El lugar de la India en el que la miseria toca fondo. ¿Adivinan cuál es el ruido de fondo de la ciudad, el ruido que suena y suena y suena sin parar? El graznido de los miles de cuervos que viven aquí. Animales que se alimentan de basura. Por cierto, ¿qué otros animales se alimentan de basura? Sí, las ratas. Bienvenidos a Calcuta.
Bueno, vale, no toda la ciudad está cubierta de porquería, hay zonas más modernas, con sus edificios monos y sus centros comerciales. Pero la Calcuta de verdad está en otra parte. La verdad es que, a pesar de los pequeños vertederos de basura que están por todas partes, me parece más limpia que Delhi, donde te pasabas el día envuelto en una nube de polvo.
Los taxistas nos piden 200 rupias y después de mucho regatear lo dejamos en 70 –la amiga Cristina, que se las sabe todas-. Durante unos dos minutos cae un chaparrón con toda su alma y de repente, zas, vuelta al calor. Llegamos a Sudder Street y me lanzo en solitario a buscar alojamiento. Con el peso de las dos mochilas, la cosa no tarda en convertirse en un via crucis. La sudada es de las que hacen época. No me apetece mucho el rollo “qué-ambientazo-super-guay” del María y el Paragon y empiezo a buscar otras soluciones algo menos típicas. Empiezo por el Modern Lodge y recorro un montón de hoteles. Situaciones:
- No tenemos habitaciones libres.
- Nos queda esta habitación. No hay ratas porque les da asco.
- No tenemos habitaciones libres con baño (pero las habitaciones sin baño son baratas).
- No tenemos habitaciones libres con ventana.
- Tenemos esta habitación tan mona con aire acondicionado por 1000 rupias.
- Tenemos esta habitación tan mona sin aire acondicionado por entre 500 y 800 rupias.
Me doy cuenta, con espanto, de que la cosa no va a ser nada fácil. Como estoy más muerto que vivo, me paro un rato a descansar y a beber porque debo de estar al borde de la deshidratación absoluta. Me doy cuenta de que no he probado bocado desde hace casi 24 horas, así que aprovecho para comer un sándwich. Lo de no comer no es masoquismo ni que me vea gorda y todo eso, no, es simplemente que con tanto calor se te quitan las ganas de todo y se te olvida comer. De todas las maneras, ahora, que ya estoy en Kolkata, ya me estableceré, tendré mi rutina y mis horarios y todo será más fácil.
Mi problema con el hotel es que voy a estar más de un mes en él, así que no me vale ni un agujero infecto, ni una habitación que cueste más de 500 rupias, porque multiplicadas por 40 o 50 días, me descuadra el presupuesto, cuestión de encontrar el término medio. Asumo que dormiré en una habitación sin aire acondicionado. Uf.
De vuelta a la faena, después de unos cuantos intentos fallidos, entro en el Times Guest House, en plena Sudder Street. Viejo, cutre y sucio a morir, pero una chica –por fin, una chica, hasta ahora sólo me han atendido hombres- me enseña una habitación que es grande, tiene una cama como de metro y medio de ancho, espejo, un baño y una de las paredes es prácticamente toda ventana que da a la calle (Sudder). 300 rupias. Sonreímos. La muchacha supongo que me ve tan agotado que me dice, vale, te la dejo en 280. Trato hecho. Relleno el papeleo de rigor, me pongo las chanclas –como siempre que entro a un baño- y me meto en la ducha porque mi propio olor me asusta. Lo de la ducha es un decir, ya saben, cubos de agua para el body. Me sienta de maravilla. A continuación hago mi primera colada, lavo todo lo que llevaba puesto desde hacía un día y medio. Ah. Otra cosita es.
Kolkata es una ciudad que no deja indiferente, es un electroshock. Es terrible ver a los últimos rickshaws que quedan en la India, que van corriendo con los hombros muy elevados, casi siempre descalzos y medio desnudos, mientras empujan sus carritos con gente dentro. Es terrible ver algunas heridas con úlceras. Es terrible ver personas tiradas en el suelo con la mirada totalmente perdida. Dead men walking. Pero supongo que para la mayoría de los viajeros, incluido yo, lo peor es contemplar las consecuencias de la miseria en los niños. Una niña, muy pequeñita y sucia de la cabeza a los pies, pega su cara a la ventanilla del taxi y comienza a recitar, una y otra y otra vez, su letanía triste. No sé cuánto tiempo tarda en ponerse el semáforo en verde, pero me parecen años. Puta mierda. Sabes que nunca hay que dar dinero a los niños, que trabajan para las mafias, pero a veces la cosa no es fácil. El estropicio que deja dentro de mí es tan grande que no sé por dónde empezar a coser. Por la noche veo un niño, como de seis años, que empuja un carrito por la calle. Va descalzo. Los coches, las bicis y las motos pitan y pasan por su lado a toda velocidad. Cuando se acerca, el estómago se me pone patas arriba y a duras penas consigo reprimir la arcada. Basura orgánica en pleno proceso de descomposición. El niño basurero. Kolkata me mata, dicen las camisetas que venden por aquí.
RAJ THE CRACK
Del hotel me voy al Raj’s, el campamento base del voluntario -español, sobre todo-. Está frente al hotel Maria. Raj es el tío que lo lleva y habla un español perfecto, un fenómeno. En el Raj’s, además de respirarse buen rollo, puedes comerte una tortilla de patatas, beber un zumo de mango, recién hecho, o tomarte unos espaguetis al pesto. En el Raj’s puedes conectarte a Internet en su sala de ordenadores o conectarte por wi-fi, en el bar, con tu propio ordenador. En el Raj’s puedes comprar ropa chula, bolsos o cuadernos, o un pen drive. En el Raj’s puedes organizarte un viaje adonde quieras en avión, tren, autobús o lo que sea. Y lo más curioso de todo es que realmente te puedes fiar.
Allí me encuentro con la gente que poco a poco voy conociendo (bueno, muy poco a poco, que la sociabilidad no es lo mío), tomamos algo, hacemos un rato de Internet y nos vamos a un mercadillo demencial. Son unas galerías absolutamente abarrotadas de puestos que venden ropa, figuritas decorativas y cosas del estilo y metidas –como en cuatro pisos- en un edificio del estilo a los de los mercados. Es un verdadero laberinto y el calor se hace insoportable a los cinco minutos. Y casi es peor que en todo momento tienes como a tres o cuatro personas caminando a tu lado e intentando convencerte de que entres en esta o aquella tiendecita. Da igual lo que digas, no se apartarán de tu lado y tú sudando como si estuvieras corriendo un maratón. Infernal.
Vuelta al Rajs para tomar un zumo y cenar bien por unas 100 rupias (menos de dos euros).
Estoy en el hotel y me doy cuenta de que mis ventanas no tienen cristales, así que si enciendo la luz me comerán los mosquitos (y si no, es posible que también). Cierro una especie de contraventanas que no encajan ni de coña y me pongo a escribir –sólo con la luz del propio ordenador-. Hay mucho ruido en la calle, pero el ventilador que está en el techo, sobre mi cabeza, hace que la cosa de momento sea soportable.
Día de transición, sin mucha historia.
La noche es densa y vuelvo a no dormir bien. Me levanto cansado. Desayunamos en el hotel, visitamos un centro comercial fantasma, donde está el famoso McDonalds, cerca del hotel, en el que casi todas las tiendas están cerradas y son las once de la mañana. Último viaje al centro antiguo de Vanarasi. Visita al ciber (mítico diálogo “hoy voy a intentar no desmayarme” “eso espero”) y comida en la “Mona Lisa Café and German Bakery”, rodeados de guiris que también tienen la Lonely Planet. El menú es el mismo que en el Apsara. Se come de maravilla por alrededor de 100 rupias (digamos entre euro y medio y dos euros). Cuando caminamos por las calles, todo el mundo nos recuerda que hoy juega España contra Alemania. No saben nada... Por cierto, hay que decir que desde que llegamos a la India, cada vez que nos preguntan de dónde somos, nos anunciamos como los próximos campeones del mundo de fútbol, jajaja.
De vuelta al hotel, recojo una montonera de ropa que dejé en el hotel para lavar. Hay que decir que en la India no hay lavadoras, se lava al estilo de nuestras abuelas en el río, frotando y golpeando la ropa contra las piedras. Me cuesta unos 5 euros y la ropa está impecable, así que llego a Calcuta con el equipaje limpio.
Por lo que veo, todas las estaciones de trenes tienen ratas, parece inevitable. Una bien hermosa pasa a mi lado y se esfuma. La estación está hasta arriba, hay gente por todas partes, una verdadera muchedumbre. Subimos al tren, nos encontramos a cinco muchachas españolas que vuelven a Calcuta después de una escapada, hablamos un rato, nos cuentan un montón de cosas sobre el trabajo de voluntario, compruebo que aparte de “por mucho que lo cuentes, hasta que no lo ves, no lo imaginas”, la frase del viaje es “de perdidos al río”. Ya te digo, si salgo de ésta, va a ser la leche. El tren está plagado de bigotudos con metralletas, digo bigotudos porque no se muy bien si son policías o militares, pero tienen una cara de mala baba que da cosica. Cada vez que el tren para en una estación, se bajan todos y hacen una rondita. Parece ser que hay amenaza de bomba en los trenes. Jua. Esto se pone intenso.
Hora de ir a la litera a dormir. El aire acondicionado está fuertecito –Dios bendiga el aire acondicionado, amén-, así que me tumbo en la litera con la mochila (pequeña) de almohada, tal cual voy vestido y me tapo con una mantita. Mañana será otro día.
Como no tengo tiempo ni energia para buscar programas de presentacion de fotos -no me pregunten donde estan las tildes, no tengo ni idea-, colgare las fotos en mi damikspace.spaces.live.com
Da la casualidad de que he entrado en el mismo ciber donde ayer acabe en el suelo y el chavalito encargado, al verme entrar, ha puesto cara de "oh, mierda, este tio otra vez". Le he dicho que voy a intentar no desmayarme otra vez, se ha partido de la risa y me ha dicho "eso espero". Jajajaja.
(por cierto, estoy bien)
La cena no me ha sentado bien, así que me levanto roto, cansado y cercano a mi primera diarrea, que no acaba de consumarse pero casi –paso de dar más detalles-. Decidimos no coger transporte y caminar hacia el centro. A muerte. El paseo dura más de una hora, el calor es tan terrible que parece un castigo divino. Las calles hierven, en todos los sentidos. Nos pasamos el tiempo quitándonos de encima a los que nos vienen siguiendo. Muy muy pesados.
Al llegar al Ganges y sus estrechas callejuelas, nos tomamos un descanso. Y a Joel un barbero no consigue afeitarle, pero le da un masaje bastante eficaz, por lo que se ve. Nos vamos a un ciber. El calor es insoportable y sufro mi primer desmayo en la India. No un desmayo de caerme redondo y quedar sin conocimiento, no, pero acabo sentado en el suelo con la cabeza dando vueltas como una puta peonza. Joel se disfraza de ángel de la guarda, me consigue caramelos y me saca de allí. El viaje en rick hasta el hotel es como un sueño, apenas lo recuerdo, recostado en el asiento de atrás. Joel dice que estaba blanco como un cadáver.
En el hotel, mi compa prepara un litro de suero, bebo un poco y me quedo dormido. No hay diarrea, definitivamente, así que será un golpe de calor, una bajada de tensión o algo así. La tarde va transcurriendo tranquila, me acabo el suero, descanso, recojo los cachos que quedan de mí y me decido a salir de nuevo. Volvemos al Ganga, esta vez lo recorremos a pie, por la orilla, en lugar de en barca. Asistimos a las cremaciones en un par de Gaths a escasos metros de nosotros. Ya sé cómo huele un cadáver quemado. A ratos sigo la cosa de pie, a ratos sentado y a ratos tumbado porque estoy con las fuerzas muy contadas.
De vuelta, meto al cuerpo la primera comida del día: un plato vegetariano del McDonalds, jaja, para darle un capricho a mi compañero, que ya le sale la comida india por las orejas. Nos encontramos con dos parejas españolas que vienen de Nepal y charlamos un rato. Veremos cómo se pasa la noche. De momento, a eso de las doce, un poco de fútbol (Holanda-Uruguay). Premio de consolación para Joel, porque mañana el España-Alemania nos pilla en el tren de camino a Calcuta.
Joel no oye el despertador y bajamos en Varanasi de milagro. No hay nadie esperando, aunque estaba contratado. Un taxista nos lleva al hotel. Viejo y sucio pero con aire acondicionado, así que perfecto. Nos instalamos y nos pegamos una ducha –una cubitada, vamos-. No estamos solos en el baño, nos encontramos un bicho blanco como una lagartija o un tritón… No problemo, vive y deja vivir. A eso de las siete de la mañana salimos del hotel. En lugar de visitar el Ganges, nos vamos a Sarnath, a visitar un templo budista donde Buda predicó su primer sermón. Más tarde, nos lanzamos a recorrer la ciudad en autorickshaw. Las distancias son grandes, se tarda mucho en llegar al centro antiguo –junto al río-.
Viajar en autorickshaw es una experiencia tan increíble que, por mucho que se explique, hasta que no se vive no se puede imaginar (de momento, está siendo la frase del viaje). El artefacto en cuestión es una moto con tres ruedas, una delante, donde está el conductor, y otras dos detrás, que sostienen una especie de frágil carrito, apenas un banco con una estructura de tubos metálicos. Allí vamos los viajeros. El autorick es como una montaña rusa low cost. Impresiona de verdad. En todo momento parece que nos vamos a estrellar y en el último segundo salvamos al otro vehículo por dos centímetros. Cuando uno va a suspirar de alivio, aparece otro que se cruza y vuelta a empezar. En la India sucede un milagro cada segundo. Incredible India.
Vanarasi es una ciudad sagrada donde se viene a morir. Toda la actividad se articula en torno a la orilla oeste del río Ganges (Ganga). En el río la gente reza, lava la ropa, se baña… y arroja a los muertos. Cenizas o cadáveres enteros, lo mismo da.
Dos datos curiosos:
- Dice la Lonely que 500 es el número máximo de bacterias fecales (sí, fecales) que puede haber por litro para considerar el agua apta para el baño. Bien, en el Ganges se cuentan un millón y medio de bacterias fecales por litro. No sé si me siguen. Bañarse en el río es estar con la mierda al cuello (es lo que tiene lo sagrado). Es decir, lo de los cadáveres flotando es casi lo de menos.
- Hay algunos cadáveres que no se pueden quemar: los hombres sagrados, los niños –y por extensión, las mujeres embarazadas-, los leprosos y los que han muerto por la picadura de una cobra (?). Aparte de ello, no serán quemados aquellos que no tengan dinero para pagar la madera. Todos ellos serán arrojados al río tal cual, “enteros”.
Los momentos interesantes para visitar el río son el amanecer y el atardecer, durante el resto del día hace demasiado calor. Los gaths son los tramos de escaleras que van a dar al Ganges, como si fueran pequeños muelles, hay unos 84, cada uno con su nombre. Apalabramos un paseo en barca para la puesta de sol. Paseamos por el viejo Venarés, callejuelas paralelas al río, tan estrechas que no cabe un coche; son como un bazar porque están plagadas de tiendecitas diminutas que venden de todo. Compro incienso. Encontramos un lugar donde nos podemos conectar a Internet. Comemos (bien y con aire acondicionado) por ochenta rupias cada uno -un euro y medio, más o menos- en el restaurante Apsara. Una niña de la calle inteligentísima, como de 7 u 8 años, nos saca 10 rupias por el morro, entra en el restaurante detrás de nosotros, se hace pasar por camarera (soy la sobrina del dueño), nos aconseja platos y toma nota. Luego nos vende una postal, jajaja. Soy fan suyo.
El calor es mortal de necesidad. Hora de la siesta.
El paseo por el Ganges… uf, es uno de esos momentos que no sabes cómo describir porque tienen más que ver con un estremecimiento íntimo, con lo inconsciente. La luz del atardecer (a las seis de la tarde, porque a las siete ya es prácticamente de noche), la gente en la orilla, las celebraciones. El momento más impresionante es el de acercarse a la parte en la que están quemando los cadáveres. Delante de ti. Está lleno de gente pero el silencio es sepulcral. Impresiona mucho. De vuelta, encontramos lo que parece el cadáver de un anciano flotando, enterito. Luego, siempre desde la barca, asistimos a una especie de ceremonia rarita de celebración con canciones cutres.
Hora de cenar, volver al hotel, escribir un poco y descansar, que falta me hace.
Cuatro horas de sueño. Está lloviendo a cántaros. A las siete de la mañana, nos recoge un coche y nos despedimos de Delhi. Son cinco horas de viaje delirante en continuo zigzag entre autobuses, camiones, bicis, motos y autorickshaws hasta llegar a Agra, un hormiguero que vive de las visitas turísticas. A veces tengo la impresión de que todas las hormigas están dando vueltas a mi alrededor, el acoso al que te ves sometido en la India puede llegar a ser agotador. Vendedores, conductores, guías, buscavidas que te quieren llevar a una tienda… Una gran prueba de paciencia… a cuarenta y pico grados.
La cola para entrar en el Taj Mahal es de más de una hora al sol. Aparte de las 750 rupias del ticket, pagamos otras 200 a uno de estos buscavidas para que nos busque otra entrada menos concurrida. El calor vuelve a ser insoportable, pero el Taj Mahal ofrece lo que prometía: dejarme boquiabierto. Puro espectáculo. Una de las maravillas del mundo se despliega ante mí. Como siempre, hay que quitarse los zapatos y dejarlos fuera, en una especie de consigna. El mármol quema y la humedad se mastica, mi camiseta está tan empapada que no le cabe más sudor. Estamos en medio de un hervidero –nunca mejor dicho- de gente. El Taj Mahal es grandioso, dejo que la blancura ocupe toda mi mente.
Dentro no hay prácticamente nada, tan sólo la tumba de la homenajeada. Ghost in the Shell, un espíritu metido en una cáscara vacía. La cáscara más bonita que se haya visto jamás.
Estoy tan exhausto que durante el viaje de Agra a Tundla, me quedo dormido como si me hubieran golpeado con un bate en la cabeza.
La estación de Tundla es una cloaca. El calor se te pega tanto a la piel que es imposible sacártelo de encima. Un muchacho camina a gatas por el suelo lleno de suciedad, apoya las manos y unas rodillas deformes como un muñeco al que le hubieran dado cuerda. Otro niño con un enorme saco naranja recorre las vías recogiendo basura. Allá donde mires encuentras suciedad pegajosa, las moscas se cuentan a cientos, lo cubren todo. Son legión. Aparece un chico sin piernas que se desplaza empujando con las manos, como si estuviera remando, una pequeña plataforma con ruedas. Estamos en un micro-infierno en el que hay que esperar más de tres horas a que llegue el tren que nos llevará a Venarés –Vanarasi-. Veo mi primera rata. Luego, miro mejor. Las vías están infestadas. Bienvenido a la India, del Taj Mahal a la estación de Tundla tan sólo hay un abrir y cerrar de ojos. Eso sí, consigo hacer la foto del año.
El tiempo transcurre tan denso como la porquería que nos rodea. Me asombran los ojos de los niños. A veces te encuentras una niña de ocho años con su hermano en brazos y la mirada seria y responsable de una mujer adulta. De las de verdad. Esa mirada tan dura en una niña tan pequeña me produce escalofríos. Finalmente el tren llega.
La sensación al entrar es difícil de describir. Un tren en el que se hacinan cientos de personas. Nuestro compartimento es para ocho: tres literas frente a tres literas y otras dos en un lateral. ¿Dónde colocamos las mochilas? No hay sitio físico. Muchos ojos mirándonos. Al final, las mochilas acaban en el suelo –tan lleno de mierda como el de la estación- bajo los asientos. Joel duerme en la litera de arriba y yo en la del medio. Aparece una pareja de italianos. Trabajadores sociales. Pedimos una cena que pica como el demonio, nos hacemos unas risas y el cansancio se ocupa de que durmamos como troncos cuatro o cinco horas. La llegada a Vanarasi es a las cuatro y media de la madrugada.
A las nueve llamo a recepción para que me traigan el desayuno a la habitación. Es un té con un par de tostadas –sin nada-, pero bueno, se agradece el detalle. Visitamos la parte nueva de Delhi. Mis pies descalzos empiezan a habituarse a pisar el mármol de los templos. Ideas metidas en formol y hombres arrodillados. Nada nuevo. Los templos tienen rincones bonitos, pero no se puede hacer fotos.
Paseamos por los alrededores de Connaught Place bajo un calor despiadado. Empiezan a aparecer las tiendas caras. Nos damos una vuelta por una tienda Nike. Precio occidental en un país empapado en miseria hasta los huesos. Ya te digo. Aunque por otra parte, aquí se prohíbe fumar en lugares públicos, nadie te molesta en ningún bar o restaurante, así que, de alguna manera, España es más miserable y tercermundista.
La hora de comer es la pera limonera. Aconsejados por la Lonely Planet, entramos en el restaurante Rajdhani. Nos sientan en una mesa. Aire acondicionado. Hmmm. Antes de que preguntemos por el menú, nos colocan una bandeja metálica y redonda llena de pequeños cuencos. Joel y yo nos miramos. Empiezan a aparecer camareros por todas partes. Uno nos sirve agua, en vaso metálico, que la mantiene más fresca, otro nos echa una sopita, otro, una especie de plasta en mitad de la bandeja, otro un trozo de patata como a la riojana, otro trae el pan… así hasta que la bandeja queda absolutamente llena. Nueve mini platos más todas las cosas desparramadas por la bandeja. Una verdadera explosión de sabor.
Hay platos dulces, salados, picantes que te quieres morir -por cierto, me comí la guindilla que está el en medio y casi se me saltan las lágrimas-… sabores que no consigo describir con palabras. Orgasmo gastronómico. El tráfico de camareros es vertiginoso, yo cuento, así a ojo, ocho tíos. Cada vez que terminas uno de los cuencos te vuelven a echar. Una comida rica y sorprendente.
A la vuelta al hotel, mi mochila ha regresado. BIEEEN. No es nada ligera, pero me quito un peso de encima. Alegría y alivio a partes iguales. Me ducho con jabón, y ya no tengo que comprar ropa para volver a cambiarme. Hablando de ducha, os voy a enseñar cómo es un cuarto de baño en la India.
1.- No hay papel higiénico, no se usa, para eso está una de las jarritas, para lavarse después. 2.- No hay bañera, plato de ducha, mampara y tal. 3.- Los cubitos. Vale, para ducharse la cosa es más o menos así: llenas el cubo grande, te sientas en esa especie de banquito redondo –si lo tiene- y con el cubo pequeño te vas lavando poco a poco por trocitos. A veces sólo hay un cubo grande y uno pequeño, sin más.
Para terminar la jornada, paseamos por un caótico y maravilloso mercado, lleno de gente, verduras, pollos, colores…
Tras el largo paseo, cenamos en el Moti Mahal. La comida no está nada mal, pero es más caro que los otros y la comunicación con los camareros, bastante surrealista.
Me quedo con Joel hasta las dos de la madrugada a ver el partido de fútbol de la selección española, mi primero en todo el mundial. Los gritos y las carreras de mi compa a esas horas de la madrugada son de los que hacen época.
Comienza la aventura. Me encuentro con Joel en el aeropuerto. El vuelo a Estambul es un paseo, pero sale con retraso, llega con retraso y nos toca salir corriendo –literalmente- por la terminal detr? de un t? trajeado para poder llegar a la conexi?.
El vuelo a Delhi no es un paseo, es largo, agotador, estamos hacinados a ocho por fila, al final no s?ni c?o sentarme. Las pelis indias son tan cutres que uno no sabe si tom?selo en broma. Ag. El d? –la luz del d?- pasa pronto porque volamos en direcci? contraria al sol. Me tomo un par de aspirinas para que mi sangre aguante el tir?.
- Llegamos sobre las tres y media de la madrugada, hora local (ser?n las doce de la noche en Espa? porque hay que sumar precisamente tres horas y media).
- Son las cinco cuando conseguimos pasar el control de pasaportes despu? de estar empantanados en una cola apocal?tica.
- Mi mochila no est?entre el equipaje, al igual que otras dos mochilas de unas chicas espa?las. Y al igual que todo el equipaje de los 14 componentes de un grupo. Aparentemente, no habr?noticias hasta que no aterrice el mismo vuelo del d? siguiente.
- Los tr?ites para reclamar se alargan y se alargan y se alargan. Salgo a la calle, ligero de equipaje, a las siete de la ma?na. No me puedo creer que haya pasado mis tres primeras horas y media de estancia en la India metido en un aeropuerto.
El calor ya se mastica, es denso y h?edo, lleno de olores extra?s, nos metemos en un taxi y nos partimos de la risa, es genial. En Salamanca las cosas funcionan as? uno se mete en una rotonda y la coge por el lado de la izquierda –por dentro- si va a girar a la derecha y la coge por el lado de la derecha –por fuera- si va a girar a la izquierda. Es una de las razones por las que son tan divertidas. Pues bien, ustedes multiplican por 100 la cosa y se pueden hacer una idea de lo que es la India al volante: una especie de monta? rusa en la que los coches te llegan –a toda velocidad y pitando sin parar- desde todas las direcciones al mismo tiempo.
Llego a algunas –est?idas- conclusiones: el claxon se usa como medio de comunicaci?. Es omnipresente, como las putas vuvuzelas. El taxista me dice que a veces va conduciendo por una calle vac? y lo toca igualmente. Jajaja. La segunda conclusi? es que en la India, igual que en Inglaterra, se conduce por el lado equivocado, como dir? Woody Allen. La tercera es que la manera de conducir aqu?se rige por el principio de “donde caben dos, caben tres y donde caben tres caben cuatro y as?sucesivamente…”, los coches se van apelotonando los unos al lado de los otros, a muy muy pocos cent?etros, mientras tocan el claxon, claro.
Buscamos un hotel. Aqu?se regatea todo, as?que hacemos un tour para ver qui? nos ofrece m? por menos. Finalmente, nos decantamos por una opci? cara, pero pensamos que para dos d?s nos podemos permitir el lujo: un hotel reci? construido que nos cuesta 1000 rupias la noche (habitaci? individual con aire acondicionado), es decir, unos 17 euros?
Las estampas de la gente en la calle empiezan a dejarme boquiabierto: suciedad monumental, dos hombres sentados en un bordillo, uno afeitando al otro con una navaja, el sufrimiento extremo del conductor de rickshaw, que pedalea con el tronco totalmente r?ido, la gente que duerme en las posturas y lugares m? inveros?iles, la mirada de los ni?s, las mujeres con sus saris de colores montadas de lado en las motos con sus maridos –y los ni?s delante, con la cabeza asomando sobre el manillar?(normalmente, hombre con casco, mujeres y ni?s sin ?).
Son casi las nueve de la ma?na, aqu?estoy, totalmente tirado, sin equipaje –ropa, ?iles de aseo, s?anas, toalla, parte del dinero, medicamentos, zapatillas?. No he dormido desde ayer, pero ya ha comenzado un nuevo d?, es hora de ponerse en marcha.
El calor aumenta y aumenta y empieza a ser una losa. Joel y yo contratamos a un gu?, un hombre llamado Cuc? Un fen?eno. Nos lleva en coche y nos lleva a pie. Nos espanta los pesados y nos ense? la parte antigua de la ciudad (Old Delhi).
Cuc?no deja de sonre?. Conduce como una anguila entre el caos. Nos habla de su mujer y sus hijos. Su piel es oscura pero le gustar? que fuera blanca, s?drome Michael Jackson (nos confiesa que le encantan las mujeres francesas de piel blanqu?ima y ojos claros). Los ni?s se quedan con nosotros all?donde vamos. Vemos enormes andamios hechos con bamb?y sogas.
La ciudad apenas se tiene en pie. La miseria nos observa desde todos los lugares a los que miramos. Joel ve la primera rata. El polvo se mastica, y no es una met?ora, mucha gente camina por la calle con un pa?elo apretado contra el rostro.
Lo pasamos de maravilla, agotados, medio muertos de calor. El que se desmaye primero, pierde.
El momentazo llega cuando Cuc?nos pregunta si queremos comer gratis y nos lleva al gran templo Sij. Rodeados de barbudos con turbantes. A la entrada nos quitamos las zapatillas y las dejamos en una especie de consigna. El suelo abrasa, menos mal que hay una especie de esterillas formando un caminito, si no, las quemaduras estar?n aseguradas. Nos lavamos las manos, nos lavamos los pies, nos ponemos un pa?elo en la cabeza –es obligatorio, pero los tienen en cestos en la entrada- y entramos.
El templo est?enmoquetado, el gur?recita su rollo ante el micr?ono, sentado en el centro, su voz profunda tiene un ritmo hipn?ico que se te mete en la sesera; alrededor, los fieles, sentados en el suelo, o arrodillados mientras rezan. Los ni?s van repitiendo los mismos gestos que los padres. La solemnidad (se) impone. De all?pasamos a una especie de edificio lateral, como una galer?. Nos sentamos a la entrada y la gente entona su letan?. Cuando abren las puertas, nos colocamos sentados en el suelo, con las piernas cruzadas, unos al lado de otros, en hileras, con un pasillo en medio. Nos van repartiendo unas bandejas de metal con compartimentos, las colocamos en el suelo, frente a nosotros, y con unos cubos y unos cazos nos van repartiendo comida. Splash. Salpica, mancha el suelo. Splash. Unas lentejas en un compartimento y una deliciosa comida picante en otro. Otro sij pasa repartiendo pan de pita. Muy rico. Hay que vernos, sentados en el suelo, con la bandeja delante de las rodillas y el pan acompa?ndo el largo viaje de la comida desde la bandeja hasta la boca. Joel apuesta que pillamos la primera diarrea. Yo apuesto que no. Acabamos, recogemos la bandeja y la entregamos a la salida. Nos lavamos las manos, recogemos las zapatillas, devolvemos los pa?elos. Una experiencia m?.
El calor, ahora s? es ya absolutamente insoportable. Terrible. No s?si hemos llegado a los 50?o no, pero la humedad hace que todo esto parezca el juicio final. No paramos de beber agua mineral que vamos comprando por la calle, pero a? as? notamos c?o nos deshidratamos por momentos. Llevamos dos d?s sin dormir, apenas hemos comido un par de bocados en el templo y el calor nos da la puntilla. Hora de parar.
Antes de llegar al hotel compro un poco de ropa, al menos para el d? siguiente. Unos calzoncillos, unos calcetines, una camiseta blanca y una camisa azul clarita de manga corta por nueve o diez euros.
Rozamos la felicidad con la punta de los dedos.
En el hotel, me pongo a escribir este diario y me quedo dormido con el ordenador sobre las piernas. Hemos quedado para cenar con las chicas espa?las que tambi? perdieron sus equipajes. Restaurante Malhotra. Exquisito. Despedida y un m? que merecido descanso.